Luke DeMasi dejó de ir a misa a los 16 años, se hizo adicto a las drogas y al alcohol, pero Dios le ha rescatado llamándole al sacerdocio

* Desde 2008 forma parte de los Siervos de la Comunidad de la Madre

* “Mi vocación es ser el regalo que el Señor quiere hacer a su Madre. Soy todo suyo y mi deseo es celebrar la misa un día como su sacerdote santo, llevando a otros a Cristo a través de Ella”

Hermano Luke DeMasi / Hogar de la Madre / Camino Católico.- El Hermano Luke DeMasi, S.H.M. –Siervos del Hogar de la Madr-, procede de una familia americana católica y es uno de los catorce hijos que componen el hogar. En su adolescencia, influenciado por amigos mayores que él y un ambiente de música violenta, se introdujo en el mundo de la droga y el alcohol decidiendo así rebelarse con toda la doctrina recibida desde su infancia y tomando otro camino… Junto a uno de sus hermanos dejó de ir a Misa cuando tenía 16 años, alejándose así poco a poco de la fe y ocasionando un fuerte sufrimiento a sus padres, en particular a su madre -con la que siempre guardaba mayor confianza-.

Después del Instituto, fue a una Universidad católica en Estados Unidos, con la intención de centrarse -no en los estudios-, sino en las fiestas. Estudiaba poco, pero el ambiente católico y su propio temor del Infierno le llevaron al confesionario más de una vez. Participaba en algunas salidas a la montaña que programaba uno de los movimientos católicos existentes en la universidad. El Hermano Luke iba atraído por la aventura, pero las charlas que daban los sacerdotes sobre la realidad de Dios y del pecado hablaban a su corazón y el contacto directo con Dios le llenó de una paz que no encontraba en el mundo.

Fue a raíz de una de estas actividades que sintió por primera vez la llamada al sacerdocio. A pesar esta experiencia seguía su vida de fiestas, pero el Señor no se había rendido. A través de su madre y de un amigo que se había convertido el año anterior, el Señor volvió a entrar en su vida y esta vez el Hermano Luke no le podía ignorar. Un sacerdote decidió invitarle a ir a España para sacarle de su ambiente y darle la oportunidad de trabajar y rezar. Tras sólo una semana de estancia en España «sabía que este era su sitio». Poco después ingresó en la comunidad de los Siervos del Hogar de la Madre, respondiendo así a la llamada de Dios a entregarse a Él. Lo cuenta por escrito en primera persona y también en el programa “Cambio de Agujas de HM Televisión, que puede visualizarse en el vídeo. Este es su camino de encuentro con Dios:

“¡QUE TE… (piiiiiiiiii), NO HARÉ LO QUE ME DICES!” Mi amigo me hizo señales para que bajase inmediatamente el volumen en esa parte, porque se oía demasiado. Yo le obedecí, disminuyendo rápidamente el volumen. La canción se titulaba “Matando en el nombre de”, y el grupo era Rage Against the Machine. Era la primera vez que la oíamos. Al terminar la canción, mi amigo sacó el cassette y lo escondió en nuestro cajón secreto. Me mandó tenerlo bien escondido y escucharlo sólo cuando estuviera seguro que nadie me iba a pillar. Salió del cuarto y mis ojos se volvieron hacia el cajón. Tenía una sensación extraña dentro, una sensación “de calor” en el pecho. Quería escucharlo otra vez. Quería  oírlo de nuevo. No se trataba solamente de una canción, se trataba de un espíritu. Estaba haciendo algo malo y me gustaba. Era el comienzo de un camino. Así es como fui introducido en una vida nueva, una vida de pecado; algo muy distinto de lo que me habían enseñado mis padres. Tenía once años.

Todo esto podría parecer perfectamente “típico” en la vida de un joven de hoy. ¿Por qué tanto ruido por un poco de música? Podía haber estado haciendo algo mucho peor, ¿verdad? La cosa es que mis padres, mi familia, mi vida, no eran de ninguna manera “típicos”. Yo soy el quinto de una familia de catorce hijos y mis padres son católicos de verdad. Hicieron todo lo posible para formarnos en la fe. Los problemas vinieron por la amistad que yo tenía con mi mejor amigo: cuando él se rebeló, yo le seguí. Este camino iba a llevarme a una existencia oscura, solitaria y vacía, con el alma tan hinchada por el pecado que al final no podía aguantarlo más. Con el tiempo iba a ser rescatado, no por mis propias fuerzas y méritos, sino por una mujer, una mujer a la que debo toda mi vida. Su nombre es María. El mío es Luke DeMasi y esta es mi historia.

