La madre de Jacobo Lama murió al nacer él, sus abuelos lo educaron en la fe, es ingeniero telemático y ha salido con varias chicas, pero en la JMJ Dios lo tocó y será cura

* «Sentía una atracción y a la vez un cierto celo por todo lo sagrado, por la misa, por los sacramentos. Quería estar siempre allí. Una persona que hoy es diácono permanente me preguntó si quería ser sacerdote; ante esta pregunta di una respuesta evasiva: ¡No! No es eso lo que el Señor quiere de mí. Pero él no se contuvo y continuó en ocasiones posteriores preguntando lo mismo. También otros lo hicieron…. Sufría una angustia terrible y no sabía el por qué. Solo quería que terminara la jornada de trabajo para llegar a Misa. Y llego el momento en que ante la misma pregunta me quedé mudo. No sabía que responder. Esa noche fui a la capilla del Santísimo y me quejé con el Señor, le dije que eso no estaba en mis planes, que no era eso lo que él me había prometido ¿qué iba a saber yo? En aquella noche leyendo la Sagrada Escritura me topé con el pasaje del profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos, mis caminos —oráculo del Señor—. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre sus caminos y mis pensamientos sobre sus pensamientos.” (Is 55, 8-9) Caí en la cuenta que solo pensaba en mí, lo más importante era lo que yo quería y realmente no conocía la voluntad de Dios. Me inundó una paz increíble y aquella incertidumbre y angustia desaparecieron. Justo después leí otro pasaje: “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me venciste.”(Jer 20, 7) Definitivamente había sido mucho más fuerte»

Camino Católico.-  Jacobo Lama Abreu es un seminarista de la Archidiócesis de Santo Domingo (República Dominicana). Estudia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma y cuenta en CARF su vocación en primera persona que él define como “una promesa divina”:

“Antes de plasmarte en el seno materno, te conocí, antes de que salieras de las entrañas, te consagré…” Jer 1, 5 son las típicas palabras que uno escucha al hablar de la llamada, de la vocación al sacerdocio. Podrían hoy considerarse como una especie de “cliché”, pero como la Palabra de Dios no deja de encarnarse y actualizarse cada día, puedo afirmar que en mi vida han definido el comienzo y creo que me acompañarán hasta el término de esta obra buena que Dios ha puesto en mí.

Mis padres se casaron en 1987. Habían llevado un noviazgo de varios años y según lo que sé, pertenecían a una comunidad en la Parroquia Santísima Trinidad en Santo Domingo. Allí habían realizado algunos retiros de evangelización. Me concibieron bajo circunstancias un poco particulares, ya que mi madre sufría una cardiopatía congénita, que implicaba riesgos en un posible embarazo y que según las recomendaciones médicas era pertinente evitarlo. No obstante, fue un embarazo muy difícil y de alto riesgo, y vine al mundo en la tarde del 9 de abril de 1989.

Quince días después, luego de ciertas complicaciones posteriores al parto, murió mi madre producto de un infarto y fiebre alta, por lo que nunca la conocí. Obviamente fueron circunstancias que cambiarían el curso de mi vida; cambiaron la vida de mi padre y la de toda mi familia. Por el hecho de que el trabajo de mi padre era durante la noche, mis abuelos paternos me acogieron desde el primer momento en su casa, ya que residían en la ciudad.

Crecí con mis abuelos 

Fui bautizado antes de cumplir el primer mes de nacido, el 1 de mayo. En mis primeros años de vida, fui operado tres veces de hernias inguinales, pues en mi país la primera operación no fue realizada adecuadamente y debieron llevarme a Estados Unidos de emergencia, donde reconstruyeron el procedimiento realizado y descubrieron que padecía de otra hernia en el lado opuesto. En todos estos acontecimientos Dios manifestaba una promesa en mi vida que aún no había descubierto.

Crecí con mis abuelos. A los tres años mi padre se volvió a casar y nació mi hermana. Luego nacería mi hermano menor. A pesar de ello, siempre estuve en casa de mis abuelos quienes me educaron en la fe católica. Recibí la catequesis en mi Parroquia El Buen Pastor, en Santo Domingo, hice mi primera comunión y me convertí en monaguillo. Más adelante sería el catequista más joven de la parroquia.

Dios me dio el don de la música y el canto. Aprendí a tocar piano y guitarra, y esto me llevaría a formar parte del coro hasta llegar a ser director, y luego también líder en los grupos juveniles. Antes de finalizar la escuela secundaria sentí la inquietud de ser sacerdote, pero en ese momento, el tomar una decisión como esa lo veía imposible, y muchos me decían que sería una vida que no aguantaría, que dejaría el seminario inmediatamente. Mi abuela, que fue la madre que tuve en la tierra murió antes de cumplir quince años. Esto fue una pérdida muy difícil de superar, que luego comprendí de muchas formas como la voluntad de Dios en mi vida y las tantas cosas buenas que Él sacó de allí.

