Margot Viguera, víctima del accidente ferroviario de Santiago: «Nunca me enfadé con Dios»

* «Rezaba sin parar. Me aferré al Padre Nuestro pero no lograba terminarlo. Decía “Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre…” y no podía seguir. Una vez tras otra. No sé cuánto tiempo pasó pero la oración me acompañó en todo momento»

* «Algunas personas me decían: “¡Cómo Dios ha podido permitir esta catástrofe!”. Y yo a esas personas siempre les digo que Dios no quiere que haya catástrofes, que no quiere que un niño se muera, que nos creó a todos con nuestras virtudes y defectos y aquel día hubo un grandísimo fallo humano. Pero esto no me lo ha hecho Dios»

26 de julio de 2015.-  (El Español / Camino católico)  Un Alvia con 218 pasajeros se estrelló a las afueras de Santiago el 24 de julio de 2013. Uno de aquellos pasajeros es Margot Viguera, que viajaba aquel día a La Coruña a ver a su padre. Aquí cuenta cómo sobrevivió al accidente y hasta qué punto se siente abandonada por los responsables de la compañía.

Aquel miércoles Margot Viguera no iba a ir a La Coruña. Fue una decisión de última hora. Esa misma mañana recibió una llamada de su hermana diciéndole que su padre se había roto un hombro y que le tenían que operar.

Apenas quedaban cinco o seis asientos libres cuando sacó su billete por internet. Cogió el primero que vio y fue en el coche número cuatro: uno de los vagones en los que hubo más víctimas. Allí dentro permaneció sentada en el suelo, entre amasijos de hierros y llantos que se apagaban. A sus 37 años, Margot sobrevivió al accidente pero salió del tren con 17 huesos rotos. Sufrió un traumatismo en la cara, varias fracturas en las piernas y en las vértebras y una grave lesión pulmonar. 

Margot es una persona optimista y divertida. Es también mi prima y habló por teléfono conmigo dos horas antes de estrellarse. “Este viaje se me hace siempre eterno”, me dijo. “Nos escribimos esta noche”. Tardamos casi dos meses en volver a hablar. Dos años después del accidente, Margot me ha contado su experiencia en aquel día de julio. Lo que sigue es el relato de lo que ocurrió después: 

Lo primero que recuerdo es el momento del impacto. Lo visualizo muy bien. Yo acababa de volver de la cafetería y me libré por los pelos de una muerte segura porque en ese vagón nadie sobrevivió. Cuando me siento, me digo: “¿Qué está pasando? Vamos muy rápido”.

Todo esto pasa en milésimas de segundo. Miro por la ventana y el tren va despendolado. Noto perfectamente que está descarrilando pero pienso que frenará. Oigo una especie de explosión, como si hubiera estallado una bomba. Pero el momento exacto del golpe no lo recuerdo porque pierdo el conocimiento. Me golpeo en la cabeza contra el asiento de delante y cuando abro los ojos estoy medio tumbada en el suelo.

Al despertarme, miro a mi alrededor y aquello es como una guerra. Una cosa muy dantesca. Peor que una película de terror. Miro por todas partes sin saber qué acaba de pasar. Veo cuerpos, asientos y maletas acompañadas de un silencio espeluznante. El silencio de la muerte. Lo que más me machaca desde aquel día es aquel silencio.

En ese momento no pensé que me fuera a morir. Mi cuerpo y mi mente se centraron en sobrevivir. Es muy raro porque no sentía dolor. Un poco en una pierna… Traté de levantarme pero me costó porque tenía a una señora muerta encima de mí. Al mismo tiempo empecé a oír gritos pero todo sucedía como a cámara lenta. Pensé en ayudar pero cuando traté ponerme de pie sentí los huesos bailarme dentro de la pierna. Así que me senté a esperar, sin más.

Rezaba sin parar. Me aferré al Padre Nuestro pero no lograba terminarlo. Decía “Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre…” y no podía seguir. Una vez tras otra. No sé cuánto tiempo pasó pero la oración me acompañó en todo momento. No piensas en nada. No puedes. Ni siquiera pensaba en mi familia. No se te ocurre buscar el móvil y llamar a nadie. Es que no sabes qué ha pasado ni la magnitud del accidente. Sencillamente esperas.

Los médicos luego me explicaron que eso es una especie de mecanismo de defensa. Si te pones a pensar en el sufrimiento que estás causando a los demás, te hundes y no sobrevives.