Algunos chicos encuentran sus héroes entre los atletas famosos, los actores o músicos o cualquier otra persona que atrae su atención y les hace sentirse como alguien que en realidad no son. Para mí, mi héroe era mi mejor amigo, Frank, que fue quien realizó este papel. Éramos como una piña, todo lo hacíamos juntos y no había nada ni nadie que pudiera interponerse entre nosotros. Cuando él cumplió quince años empezó a rebelarse contra toda autoridad, poniéndome en una posición crítica: o bien rebelarme con él o bien seguir a mis padres y obedecerles en lo que me decían. No fue fácil esta decisión porque siempre tenía una relación muy buena con mi madre y me dolió mucho el tener que separarme de ella, pero al final tuve que elegir…

Lo primero fue la música. Me dormía por las noches escuchando las “dulces melodías” de Tool, Metálica y Nine Inch Nails. Pronto pasé a ser un chico violento, no sólo con actos de vandalismo sino también con peleas. Mi primera gran “victoria” consistió en enviar a un chico al hospital con una herida abierta en la cabeza. Un mal comienzo, desde luego, llenando mi cabeza con música heavy de rock y luego descargando la ira contra propiedades públicas y otros chicos. Sólo faltaba añadir a esta mezcla una botella de alcohol para hacerla más explosiva todavía. No tardé mucho en hacer precisamente esto.

Tomé la primera cerveza con doce años y me gustó el efecto. Al comienzo era, sobre todo, cuestión de ser uno más de la pandilla pero pronto me llevó a la dependencia y luego a la adicción. Lejos de unirme a otros, me llevó al vacío y a la soledad más absoluta. El paso siguiente fue la droga. El primo de mi amigo me preparó el primer porro un domingo de Pascua cuando tenía trece años. Mientras los otros niños estaban buscando los huevos de chocolate en el corral, yo estaba tosiendo como un tonto en el granero de mi abuelo. No llegué nunca a tener adicción a la marihuana, aunque tampoco la rechazaba siempre que me la ofrecían, pero sí me gustaban la bebida y las pastillas. El problema de este estilo de vida es que es muy caro y exige cantidades de dinero que yo no tenía. Y allí empezó, lógicamente, la carrera del robo. Como siempre, comenzó con cosas pequeñas como billeteras, pero fue empeorando gradualmente. Prefiero no entrar en detalles.

Así vivía bajo la mirada de mi madre. Ella tenía sus sospechas e incluso me pilló algunas veces, pero no podía frenarme. Me causaba mucho dolor cada vez que ella se enteraba de las cosas. Era una situación curiosa: a pesar de lo mucho que me había endurecido en la vida de pecado, no era capaz de cerrar totalmente mi corazón a mi madre. Pero yo me metía cada vez más en el peligro y el riesgo aumentaba. Gracias a unos sabios consejos de mi padre y a mucha gracia de Dios, tomé la decisión de ir a una universidad católica en Florida. No lo sabía entonces, pero ésta iba a ser una de las decisiones más importantes de mi vida, porque en esa universidad empezó mi conversión y mi vida comenzó a cambiar.

Durante el primer semestre vi un anuncio de un viaje a las montañas de Georgia en el que un día estaba previsto realizar un descenso en canoa por las aguas torrenciales. Enseguida me apunté en la lista. No sospechaba que iba a ser un retiro espiritual llevado por el Padre Colum, un sacerdote cuya especialización consistía en sacar a chicos como yo del sueño mortal del pecado. Su predicación me impactó fuertemente. Nunca había oído el Evangelio presentado de esa manera, en toda su integridad y con fuego. Me enganchó. En el fondo de mi ser oía una voz. Me estaba hablando la Verdad desde dentro, mostrándome la mentira en la que vivía. Poco a poco la gracia iría penetrando en mi vida. No puedo decir que mi vida cambiase enseguida y drásticamente después de ese retiro, pero sí puedo decir que allí se plantó la semilla de mi conversión.

