Miguel Mota, jinete portugués: «Busqué a Dios en las competiciones de caballos y en lo oculto… Lo encontré en la confesión y el cáncer»

* «En 2019 me diagnosticaron un mieloma múltiple: lo que yo creía que era una lesión del omóplato derivada de mi profesión de jinete era, al final, un cáncer en la sangre, una enfermedad para la que todavía no hay cura. Lo que se me ocurrió inmediatamente fue que si Jesús se entregó y murió por mí, ¿por qué no debería sufrir yo por él? Pensé que lo que sucediera sería para mi bien y para mi familia, así que Dios me concedió la gracia de no desesperarme ni enfadarme. A partir de ese momento mi vida adquirió otro valor, la enfermedad y el sufrimiento me unieron a Jesús como nunca antes. Pude rezar y ofrecer todo esto por los que amo, por la Iglesia y por la Obra. Yo, que soy tan pequeño y carente de generosidad, ahora tenía mucho que ofrecer. Estuve internado en la IPO de Lisboa en mayo de 2020, en plena pandemia de COVID-19. Pasé por momentos muy difíciles de dolor y de tratamientos complicados, como el autotrasplante de médula. Pero, en medio de todo aquello, recibí el apoyo y el cariño de María, el de mi familia, además de amigos, hermanos de la Obra y de muchas personas que rezaron por mí. Llegar a un desafío tan difícil de la vida y poder decir que soy feliz, profundamente feliz, no tiene explicación. ¿Qué puede ser sino la gracia de Dios?»

Camino Católico.- Su familia tenía una discoteca, pero su pasión siempre fueron los caballos. Miguel Mota buscó a Dios en lugares equivocados. Pero al fin puede relatar la historia de su conversión y cómo un cáncer y una estancia en un hospital de Lisboa le acercaron a Dios. Miguel relata en primera persona su acercamiento y camino con el Señor en la web del Opus Dei:

Miguel Mota y su esposa María, en una foto reciente.

Me llamo Miguel, vivo en Lisboa y tengo 40 años. Nací en una familia muy normal con otros dos hermanos. Estudié hasta el 12º grado en la Escuela de Desarrollo Rural de Abrantes en el módulo de manejo de caballos.

Luego me fui a Francia para aprender con un jinete profesional. Siempre ha sido mi pasión. Fue un período intenso en el que hice de todo, desde las tareas más básicas de aseo hasta montar hermosos caballos. Mi madre solía decir que “era mi mili”: de hecho aprendí mucho y volví de Francia con cierta ingenuidad y arrogancia, pensando que ya era un gran jinete.

Miguel Mota montado en uno de sus caballos

Mi formación cristiana se limitaba a la preparación para la primera comunión en la parroquia. Abandoné la práctica religiosa muy pronto, y dejé de ir a misa. Yo era uno de esos portugueses que no asistía a misa, pero que iba a Fátima todos los años…

Un astrólogo médium me sugirió ir a Misa nueve días seguidos

Cuando regresé a Portugal me perdí completamente. Salía por la noche casi todos los días con diferentes amigos del mundo de los caballos del norte de Lisboa. Tenía varias amigas pero tenía la clara convicción de que nunca me comprometería con nadie.

Así, a los 22 años, había perdido la fe, aunque de alguna manera buscaba a Dios. Empecé a tener sesiones con un astrólogo médium, que tenía fama de ayudar a mucha gente.

Miguel Mota con María y sus tres hijos en un recorrido por el Duero

Entre las muchas sugerencias que me dio, una fue sorprendente: ir a misa durante nueve días seguidos. Recuerdo ir en el coche hacia la iglesia tratando de recordar la oración del Credo, que ya había olvidado.

Un día oí a alguien decirme: “las brujas te envían a misa, pero nunca te dirán nada sobre la confesión”. Lo guardé en mi cabeza. Pero continué con mi vida nocturna: mis padres tenían una discoteca y la frecuentaba demasiado con mis amigos. Por otro lado, alimenté un gran afán de ser un buen profesional del caballo. Mi situación interior era la de una persona que vivía sin alegría y que competía constantemente por encumbrarme.