El rescate

Me rescataron los vecinos de Angrois. Me sacaron del vagón recostada sobre una puerta de una casa.

Recuerdo a la gente intentando romper las ventanas con hachas y con maletas. Al verles, les dije: “Yo estoy bien, estoy bien, ayudad a otros”. Hasta que hubo un momento en que sentí que se me iba la vida, yo creo que por la cantidad de sangre que perdí. Entonces toqué la pierna de un chico y le pedí que me sacaran del tren. No sé ni cómo podía hablar porque tenía rotas la mandíbula, la nariz y la frente por un montón de sitios.

Me gustaría saber quién me salvó la vida y jamás lo sabré. No sé quién tiró de mí ni quién me puso sobre aquella puerta ni quién me sacó del tren. No sé quién me dio la mano en el suelo ni luego en la ambulancia. Pero sentí su cariño y aquello me ayudó a seguir viviendo. Luego supe que todas esas personas maravillosas necesitaron ayuda porque lo que vieron debió de ser terrorífico. Les habían propuesto para el Príncipe de Asturias y no se lo dieron. Pero qué gente más increíble.

En la UCI

También les debo la vida a todos los médicos y enfermeras del Hospital Juan Canalejo de La Coruña y del Hospital Universitario de Santiago. Sin ellos no sólo habría muerto sino que a lo mejor no habría recuperado ni la pierna ni la cara.

Estuve como nueve o 10 días en la UCI y luego ingresada casi dos meses más. Al enterarme de la gravedad del accidente, me sentí fatal durante mucho tiempo. Pensaba: “¿Y por qué se ha muerto esa señora o ese niño pequeño?”.

Ahora lo pienso y reconozco mucho más la suerte que tuve. Creo que mi ángel de la guarda me salvó y que Dios me quería aquí, pero estuve mucho tiempo del otro lado. Estuve mucho tiempo en el lado de los muertos. Algo de mí se fue con quienes murieron aquel día y me costó tiempo recuperarlo y volver a ser yo.

Margot para un momento y llora despacio. En dos años es la primera vez que se derrumba ante mí hablándome del horror de aquéllos días. Nos damos la mano en silencio. Le pregunto si quiere parar pero niega con la cabeza. Necesita contarlo todo y sigue hablando mientras seguimos de la mano durante mucho rato.

Nunca me enfadé con Dios.

Soy católica, tengo una fe muy arraigada desde niña y nunca se me pasó por la cabeza enfadarme con Dios. ¿Por qué me voy a enfadar? ¡Al revés! Algunas personas me decían: “¡Cómo Dios ha podido permitir esta catástrofe!”. Y yo a esas personas siempre les digo que Dios no quiere que haya catástrofes, que no quiere que un niño se muera, que nos creó a todos con nuestras virtudes y defectos y aquel día hubo un grandísimo fallo humano. Pero esto no me lo ha hecho Dios.

Al principio no buscas un culpable pero luego sí y no sabes muy bien contra quién cargar. ¿El conductor? Pues pobre hombre. Él no quería hacer lo que hizo. Es cierto que murieron 79 personas y hubo más de 140 heridos. Pero me niego a pensar que tuviera toda la culpa de lo que ocurrió.

Miedo a viajar

Antes de subirme por primera vez a un tren después del accidente, estuve tomando ansiolíticos. En el tren tuve un ataque de pánico pero al mismo tiempo fue algo que quise afrontar yo sola. Una especie de terapia de choque. Fue muy duro. Las imágenes volvían a mi cabeza más tristes y reales que nunca y juré no volver a subirme a un tren. Pero mis médicos están en La Coruña y es un lugar al que tengo que ir. No es que quiera o no quiera. Es que tengo que ir. Y desde niña, además, me da pánico volar. ¡Qué ironía! (risas)

El miedo por ahora lo gestiono mal. No me gusta ir en coche si no voy al volante y tengo verdadero pánico a volver a subir a un tren, a un avión o a un autobús. Pienso cosas horribles, paranoias espantosas. Las pocas veces que he ido en metro me he visto a mí misma preguntándome: “Si descarrila, ¿en qué asiento tengo más probabilidades de sobrevivir?”. Es espantoso pero tengo la muerte siempre presente y la intento evitar.

Luego hay otros miedos y otros traumas.

Me da vergüenza conocer gente por el aspecto que tengo ahora. Al reencontrarme con todo el mundo, sentía la necesidad de dar explicaciones y justificarme por mi aspecto. Hoy todavía me cuesta muchísimo mirarme al espejo. Aunque me siento yo misma cuando me miro y encuentro esa verdad, aún me cuesta mucho hacerlo.