Unos meses después tuve, en otro retiro, una experiencia intensa de paz y consuelo, cosa que nunca había experimentado antes. Le dije a Dios: “Lo que Tú quieras, yo lo haré, porque esta paz es la cosa más real que yo haya experimentado en mi vida”. Sentí una respuesta que me pedía dos cosas: dejar a mis amigos y hacerme sacerdote. Reaccioné con horror y repetí la pregunta esperando recibir una respuesta más agradable y más realista. Al recibir la segunda vez la misma respuesta, mi horror aumentó más todavía. No podía ser. Pensé, “¿Yo, cura? De ninguna manera. ¡En absoluto! Eso no lo haré jamás. Los curas son unos tíos que nunca pueden tener novias y tienen una vida solitaria y aburrida”. Era la última cosa sobre la faz de la tierra que me hubiese gustado ser, y no lo haría nunca. Acallé la voz. Pero esta volvería y se haría sentir en otro momento de mi vida.

Ciertas drogas tienen un efecto curioso. Te dan consuelos que en teoría sólo Dios puede dar: literalmente sientes el amor. Te llenan de una sensación de paz y tranquilidad que hace que todo y todos parezcan atractivos. El problema es que después de experimentar este efecto, sucede todo lo contrario. En vez de “amor” experimentas odio; en vez de paz, angustia; en vez de tranquilidad, una conmoción terrible. Cuando uno está saliendo del efecto, todo y todos parecen feos y harías cualquier cosa por conseguir otra dosis. La sensación es tan terrible que uno está dispuesto a traicionar a quien sea –no hay excepciones– para evitarla. Jamás olvidaré la noche que yo traicioné a mi mejor amigo.

Le robé la reserva secreta. Pero el problema fue que él había ido a buscarla porque él estaba también “saliendo”. Me empujó contra la pared y me agarró por la garganta, levantándome por encima del suelo y asfixiándome con sus manos. Todavía me acuerdo de la expresión en sus ojos y conservo en la memoria como una fotografía la imagen de él y sus amigos y la habitación llena de gente. Me estaba preguntando qué había hecho con su dosis. Esa noche las cosas cambiaron irrevocablemente. Esta traición provocó una orgía desesperada de alcohol y “fiesta” y una noche oscura de dolor y confusión. Había perdido a mi mejor amigo por un maldito gramo de “amor”.

Una de mis hermanas era estudiante en la misma universidad que yo. Mi madre vino a Florida para la ceremonia de su graduación, que tuvo lugar un sábado por la mañana. Para mí esto suponía una cierta inconveniencia porque los sábados solían ser una continuación de la fiesta del viernes. Media hora antes del comienzo de la ceremonia, mi hermana me encontró inconsciente en un cuarto vacío del dormitorio. Después de despertarme con mucha dificultad, me preguntó si quería asistir a la ceremonia de su graduación. Pasé toda la ceremonia al lado de mi madre, dormido.

“¿Cómo estás, Luke?” La pregunta de mi madre me pilló totalmente de sorpresa, traspasando mi corazón como una espada. Estábamos en Starbucks tomando un café y yo suponía que hablaríamos un rato sobre el clima de Florida o cualquier tontería. Ella, sin embargo, quería llegar a mi corazón con su amor maternal y yo estaba completamente indefenso. No era capaz de entrar en esa onda. Mi vida estaba en un pozo, estaba profundamente triste, y ella quería que me abriera y que le contara todo, pero no podía hacerlo. Sabía que estaba partiendo su corazón y no podía mirarla. Me atormentaba. Dije tartamudeando que todo iba bien mientras encendía un cigarrillo y cambié de tema.

Cuando mi madre se fue sentí un gran vacío. No sabía qué hacer ni adónde acudir. Luego hice algo que nunca había hecho antes: me fui a la capilla para orar. Entré y me senté delante de una imagen de la Virgen María. Estaba enfadado, enfadado conmigo mismo: ¿Por qué soy así? ¿Por qué no puedo dejar de hacer cosas malas? ¿Qué me pasa? ¿Es que estoy loco o enfermo? Luego me eché a llorar. Después de llorar sin parar durante varios minutos experimenté una gran paz. Experimenté en ese momento la presencia de María. Era como si mi madre estuviera otra vez conmigo pero esta vez estaba hablando con ella, contándole lo que me pasaba por dentro. Todas las cosas que no había podido decir a mi madre en Starbucks se las dije a María en esa pequeña capilla. Salí después con una paz increíble y tomé la resolución de dejar la bebida y empezar a vivir bien. No me imaginaba que estaba a punto de embarcarme en otro periodo oscuro de mi vida.

