Mathilde maltratada por su madre, que la llevaba a Misa, se trastornó, padeció ideas suicidas: «Me aferré a Dios, fui encontrándome con Él en la oración y me sanó»

* «Mi infancia, que –literalmente- habría podido engullirme, fue también misteriosamente un camino hacia Dios. Mis padres me habían bautizado y me llevaban habitualmente a misa. Así que yo oía hablar de Dios y de su amor por mí. Y cuanto más excluida me veía del amor de mis padres y más sufría, más me ponía a buscar el amor de ese Dios y a creer en Él»

Camino Católico.- Desde una vida familiar marcada por el abuso hasta el camino de la recuperación, Mathilde cuenta su increíble historia a Découvrir Dieu, que revela el poder de Dios que transforma todo mal en un bien mayor. La historia de Mathilde es la de una mujer que supo dejarse mirar por Dios y aceptar su amor por ella y la explica en primera persona:

“Me maltrataron mucho”

Mi nombre es Matilde. Y crecí en una familia que parecía una familia normal. Detrás de esta apariencia de normalidad, en realidad fui fuertemente maltratada con palizas, humillaciones y sobre todo, una privación del amor de mis padres, y en particular de mi madre que me repetía incansablemente que yo era mala, que estaba loca, que hubiera preferido que yo muriera, que sólo ella sabía quién era yo realmente, que sólo ella podía protegerme de mí misma. Así que obviamente era duro, angustioso, especialmente porque no trascendía fuera del entorno familiar. De hecho, mis padres negaron este abuso y me dijeron: “Todo es por tu bien, todo es porque te queremos».

Y, a partir de los 9 años, la ansiedad se apoderó de mí y tuve lo que se llama «TOC» (Trastornos Obsesivos de la Conducta). A consecuencia de lo que mi madre repetía sin cesar, me invadían los miedos a ser causa de una desgracia. Dedicaba tres o cuatro horas al día a comprobar todo lo que dependía de mí, para evitar que sucediese una tragedia por mi culpa.

Y, al crecer, el abuso se incrementó. Y en la adolescencia se me sumaron otros trastornos al TOC: esta vez trastornos alimentarios. Me costaba comer y vomitaba varias veces al día. A esto se sumaron ideas suicidas: no por dejar de vivir -porque yo quería vivir-, sino por dejar de sufrir… y también para escapar de mi madre. No veía otra forma de hacerlo.

Pero hay un pero, lo bueno es que mi infancia, que –literalmente- habría podido engullirme, fue también misteriosamente un camino hacia Dios. Mis padres me habían bautizado y me llevaban habitualmente a misa. Así que yo oía hablar de Dios y de su amor por mí. Y cuanto más excluida me veía del amor de mis padres y más sufría, más me ponía a buscar el amor de ese Dios y a creer en él. Para mí, creer en ese amor era una cuestión de supervivencia, aunque eso no acababa con mis angustias ni me ahorraba tener que luchar ni transformaba a mis padres: mis luchas seguían siendo las mismas.

Y entonces un día, de repente comprendí que yo no era responsable de lo que mis padres me hiciesen, y sí lo era, sin embargo, de las cosas que yo decidía hacer. Comprendí que Dios me ofrecía la vida, pero que no podía decir ‘sí’ por mí, que era yo quien tenía que decir ‘sí’, decirle ‘sí’ a Él. Concretamente eso significaba renunciar a aquello que me destruía y poner mi confianza en Dios. Ahí estaba la auténtica sanación.

Me aferré a Dios. Le dejé un lugar cada vez mayor en mi vida. Fue así, encontrándome con Él en la oración cada vez más, todos los días, como pude seguir curándome y dejándome amar por quien hoy es mi marido desde hace veinte años. Y también pude ser madre, porque para mí era un reto muy complicado ser madre. Yo quería tener hijos, pero no quería ser madre, me daba mucho miedo. Dejándome amar por Dios en la oración, sin embargo, pude curar progresivamente mi TOC.

Y hoy aún quedan llagas en mi historia. Sigo siendo débil, pero sé con toda certeza que mi debilidad nunca sobrepujará Su fuerza y Su amor. Ya no temo ninguna desgracia.

Mathilde

El vídeo del testimonio de Mathilde en francés


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