El abandono

Durante estos dos años, he sentido el desamparo de la Administración. ¿Quién se acuerda de las víctimas del accidente de Spanair o del metro de Valencia?

El primer año fue muy bien pero todo se olvida. Las noticias de hoy envuelven el pescado podrido de mañana. Esto es así. Al principio los responsables de Renfe me dieron todo tipo de facilidades. Me dijeron que estaban a mi disposición para lo que quisiera y para ir a mis revisiones a La Coruña las veces que hiciera falta. Pero yo he tardado más de un año en poder volver a subirme en un tren.

Ese primer año mi familia sí que contó con billetes a cargo de Renfe. Pero fue pasar el primer año y la desatención ha ido yendo de mal en peor.

Hace poco he tenido que ir a una revisión con mi cirujano plástico en La Coruña y me han puesto toda clase de impedimentos. Tuve que enviar el justificante médico y el billete escaneado y tuve que abonarlo yo todo primero. No me cogían el teléfono, no me contestaban a los correos electrónicos y el departamento con el que hablé no era el correcto. Así todo.

Ojalá no tuviera que ir a La Coruña a seguir visitando médicos. Ojalá no tuviera todavía varias operaciones pendientes de cara. Pero esto es lo que hay. Lo de menos es pagar los 100 euros de billete de tren. Lo que me molesta, señores de Renfe, es que yo me estrellé en uno de sus trenes y no me hacen caso. Esto me interesa mucho que se sepa porque es indignante que Renfe trate así a las víctimas.

¿Qué reclamamos? Yo estoy metida en la asociación APAFAS y hay un despacho de abogados que representa a la mayoría de los heridos y a los familiares de los que murieron. Desconozco los pormenores legales pero está todo muy parado y el proceso está siendo muy lento.

No parece que fuera sólo un fallo humano sino que Adif tuvo parte de la culpa. La infraestructura falló y era defectuosa. Es decir, que al error del maquinista de no frenar cuando tenía que hacerlo se unió un fallo de las balizas de seguridad, que no funcionaron como debían. Sé que se había informado a las autoridades competentes de que esto podría ocurrir y esto Adif lo tiene bastante silenciado. Al fin y al cabo, pueden perder cientos de miles de millones de euros si eso sale a la luz y no se cierra una operación como la del Ave a la Meca. Pero allí hubo 79 muertos.

La indemnización

Cuando todo pasa, la indemnización te da igual. En los primeros meses recibí un adelanto de la aseguradora de Renfe para poder costearme mi recuperación. Esto porque yo lo pedí. Porque no podía costearme una silla de ruedas, una asistencia a domicilio durante tres meses o un corsé para la espalda hecho a mi medida que necesité porque me rompí varias vértebras.

He estado tomando también una medicación fortísima y aún me debo someter a varias operaciones quirúrgicas. Todo esto me cabrea, me frustra y me duele. Me siento abandonada y muy impotente. De verdad que no hay dinero suficiente en el mundo que pague este sufrimiento. Pero creo que todos los que íbamos en ese maldito tren, los que sobrevivimos y los familiares de los que murieron, nos merecemos una buena compensación económica. Insisto en que mi adelanto lo recibí porque yo lo pedí. Me consta que hay muchos supervivientes que todavía no han recibido un euro.

En España las víctimas de accidentes ferroviarios estamos muy desamparadas. Para empezar, hasta este año no había una ley específica para ello. Todo se calculaba de acuerdo con los baremos de tráfico y no tiene nada que ver. En este caso pagas un billete para que te lleven a un destino y no hay particulares implicados. Gracias a Dios, esto ha cambiado y se ha aprobado un decreto ley que regula la asistencia “integral” y adecuada a las víctimas de accidentes ferroviarios y sus familiares y que duplica la indemnización que éstos reciben.

En cualquier caso, la frialdad de Renfe no es la que más me ha asombrado. La que más, la de la forense.

Primero por la falta de consideración y la arrogancia en el trato: haciéndome ir varias veces sin que ella estuviera presente y tratándome con una falta de respeto espantosa sin haberse leído siquiera mi informe. Sus preguntas, además, fueron muy desagradables y escépticas, como si yo estuviera exagerando lo que me había ocurrido. Y luego porque ha hecho un informe muy parcial de mis lesiones cuando eso es lo último que debe hacer un médico forense, que tiene que hacer una valoración objetiva conforme a los informes de los médicos que sí me han tratado durante estos dos años. Para ella no son importantes ni la cicatriz que tengo en mitad de la cara ni la que tengo detrás de la oreja ni que se me haya quedado un ojo caído ni mi pérdida de olfato ni que se me haya quedado una pierna desviada o que tenga totalmente dormido un dedo del pie. Cuando le conté todo esto me dijo: “Todos somos desiguales”. ¡Qué desnaturalización!

Pendientes de mí

¿Sabes lo que me emociona especialmente? Saber todas las personas que aquella noche se movilizaron para averiguar si estaba viva. Todos estaban pendientes de mí y se crearon muchas cadenas de oración para pedir por mi recuperación.

Estoy convencida de que ese empuje me ha ayudado en este proceso. Me he sentido muy acompañada y amparada desde el primer día. Tanto que a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que mis amigos y familiares me dejaron de contar sus cosas, sus problemas, su día a día. Me costó un poco explicarles que todos tenemos nuestros trenes. Que el mío no es peor que el tuyo. Que es más trágico, más espectacular, más dramático pero no es peor que el de los demás.

Hay muchos instantes que se me han quedado grabados.

Me emocionó mucho conocer a otro superviviente que estuvo hospitalizado conmigo en el Juan Canalejo. Él estaba en la unidad de Traumatología y vino a verme. Hablamos durante mucho rato y nos sentimos muy comprendidos el uno por el otro. Me reconfortó hablar con él de tú a tú. Era el único que me podía entender. Creo que nos ayudamos mucho. Por mucho que lo expliques, nadie te entiende. Cada uno aborda el tema de manera distinta. Pero los supervivientes hablamos el mismo lenguaje.

¿Algo que los demás no entiendan? [se para un momento] Yo vi cosas que sé que no son alucinaciones ni nada por el estilo por muy increíble que parezca… En el tren vi una sombra que se llevaba a la gente que iba muriendo y un manto de luz que abrazaba a las personas vivas. Yo eso lo vi y también lo sentí. Y tengo la certeza de que era el ángel de la guarda de cada uno que nos protegía.

A partir de ahora

Durante un tiempo pensé que si Dios me había permitido vivir es porque tenía un plan nuevo pensado para mí. Irme a las misiones o ayudar a los pobres. Pero hace poco me di cuenta de que no tengo que acometer una misión importante sino estar aquí. Ésta es la misión.

Me costó mucho volver a mi día a día. Al principio me agobiaba estar con mucha gente, quería todo en pequeñas dosis. Pero todo se pasa, todo se cura y la vida vuelve a su rumbo. El primer año fue muy duro. Pero al llegar el primer aniversario me dije: “Margot, hasta aquí. Se acabó. Tienes que continuar”. Pero lo que ocurrió aquel día no se puede olvidar sin más. Cada día me lo recuerdan las pruebas médicas, las citas con el forense, con el seguro o con el abogado.

Lo físico sabes que se te va a pasar. Hasta ahora nunca me ha importado que me preguntaran por el tren. Pero a medida que pasa el tiempo me va costando más hablar. Tengo que seguir haciéndolo por temas legales, médicos o psicológicos. En mi vida personal intento apartarlo un poco. Pero lo más duro es que sabes que nunca lo vas a olvidar.

Yo sigo siendo yo desde el accidente. Tengo el mismo carácter y la misma forma de ser. Sigo siendo Margot Viguera. Pero al mismo tiempo me siento muy distinta. El tren me ha ordenado la cabeza. Me ha hecho mejor persona y entender la vida en base a otras prioridades. He vuelto a trabajar aunque con muchas limitaciones. Necesito una silla especial para la espalda, soy incapaz de ir en metro o en autobús a mi lugar de trabajo. Muchos días me despierto tan angustiada, después de haber tenido unas pesadillas tan espantosas que soy incapaz de salir a la calle por falta de ánimo y de fuerza. No puedo cumplir con una jornada laboral normal. Y eso también es muy duro.

Nunca me digo que ojalá no hubiera subido en aquel tren. ¿Para qué? A veces he tenido momentos de rabia o de ira. Pero no tiene sentido pensar en cómo sería mi vida si me hubiera sacado otro billete, otro día, en otro vagón… ¿De qué sirve? Subí y todo cambió. Sólo Dios sabe por qué tenía que estar allí.