En 2007, ingresé a la Universidad en la carrera de Ingeniería Telemática. Estudié algo que realmente me apasiona. Salí con varias chicas, y la última duró dos años. Era una muchacha que conocí en la parroquia, de valores y costumbres cristianas.  Dios obra de forma misteriosa.

En la JMJ de Madrid 

En 2011, faltando poco para terminar mi carrera universitaria, asistí con otros jóvenes de mi parroquia a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, con el Papa Benedicto XVI. Desde la preparación previa hasta todo lo ocurrido en la Jornada, se fueron dando situaciones que fueron cambiando mi vida.

 

Me hicieron crecer espiritualmente y me permitieron adquirir una mayor sensibilidad de lo sobrenatural, ver como Dios me iba mostrando cuales eran sus planes para mí. Ante todas las dificultades que se presentaron antes del viaje, resonaban en mí las palabras de la carta a los Hebreos: Fiel es el que hizo la promesa” cf. Hb 10, 23. Y yo inocentemente encarnaba estas palabras en aquella situación, no veía más allá. En cambio, representaban una promesa más grande para mi vida, eran el ideal de mi vocación, la promesa de Dios, y en aquel momento estaba como san Francisco de Asís que entendió primero que Dios lo llamaba a reconstruir una pequeña iglesia, cuando esto solo era un medio que lo condujo después a ver todo el cuadro.

Después de la JMJ no fui más el mismo. Mi impresión de lo que era la Iglesia cambió radicalmente. Comencé a asistir a misa todos los días después del trabajo.

Trabajaba en una empresa de telefonía móvil y coincidentemente sus oficinas se encontraban frente al Seminario Mayor de mi diócesis. En esos meses retomé el servicio en el altar, viendo la necesidad y luego de pedirlo a mi párroco. Sentía una atracción y a la vez un cierto celo por todo lo sagrado, por la misa, por los sacramentos. Quería estar siempre allí.

¿Quieres ser sacerdote? 

Una persona que hoy es diácono permanente me preguntó si quería ser sacerdote; ante esta pregunta di una respuesta evasiva: ¡No! No es eso lo que el Señor quiere de mí. Fue muy osado de mi parte responder algo así. Pero él no se contuvo y continuó en ocasiones posteriores preguntando lo mismo. También otros lo hicieron. En ese momento había recibido una beca para estudiar un máster y estaba preparando todo. Pero sentía que algo no andaba bien.

Sufría una angustia terrible y no sabía el por qué. Solo quería que terminara la jornada de trabajo para llegar a Misa. Y llego el momento en que ante la misma pregunta me quedé mudo. No sabía que responder. Esa noche fui a la capilla del Santísimo y me quejé con el Señor, le dije que eso no estaba en mis planes, que no era eso lo que él me había prometido ¿qué iba a saber yo? Le dije al Señor que me dejara hacer lo que yo quería en ese momento, continuar en mi trabajo, empezar el máster y luego analizaría aquella posibilidad.

En aquella noche leyendo la Sagrada Escritura me topé con el pasaje del profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos, mis caminos —oráculo del Señor—. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre sus caminos y mis pensamientos sobre sus pensamientos.” (Is 55, 8-9) Caí en la cuenta que solo pensaba en mí, lo más importante era lo que yo quería y realmente no conocía la voluntad de Dios.

Me sentí derrotado, pero a la vez me inundó una paz increíble y aquella incertidumbre y angustia desaparecieron. Justo después leí otro pasaje: “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me venciste.”(Jer 20, 7) Definitivamente había sido mucho más fuerte.

Conversé con mi párroco, quien me conocía por más de quince años y que siempre fue muy respetuoso conmigo. Nunca me había insinuado nada, pero era muy consciente de los signos que iba viendo en mí. Se puso muy contento e inmediatamente comenzó el proceso de mi entrada al Seminario. Yo estaba atónito ante todo lo que iba ocurriendo. Mi contrato de trabajo terminaba un día antes de mi entrada al seminario (así son las cosas de Dios) y allí me encontraba un 16 de agosto de 2012.

Mi familia me apoyó 

No ha sido nada fácil. Mi familia también me ha apoyado en mi decisión, incluyendo mi abuelo que al irme de casa se quedó solo y dos años después le afectó el Alzheimer. Pero Dios que promete y es fiel a sus promesas no abandona nunca y gracias a Él ha tenido quien se ocupe en todo momento.

Luego de finalizar la filosofía, estuve un año fuera del seminario por problemas de salud, y después otro año acompañando a mi obispo. Y el Señor ha querido que continúe mi preparación en Roma. Los retos y desafíos continúan, pero no pierdo la esperanza porque estoy confiado. Sé que “Fiel es el que hizo la promesa”. Una promesa que cada día va escribiendo su significado en el pergamino de mi vida.

Jacobo Lama Abreu 

Fuente:CARF
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