El Padre Hugo, la confesión y María

Un día, a mediados de 2011, por invitación de la prima de la que ahora es mi esposa (María), fui a almorzar con el Padre Hugo. Esa conversación tuvo un enorme impacto en mí. Tanto que le pedí inmediatamente que me confesara. Perdí una “tonelada” de peso en la confesión, y me di cuenta de que hasta entonces había vivido en la oscuridad.

La cena de la familia de Miguel Mota con la de su amigo Antonio en Alemania

Con mi conversión, mi relación con María se hizo más fuerte y sentí que ella era la persona con la que quería estar el resto de mi vida.

No mucho después, fui a visitarla a Alemania, donde hacia prácticas de abogacía. Le compré un anillo y le pedí que se casara conmigo, algo que ella no esperaba. Un año más tarde celebramos la boda y hoy tenemos tres hermosos hijos.

Mis amigos también notaron el cambio. Antonio era uno de los más cercanos. Lo conocí cuando volví de Francia. Somos muy amigos y aún hoy, aunque viva en Alemania donde es jinete, hablamos con mucha frecuencia. Un día lo desafié y le dije que tenía que cambiar de vida. Me pidió que le diera la medicina para ser feliz. Entonces comenzó un hermoso viaje que terminó con su acercamiento a la fe. Después de más de quince años volvió a confesarse, con el mismo sacerdote que yo.

La vocación y un diagnóstico de mieloma múltiple

Después del fulgor inicial de la conversión empecé a sentir que no progresaba como debía: el peso de mi vida pasada y las tendencias que luchaban contra mi deseo de una vida más plena -muchas de ellas apenas las detecta- no me dejaban mejorar. Tenía claro que necesitaba algún apoyo.

Miguel Mota y su esposa María

Fue entonces cuando un amigo me habló de las actividades de formación católica del Opus Dei. Rápidamente me di cuenta de que había encontrado mi vocación, porque además de tener la asistencia espiritual y la formación que necesitaba, había encontrado la manera de estar en la vida como un hijo de Dios, algo que tenía más sentido para mí: vivir cerca de Dios a través de mi familia, la dedicación a los demás y mi trabajo.

En 2019 me diagnosticaron un mieloma múltiple: lo que yo creía que era una lesión del omóplato derivada de mi profesión de jinete era, al final, un cáncer en la sangre, una enfermedad para la que todavía no hay cura.

Lo que se me ocurrió inmediatamente fue que si Jesús se entregó y murió por mí, ¿por qué no debería sufrir yo por él? Pensé que lo que sucediera sería para mi bien y para mi familia, así que Dios me concedió la gracia de no desesperarme ni enfadarme.

A partir de ese momento mi vida adquirió otro valor, la enfermedad y el sufrimiento me unieron a Jesús como nunca antes. Pude rezar y ofrecer todo esto por los que amo, por la Iglesia y por la Obra. Yo, que soy tan pequeño y carente de generosidad, ahora tenía mucho que ofrecer.

Internado en plena pandemia

Estuve internado en la IPO (Instituto Português de Oncología) de Lisboa en mayo de 2020, en plena pandemia de COVID-19. No podía recibir visitas. Me animó mucho conocer a una persona muy especial: el Padre Custodio, el capellán.

Le pedí diariamente la comunión. Las enfermeras y el personal de cuidados intensivos, que me cuidaron tan bien, se sorprendieron al ver que llamaba al sacerdote diariamente. Me sentí afortunado porque sabía que el sacerdote tenía otros deberes pastorales y estaba allí dedicándome ese tiempo.

Miguel Mota con el Padre Custodio, en el hospital

Pasé por momentos muy difíciles de dolor y de tratamientos complicados, como el autotrasplante de médula. Pero, en medio de todo aquello, recibí el apoyo y el cariño de María, el de mi familia, además de amigos, hermanos de la Obra y de muchas personas que rezaron por mí.

Llegar a un desafío tan difícil de la vida y poder decir que soy feliz, profundamente feliz, no tiene explicación. ¿Qué puede ser sino la gracia de Dios?

Miguel Mota


Para entrar en el catálogo y en la tienda pincha en la imagen

Comentarios 0

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *