Mari Paz Artolazábal esposa de José Luis López de Lacalle asesinado por ETA: «Hoy ya he perdonado. Si quiero ser seguidora de Jesús, solo puedo hacer lo que hizo Él»

* «Mi vida han sido la fe y Dios, y ha sido eso lo que me ha salvado durante todo estos años.  Pero la ayuda sobre todo me vino de arriba. Eso lo tengo clarísimo. Dios es amor, y no somos nosotros los que vamos a Él, es Él el que viene hacia nosotros. ¿Quién nos conoce mejor que Él? Siempre me acuerdo de Jesús de Nazaret, que iba perdonando, sanando y amando y que, cuando estaba en la cruz, murió perdonando. Aunque soy consciente de que hacerlo a veces no es fácil»

Camino Católico.- Hoy ya no es catequista de su parroquia de Andoáin «porque ya quedan pocos niños», pero Mari Paz Artolazábal siempre ha estado implicada en la vida cotidiana de la Iglesia, en Acción Católica y otros grupos. «En mi casa rezábamos el rosario todos los días. Yo he recibido la fe de mis padres, y creo que nunca podré agradecérselo lo suficiente», asegura a Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en una entrevista en Alfa y Omega. El 7 de mayo del año 2000, dos cachorros de ETA mataron a su marido, José Luis López de Lacalle. Cuando en el portal de casa se encontró con su marido muerto, su único asidero fue aquella herencia que le dejaron sus mayores: «Mi vida han sido la fe y Dios, y ha sido eso lo que me ha salvado durante todo estos años».

– Su marido fue militante del Partido Comunista, fundador de Comisiones Obreras, intelectual comprometido… ¿Cómo era José Luis en casa?

– Igual que en la calle: una buenísima persona, un buen padre y un buen marido. No podía soportar ver una injusticia. Siempre estaba preocupándose por el que menos tenía. Era socio de Cáritas y de otras ONG. No podía ver sufrir a la gente y era muy generoso. Había recibido una educación religiosa en su casa y eso se notaba.

– ¿Qué le pasó a usted por dentro después de aquel 7 de mayo? ¿Se rebeló o rezó más?

Rebelarme nunca, porque de lo que hagan los hombres no tiene culpa Dios. Él nos ha dado libertad a todos. Yo nunca me rebelé. Eso sí, me costó rezar completo el padrenuestro, sobre todo el momento del perdón.

Ese 7 de mayo del año 2000 lloviznaba en Andoáin, y a José Luis López de Lacalle no le gustaba que se le mojaran los periódicos. Así que el paraguas rojo que fue testigo de su asesinato se quedó abierto hasta que alguien, posiblemente un ertzaina, lo cerró horas más tarde.

– ¿Y hoy?

– Hoy ya lo puedo rezar entero. Hoy ya he perdonado. Nos ayudó gente de Iglesia, sacerdotes y otras personas, con charlas y demás. Pero la ayuda sobre todo me vino de arriba. Eso lo tengo clarísimo. Dios es amor, y no somos nosotros los que vamos a Él, es Él el que viene hacia nosotros. ¿Quién nos conoce mejor que Él? Nadie.

– ¿Qué le pasa por la cabeza cuando piensa en aquellos que mataron a su marido?

– Entonces eran unos chicos, uno de ellos tenía la misma edad que mi hijo. Me dan pena. Han echado su vida por la borda. Y no solo la suya, también la nuestra. Siempre me acuerdo de Jesús de Nazaret, que iba perdonando, sanando y amando y que, cuando estaba en la cruz, murió perdonando. Si quiero ser seguidora de Jesús, no puedo hacer otra cosa que lo que hizo Él. Aunque soy consciente de que hacerlo a veces no es fácil.

– La Escritura dice que Dios guarda todas las lágrimas en su odre. ¿Dónde están las suyas?

Yo he llorado mucho. A mí me ha gustado siempre cantar. Es algo de familia; tengo parientes que han sido compositores. Pero cada vez que iba a Misa, en cuanto sonaba una canción, rompía a llorar. Lloraba y lloraba todo el rato. Muchas veces me he acordado de la Virgen. En mis soledades la he tenido muy presente. Con todo lo que pasó su Hijo, ¿cómo no iba a sufrir? Ponte en su lugar. Pero los creyentes sabemos que en el Calvario no acabó la cosa. Al tercer día resucitó…

– Tiene dos hijos. ¿Cómo han vivido ellos todos estos años?

– En mi casa no hay odio. Mi hijo incluso llegó a hablar con un miembro de ETA arrepentido, de otro comando, uno con el que yo también hablé. Este hombre llegó a decirme que si pudiera volver años atrás, lo haría. La gente debería tener otra oportunidad en la vida. Cuando al acabar la conversación mi hijo y él se dieron la mano, di gracias a Dios.

– Entonces, ¿es posible el perdón?

– No solo es posible, sino que es necesario. Repito: es necesario perdonar. La paz interior que sientes cuando perdonas… ¿Tú sabes lo que es? Eso es un tesoro. Me gustaría que mi testimonio ayudase a la gente que no puede perdonar. Si a nosotros Dios nos perdona todo, ¿cómo no vamos nosotros a perdonar?


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