Laura Ramallo: «Siempre busqué a Cristo,  acompañando realidades muy difíciles iba a ingresar en medicina, pero hice un discernimiento vocacional y soy monja»

* «Junto con mis amigos del grupo un día empezamos a hacer viandas solidarias, he íbamos a los lugares más carenciados de nuestra ciudad. Creo que ahí empezó a surgir algo en mí, recuerdo que sentía algo raro en el corazón al ver la fe de esa forma, con los pies en la tierra, conversando con la gente, viéndolas pararse a rezar frente a la imagen de la Virgen de Lujan, compartiendo con amigos, acompañando realidades muy difíciles que estaban a muy poca distancia de nuestras casas, iba resonando en mí la misericordia, la caridad, el querer servir y sentir que lo que estaba haciendo no bastaba, que había algo más por hacer»

Camino Católico.- Laura Ramallo asegura que “mi manera de vivir la fe fue convirtiéndose, moldeándose, cambiando de formas y colores. Siempre busqué a Cristo y muchas veces sin ni siquiera saberlo”. Con el tiempo sucedió que “acompañando realidades muy difíciles que estaban a muy poca distancia de nuestras casas, iba resonando en mí la misericordia, la caridad, el querer servir y sentir que lo que estaba haciendo no bastaba, que había algo más por hacer”.

La inquietud interior de Laura aumentaba: “Alguien me gritaba dentro y yo lo callaba. Estaba por ingresar a Medicina, estaba haciendo planes para mi vida, pero había algo que me sacaba de todo esto… Comencé un discernimiento vocacional y decidí entrar a la congregación de las Hermanas de la Misericordia de Verona, actualmente soy postulante”. Laura Ramallo cuenta en primera persona en Jóvenes Católicos su testimonio de cómo ha vivido su camino de fe hasta abrazar su vocación de monja:

¿Cómo vivo la fe? ¡Qué pregunta!

Ahí me fui encontrando con un Cristo que no conocía, que me invitaba a ir cada vez un poquito más allá… Un Cristo muchas veces golpeado, un Cristo herido…

Mi manera de vivir la fe fue convirtiéndose, moldeándose, cambiando de formas y colores. Siempre busqué a Cristo y muchas veces sin ni siquiera saberlo, en el servicio, en mi familia, en mis amigos, en la creación, en la oración. Sabía que había un Algo, un Alguien que lo habitaba todo.

Serví desde muy chica en la catequesis de confirmación en la capilla de mi barrio, como auxiliar y luego como catequista, también en un grupo de jóvenes llamado Ágape, y en el coro. Junto con mis amigos del grupo un día empezamos a hacer viandas solidarias, he íbamos a los lugares más carenciados de nuestra ciudad. Creo que ahí empezó a surgir algo en mí, recuerdo que sentía algo raro en el corazón al ver la fe de esa forma, con los pies en la tierra, conversando con la gente, viéndolas pararse a rezar frente a la imagen de la Virgen de Lujan, compartiendo con amigos, acompañando realidades muy difíciles que estaban a muy poca distancia de nuestras casas, iba resonando en mí la misericordia, la caridad, el querer servir y sentir que lo que estaba haciendo no bastaba, que había algo más por hacer.

Ahí me fui encontrando con un Cristo que no conocía, que me invitaba a ir cada vez un poquito más allá… Un Cristo muchas veces golpeado, un Cristo herido… Pero de todo esto me daría cuenta después.

Luego de hacer una Jornada con el Movimiento de Jornada de Vida Cristiana “De colores” entendí que había algo que no podía callar, no podía esconderlo, que ese Alguien me gritaba dentro y yo lo callaba. Y siendo sincera no llevaba una vida fuera de “lo común”, estaba por ingresar a Medicina, estaba haciendo planes para mi vida, pero había algo que me sacaba de todo esto…

Comencé un discernimiento vocacional, cada vez iba más a rezar frente al Santísimo, y me confié a Nuestra Madre la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Sra. De Lujan para que me acompañe en este caminar. Luego de unos meses de discernimiento, retiros vocacionales, conocer varias congregaciones y acompañamiento espiritual, decidí entrar a la congregación de las Hermanas de la Misericordia de Verona, actualmente soy postulante.

Hoy, mi vida de fe, aunque en los ambientes donde me movía cambió respecto a lo que era hace unos años, no es muy diferente. Creo que se convierte en gratitud por lo que vivo día a día, por la presencia de ese Jesús compañero que me invita a seguirlo, por mi comunidad, por mi apostolado, por mis amigos y familiares, y, sobre todo, por mi camino personal, mi crecimiento… El estar en manos del alfarero (que no siempre es muy cómodo), me enseña a ir viendo su mano en mi vida, en mi historia, y a encontrarlo en cada persona y cada lugar, para que Él lo vaya habitando todo, como lo venía haciendo sin que yo me diera cuenta y para poder responder con la libertad que Él nos regala en su Amor.

Laura Ramallo


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