Matías Quer, siendo niño protagonizó la película «Machuca»: “Estuve orando al Santísimo más de una hora y comencé a descubrir quién era yo”

* “Hasta ese momento pensaba que la Eucaristía era un símbolo, pero vivir, saber, que Él estaba presente en todo, me cambió”

* “Encuentro urgente acudir a la gente que está alejada de Dios y crece sin Dios”

29 de octubre de 2013.- (Danilo Picart / PortaLuz / Camino Católico) “Nunca pensé que la película tendría la repercusión que tuvo”, dice Matías Quer, un joven de 23 años cuya imagen de niño pedaleando en una bicicleta llevando a su amigo en la parte trasera, quedó inmortalizada entre los chilenos, los cultores del cine arte mundial y románticos de una época en que se fundían y confundían los valores del evangelio y las ideologías. Hace ya una década que -de forma imprevista- se convirtió en uno de los protagonistas del filme chileno “Machuca”.

 “No es que me haya dedicado a hacer actuación desde pequeño -recuerda- pero me gustaba actuar un poco”. Participó en obras del colegio y Claudia, su madre intuyendo las cualidades del hijo, lo inscribió para participar como extra en la película. “Con esa intención fui y durante el casting me enteré que era para actuar como personaje protagónico”.

El fondo histórico y el entorno social que narraba el filme, impactaron el alma de este niño. “Fueron dos meses en que la película me abrió los ojos a ciertas cosas. No diré que vivía en una burbuja, pero sí muy aislado del mundo. Gracias a las grabaciones, conocí por primera vez una población vulnerable”.

Matías tenía todo para prosperar y desplegar su vida en la actuación. El éxito estaba disponible para él. Viajó a Europa y le ofrecieron participar en diversas series de televisión, pero no era lo suyo. “Rechacé toda oferta, llamé al director de Machuca, porque me contactaban a través de su productora y les pedí que no dieran más mi número, porque no me interesaba actuar más”.

La búsqueda

Alejado de la seducción que la actuación proyectaba retomó el vínculo cotidiano con amigos disfrutando su otra pasión, como futbolista amateur. Allí, señala, reforzaba el valor del ser equipo, comunidad. En ese contexto, tal cual lo mostraban en su primera etapa de relación los personajes de Machuca, el ser rico o pobre no importaba… sólo la amistad. Pero en su proyecto de vida confiesa que aún existían apegos… “Sí, quería tener un buen auto, una casa en la playa, e irme fuera de Chile”.

Luego, en la universidad, estudiando lo que era su recién descubierta vocación, Medicina, se esmeraba para obtener buenas calificaciones, pero no lograba el rendimiento esperado. “Era el tipo sano, bueno, el hermano mayor, el ejemplo, quien nunca ha bebido ni salía de parranda, el inteligente, el honesto, casi el santito. Yo mismo me había acostumbrado a ese cuento. Me confortaba tener estos títulos, pero me sentía presionado. Me di cuenta que vivía preocupado de lo que el resto pensara de mí. Tenía que ponerme con un papel, con un rol para cumplir a la altura de lo que mis padres me exigían. Yo mismo me ponía estos estandartes porque quería impresionar, quería aparentar un estatus”. 

En esta crisis de su vida la guinda de la torta ocurrió el 10 de octubre de 2009 cuando tuvo aquél accidente con el auto que conducía… “Ese accidente me marcó, pues pensé, ¿Y si hubiera muerto? Me empecé a cuestionar todo, a plantearme preguntas incómodas. ¿Hacia dónde iría?”. 

El estrés desbordó sus emociones al mes siguiente, cuando su bisabuela –uno de sus seres más querido- falleció. Sintiéndose sólo, perdido, derrotado… ¿cómo hallaría paz y sentido?  “Estaba en la misa de exequias y pensé darle una oportunidad a Dios. Pensé que podría ser Él quien respondiera a mis preguntas”.

Los amigos del colegio que le acompañaban y conocían, estaban inquietos al verle devastado y le invitaron a pasar la noche compartiendo un asado en la casa de uno de ellos y allí se encontraría con una muchacha atípica. “Javiera hablaba de que era católica y no siendo común que alguien joven se definiera así me atrajo su sinceridad y eso que parecía vivir. Le empecé a preguntar sobre la misa que viví aquella tarde. Yo no tenía vida espiritual, nada, pero sí un deseo, un anhelo de algo más grande, de felicidad y no me conformaba con las cosas del mundo”. Matías en medio de la crisis había logrado tener al menos esa certeza, no se conformaba “con las cosas del mundo”… Y agrega: “Eso me gustaba”.

Esa amistad se prolongó por meses. Se contactaban por Facebook. Luego, cuando ella se fue a Perú a servir a niños en riesgo social “nos contactábamos por mail donde me contaba su experiencia y cuando leía sus palabras, me ardía el corazón y quería vivir lo mismo que ella”.

Regresaron del verano y cuando se juntaron en un almuerzo para compartir vivencias, Matías recuerda que ella le entregó un Rosario. “Luego, en mayo del 2010 comencé a participar de una comunidad del “Sodalicio de Vida Cristiana” denominada Movimiento de Vida Cristiana”. Con ellos se fue de misiones sellando así su futuro…  

“Fue un encuentro con el Señor… en Pintué, una localidad que está ubicada al sur de Santiago de Chile. Allí conocí el rostro del prójimo sufriente, abandonado. Pero lo determinante ocurrió un día que me preguntaron si había ido a orar con el Santísimo, y dije: «¿Quién es el Santísimo? Hace dos meses que me lo pregunto, todos hablan de él, pero no lo conozco». Y me sacaron de mi ignorancia. Hasta ese momento pensaba que la Eucaristía era un símbolo, pero vivir, saber, que Él estaba presente en todo, me cambió. Estuve en la capillita orando al Santísimo por más de una hora y comencé a descubrir quién era yo, a sacarme las máscaras»

Dios… Alfa y Omega

Se volcó en el movimiento. «Me lancé con todo”, dice. Luego aparecieron las inquietudes vocacionales. “El solo hecho de pensar en ser sacerdote o consagrado era una idea loca. Pero igual, desde ahí, había un anhelo. Dios quería algo para mi vida y estaba muerto de miedo, porque siempre preservaba el modelo que me había propuesto desde la adolescencia y no quería renunciar”.

Vivió un retiro clave para determinar su vocación. Se emociona hoy profundamente al afirmar que permaneció horas arrodillado frente al Santísimo Sacramento en la capilla de su comunidad. “Ahí comencé a conversar con el superior del movimiento y también con Alberto, un laico consagrado del cual agradezco mucho, quien me dijo que el discernimiento tiene que ser de cara al Señor”.

Hoy, la vida de Matías se desarrolla muy lejos de la pantalla grande. Está en quinto año de medicina y vive en la comunidad del Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica constituida fundamentalmente por laicos consagrados que se denomina sodálites. Lejos del modelo de sacerdocio expuesto en la película “Machuca”, su vocación como laico consagrado es estar inserto en el mundo para transformarlo según Cristo. ¿La medicina?… un instrumento al servicio de Dios. 

 “Nosotros, como movimiento tenemos una pastoral dedicada a la gente en situación de calle, además de una pastoral de enfermos terminales. Creo que son muchas las periferias para servir. Pero, en lo personal prefiero acudir hacia la gente pobre, abusada, drogadicta, gente que está dolida, sola, desesperanzada. A esa gente hay que ir a buscarla. Pero también encuentro urgente acudir a la gente que está alejada de Dios y crece sin Dios”. 

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