Laia Busqué, no tenía fe, fue a la Catedral de Barcelona, se confesó y decidió bautizarse: “Todo lo he dejado en manos de Dios y Él poco a poco va modelando mi nueva vida”

“Estando sentada en aquel banco, en pleno mes de julio, en que La Catedral está llena de turistas que hacen fotografías, hablan, comentan, corren, etc. yo cerré los ojos y dije: «si hay alguien aquí que me pueda ayudar, por favor, que me escuche y me ayude». De repente, se hizo el silencio absoluto, no se oía a nadie, tenía un peso en los ojos que me impedía abrirlos. Cuando «desperté» me di cuenta de dónde estaba sentada, a mi lado tenía un confesionario y seguramente allí encontraría la respuesta”

30 de agosto de 2013.– (Laia Busqué / Forum Libertas / Religión en Libertad  / Camino Católico)  ¿Podré ir al cine?, ¿al teatro?, ¿a cenar?, ¿quedar con los amigos?, ¿a la montaña? Vaya, ¿podré llevar la misma vida que llevaba hasta el día de mi conversión? Estas son algunas de las preguntas que me hacía y que una de mis catequistas me contestó con un simple: «ya lo irás viendo, no tengas prisa, tiempo al tiempo».

¿Por qué me hacía todas estas preguntas? ¿Por qué nos hacemos preguntas cuando hemos de tomar una decisión importante? ¿No sería mucho más sencillo tomar el atajo y esperar a ver qué pasa? O bien, ¿no hacer nada y quedarnos en la incógnita de lo que habría podido pasar?

Lo que está claro es que dos años después de lo que me pasó en La Catedral de Barcelona aquella tarde del mes de julio muchas cosas han cambiado en mi vida.

De repente aparecí en la catedral

Como cada día, me levanté, fui a trabajar, cuando salí fui a casa a comer, y cuando terminé empecé a analizar cómo era mi vida, qué pasaba, si era feliz, si me sentía llena. De repente, una fuerza me empujaba a salir de casa corriendo, y lo siguiente que recuerdo es que me encontraba sentada en un banco, el que había delante del confesionario, al lado derecho del coro, justo delante del había uno de los canónigos de la Catedral, que por otra parte se llama Juan.

Estando sentada en aquel banco, en pleno mes de julio, en que La Catedral está llena de turistas que hacen fotografías, hablan, comentan, corren, etc. yo cerré los ojos y dije: «si hay alguien aquí que me pueda ayudar, por favor, que me escuche y me ayude«. De repente, se hizo el silencio absoluto, no se oía a nadie, tenía un peso en los ojos que me impedía abrirlos. Cuando «desperté» me di cuenta de dónde estaba sentada, a mi lado tenía un confesionario y seguramente allí encontraría la respuesta a mi pregunta: ¿qué me ha pasado?

«Sentía una paz inmensa»

Lo que me pasó estando dentro de La Catedral de Barcelona es muy sencillo de explicar, pero lo que lo hace complicado son las sensaciones que tuve, era como si el estómago me hubiera dado un salto, pero al mismo tiempo sentí que todos aquellos nervios que tenía cuando entré se habían desvanecido, sentía una paz inmensa, sentía que estaba exactamente donde quería estar, tenía claro que todo lo que pudiera pasar a partir de ese momento sólo podrían ser cosas buenas.

Yo no había entrado nunca en un confesionario, pero yo necesitaba sacar y explicar lo que me había pasado y encontrar respuestas. Seguramente no las encontraría allí, pero lo intenté. En ese momento no había nadie que esperara y decidí entrar. Cuando estuve dentro, vi la figura de un cura que me hacía una serie de preguntas (que suponía que eran normales): ¿cuánto tiempo hace que no te confiesas?, ¿por qué no lo has hecho nunca? A lo que yo contestaba: padre, yo no soy creyente, mi familia es agnóstica y ¡ni siquiera estoy bautizada! En ese momento, tuve la sensación como si hubiera pasado un tiempo de mucha tensión y de repente me viniera la calma, entonces me puse a llorar y no podía parar de ninguna manera. El llanto no era de tristeza, más bien era de paz, tranquilidad, pero no paraba y cada vez que intentaba hablar y explicarle algo al cura volvía a llorar. 

Decidida a bautizarme

Fue un momento, pero seguramente se debería hacer muy largo. Yo le contaba cómo había sido mi vida, y, como si hubiera encontrado la respuesta, de repente dijo unas palabras que al principio me sonaban rarísimo: bautizo, confirmación y comunión, pero a medida que lo iba repitiendo se convertían en palabras preciosas, llenas de significado. Yo le dije que necesitaba unos días para pensarlo, pero al mismo tiempo, cuando salía por la puerta de La Catedral, ya le estaba diciendo a una amiga: ¡me bautizo!

Necesité sólo unos minutos para decidir que esto era exactamente lo que quería y necesitaba. Quería, y quiero, formar parte de la Gran familia cristiana y católica y la única manera es empezando a hacer un proceso de catecumenado, participando de las actividades que me ofrece la Iglesia y, evidentemente, participar activamente en mi Parroquia. 

Aprender a leer, a hablar, a escribir… ¡de Él!