Ahora, mirando hacia atrás, no sé cómo me dejaron subir al avión. Iba de Chicago a Dublín, Irlanda, para emprender la aventura europea como parte del programa de intercambio de estudiantes. “Estudiantes”, qué gracioso. El camarero del aeropuerto nos dijo que un grupo había tenido que salir corriendo para coger su vuelo y habían dejado una docena de bebidas en el mostrador. Dicen que según empiezas algo, así lo vas a terminar. Bueno, en tal caso debía haber empezado bien porque yo terminé esas bebidas. De este modo, mi gran aventura de estudiante, comenzó con una borrachera en el bar del aeropuerto.

En Europa estaba en mi salsa. Lo tenía todo: amigos, chicas, drogas, cerveza, fama y suerte: yo era “el hombre”. Sin embargo, sucedía algo extraño. Aunque yo tenía todo y las cosas parecían salir exactamente según yo quería, me sentía vacío y angustiado. Cuanto más consumía, más vacío me encontraba por dentro. Estaba muy confundido. Quería tener la paz pero era adicto al placer. Visité el Vaticano y fui al Oktoberfest, fui a Medjugorje y a Amsterdam, durante el día contemplé la imagen más famosa del Niño Jesús en todo el mundo, y por la noche fui a la discoteca más grande del mundo.

El semestre siguiente volví a la universidad, pero era un hombre roto. Viví prácticamente solo durante la primera parte del año. Todos mis amigos se habían ido. Mi única compañía fue una pipa y el iPod de mi amigo. Era un perdedor total. Iba a las fiestas, pero algo había cambiado. Todo parecía viejo. Mi vida había cambiado cuando tomé la decisión de seguir a mi amigo en su rebeldía. Estos eran los frutos de esa decisión: la tristeza, el vacío y la adicción. Era un esclavo completo. A estas alturas había aprendido que no iba a ser feliz con el alcohol, la droga, las chicas, pero el saberlo no cambiaba nada porque no era capaz de dejarlo. Seguía pecando aunque lo odiaba. Sin embargo, así como había entrado en ese estilo de vida por un amigo, así iba a escapar gracias a otro amigo. Se llamaba Ándre y salíamos juntos a las fiestas hasta que él encontró a Dios y me dejó. Él me dijo unas palabras que me sacaron del infierno.

 “¿Has pensado últimamente en tu vocación?” No solía andarse por las ramas. Era su estilo: personal y al grano. Exactamente lo que yo necesitaba en esos días de oscuridad. Estaba vistiéndome para salir al bar cuando me “tumbó” con esta pregunta. La culpa era toda mía: le había contado lo que me había pasado en Georgia cuando oí una voz que me decía que tenía que ser sacerdote. Normalmente no hubiera compartido una información tan personal con nadie, pero una noche, después de no sé cuántas cervezas y un par de porros, se me escapó.

Ahora quería escapar, pero no podía. Sus palabras me penetraron hasta el fondo. Me fui a la sala de ordenadores para ver unos vídeos de YouTube a ver si esto me ayudaba a aclarar la cabeza; nada, peor todavía. De allí me fui a la lavandería para ver si el ruido de las máquinas podía acallar esa voz. No podían. Exigía una respuesta. “¿No quieres cambiar tu vida?”. “¡No, no puedo! Supondría dejar de hacer todo lo que me gusta: las chicas, las drogas, las fiestas, la música, la cerveza… ¡todo! Si digo sí, no podré volver a hacer nunca más nada de eso”. “Hasta ahora siempre has hecho todo lo que querías, y estás hecho una pena, estás triste, tu vida es una miseria, ¡no eres feliz!”

Así daba vueltas dentro de mi cabeza luchando con las voces. Estaba en juego mi vida. Pensé en el dolor y el vacío que estaba experimentando, en las lágrimas de mi madre, en los momentos de paz que había tenido en esos retiros, y me di cuenta de que tenía que elegir. Al final dije sí. Todavía no sabía exactamente a qué estaba diciendo sí, pero sí sabía muy bien a qué estaba diciendo no. Y sabía que a partir de ese momento sería libre. Sabía que mi vida iba a cambiar de modo radical, y así fue.