Cuando nacemos somos completamente ignorantes en todo: debemos aprender a hablar, a escribir, a leer, pero aun así tenemos mil recursos para hacernos entender. ¡Esto es lo que debería hacer Jesús conmigo! Yo era una auténtica ignorante sobre lo que había hecho Él. Tenía que aprender a hablar, a leer y a escribir sobre su vida, pero lo más importante: tenía que aprender a quererlo, porque Él ya lo había hecho conmigo, Él ya me quería desde el día que nací.

¿Porque no supe interpretar sus señales? Quizás me daban miedo? O, simplemente, quizá vivía completamente de espaldas a la realidad. Ese día del mes de julio de 2011 en la Catedral fue mágico, pero al mismo tiempo fue como un volver a nacer. Allí entendí que todo lo que podría ocurrir a partir de entonces sería nuevo, que sería como un niño pequeño recién nacido: que aprendería muchas cosas, pero que también recibiría otras muchas.

Invitada al catecumenado

A los pocos días, recibí una llamada en mi casa. La persona que me hablaba me decía que comenzaría un proceso de catecumenado. ¡Claro que me sonó raro! Pero ¿qué podía hacer? De hecho, eso es lo que hacen los niños, ¿no? El lugar donde se enseñan cosas nuevas es en la escuela, ¿no? Pues, por decirlo de alguna manera, mis «estudios» serían un poco más largos, de hecho, no sabía cuánto tiempo durarían.

A medida que fue pasando el tiempo, los meses, lo primero que me pasó fue totalmente providencial. Conocí el que sería más adelante mi padrino. ¡Imaginaos! Nunca había tenido suerte con las amistades masculinas, pero esta persona era de un talante muy diferente y muy especial! Nos entendimos enseguida, hablábamos el mismo idioma, el idioma de Dios. Él me contó su experiencia, pero yo no podía parar de hablar de lo que me había pasado a mí, de las dudas que tenía, de la multitud de preguntas que me hacía cada día. 

El tiempo de Dios no es el nuestro

Aquel cura joven (os puedo decir que le llevo 2 años) me repetía que no tuviera prisa, que el tiempo de Dios no es el mismo que el nuestro. Nuestra relación, cura-laica, se fue consolidando y poco a poco fuimos poniendo las bases de lo que tenemos actualmente, una amistad sólida, una relación de padrino-ahijada. Esto no lo hemos hecho nosotros, lo ha hecho Dios, Él nos ha puesto en el mismo camino.

Un día me siento discretamente en un banco de la Capilla del Santísimo en la Catedral de Barcelona, y al cabo de un rato de estar allí tranquila y calladita (yo que normalmente soy muy habladora), se me acerca este cura ¡y me presenta al cardenal! Yo creo que me puse roja como un tomate.

Yo no dejaba de preguntarme: «¿pero qué me está pasando? Cada vez que voy a una iglesia, siempre me pasa algo extraordinario». Al principio, lo atribuía a la casualidad, pero no, la casualidad no existe. Estaba claro que allí había Alguien que estaba haciendo de las suyas: cada vez que iba a una actividad organizada por el Arzobispado de Barcelona, conocía a personas fantásticas y llegaba a casa completamente emocionada. Lo más importante: era feliz.

«Él modela mi vida»

Estas sensaciones no han cambiado, de hecho al contrario, han crecido. Ahora ya no me sorprendo cuando conozco a alguien o cuando me pasa algo que no espero, porque ahora sé que todo pasa por algo, pero sobre todo porque lo he dejado en manos de Dios y Él poco a poco va modelando mi nueva vida.

Este cura, un día me dijo: «Ahora tienes a alguien a quien contar las cosas, una persona que siempre te acompaña. Explícaselo a Él. Él te escucha siempre. Pues yo os digo lo mismo: No os olvidéis de lo que tenéis, no os dejéis influenciar por vuestro entorno. Vosotros tenéis a Jesús y Él es el mejor compañero, tu mejor amigo, no te traicionará nunca.

Mi proceso de catecumenado duró un año y medio, y me bauticé el pasado 12 de Enero de este año 2013 en la Cripta de la Catedral, de Santa Cruz y Santa Eulalia, en el Año de la Fe, en la imagen de la derecha. El cura que presidió la ceremonia se llama Juan (a Jesús también lo bautizó un Juan), lo hice el día antes del bautismo de Jesús y presidía Santa Eulalia, la Patrona de Barcelona. Pero un catecumenado no tiene un principio y un final. De hecho estamos siempre en constante aprendizaje, porque el Señor cada día nos enseña cosas nuevas.

Orad y pedidle todo lo que necesitéis: ¡Él os escucha!
Para terminar, quiero compartir un salmo que me gusta mucho y con el que me siento muy identificada.

Salmo 131 (130) Señor, mi corazón no es ambicioso

Señor, mi corazón no es ambicioso
ni son mis ojos altaneros;
no voy detrás de grandezas
ni de cosas demasiado altas para mí.

Me mantengo en paz,
tengo el alma serena;
como un niño en el regazo de la madre,
como un pequeño niño se siente mi alma.

Israel espera en el Señor
ahora y por todos los siglos.

Mantener contacto

Si necesitáis poneros en contacto conmigo, por alguna duda, reflexión, oración o simplemente por el hecho de que os ha gustado mi escrito. No lo dudéis nunca, siempre contestaré. Me gusta saber que mis escritos ayudan a más personas en mantener la llama de la fe viva. Recordad: Nunca dejéis de orar, Jesús siempre nos ayuda.

Un abrazo muy fuerte.

Laia Busqué 
laibus35@gmail.com

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