Todo esto sucedió un jueves del mes de mayo. El lunes siguiente, fiesta de la Virgen de Fátima, ya estaba en España con el deseo de cambiar mi vida. Varios años antes, el Padre Colum me había invitado a pasar algún tiempo en el verano con su comunidad en España, simplemente para enderezar mi vida y fortalecerme en la vida de virtud, rezando y trabajando en la construcción de una casa, sin otro compromiso o condición. Mi madre le mandó un correo electrónico preguntándole si esa oferta seguía en pie y él le dijo que sí. No sabía qué podía esperar de esto ni qué iba a pasar, sólo sabía que estaba donde Dios quería que estuviera.

Lo que sigue está tomado de mi cuaderno personal de ese tiempo. Ha sido difícil contar toda esta historia porque no se puede contar o explicar todo exactamente, tal como fueron evolucionando las cosas, las gracias recibidas, las decisiones tomadas, etc. Pero esto es lo que yo veía en ese momento:

13/5/08: Acabo de aterrizar en Madrid hace una hora. Estoy sentado en la cafetería del aeropuerto comiendo un bocadillo con mis euros. Han cambiado el vuelo y puede pasar un buen rato hasta que venga alguien a recogerme. No sé quién vendrá pero tampoco me preocupa mucho. Mis metas en este viaje son: crecer en mi relación con Cristo de modo que no desee jamás volver a separarme de Él; también, con la ayuda de Dios, dejar de fumar y beber para siempre. ¡Ah, una cosa más! Aprender español, quiero aprender español, mucho. Y lo más importante de todo: conocer cuál es mi vocación, qué es lo que tengo que hacer con mi vida.

21/5/08: Después de desayunar comenzó el peor día que he vivido aquí hasta la fecha. Miserable, deprimido, dándome vueltas, sin consuelo ni dirección. No sé de dónde venía esto. Mi cabeza estaba mareada. He dicho a Dios: “Te he dicho que estoy abierto a todo y a lo que sea, al matrimonio o al sacerdocio, ¡pero dime qué quieres de mí!” Así continuó el día, insoportable. Tenía unas ganas locas de coger el poco dinero que tenía, irme al bar y emborracharme.

Poco antes de la hora de comer el Padre Colum me llamó aparte y me preguntó qué estaba pasando dentro de mi cabeza. Le dije que buscaba señales de Dios sobre su plan para mí. Él me dijo que no se trataba de señales o de recibir cien “rosas místicas” durante el día, que se trataba de lo que Dios mismo me decía interiormente. Yo le dije que me sentía dividido entre una chica que conocía y el sacerdocio. Me dijo que la llamada sacerdotal no es anti-natural pero tampoco es natural; es una llamada sobrenatural. Que los sentimientos que tenía por esta chica eran naturales, que la vocación natural de toda persona normal es a la vida matrimonial. Sin embargo, a veces Cristo pide a ciertas almas que dejen esto por Él, que le dejemos escogernos y que le escojamos a Él. Nos llama a algo aún más grande. Me dijo también que el demonio, a veces, nos tienta con algo bueno y bello para que no cumplamos la voluntad de Dios, que es más bueno y bello todavía.

Bueno, jamás he experimentado tanta paz y tanta alegría. ¡He dicho sí! Seré candidato, si Dios lo permite, este verano. Ahora tengo paz y no debo olvidar que los peores momentos siempre pasan. Tengo que fiarme de Él; Él me ama, Él me sacará de los tiempos oscuros como siempre ha hecho y me llevará a la luz.

Mientras escribo esto soy novicio de segundo año. Llevó ya dos años y medio viviendo esta vida. Estoy enormemente agradecido al Señor por todo lo que ha hecho por mí. Ha sido un viaje duro hasta llegar aquí pero, al final, la gracia ha vencido. No hice más que dar un pequeño sí a Dios y un no al pecado; luego Él tomó las riendas y jamás he sido tan feliz. Ha sido la Virgen: Ella nunca me ha abandonado. Por muy malo que haya sido, siempre he sentido su presencia, particularmente como mi Madre. Me ha sacado de la oscuridad del pecado hasta donde estoy ahora, en su Hogar, el Hogar de la Madre. Mi vocación es ser el regalo que el Señor quiere hacer a su Madre. Soy todo suyo y mi deseo es celebrar la misa un día como su sacerdote santo, llevando a otros a Cristo a través de Ella.

Hermano Luke DeMasi

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