Mirko Boletti fue expulsado de su casa por su padre, llevaba una mala vida de alcohol, fiestas y tráfico de drogas: Dios le salvó de la cárcel y de su infierno

* «Veía los viernes por la noche a jóvenes rezando, ¿de qué van?, yo veía en sus ojos algo que yo no tenía. Tengo poder, dinero, mujeres, pero estos… ¿qué tienen? Además había una chica en silla de ruedas con una sonrisa impresionante, y yo me decía, ¿de qué te ríes?… De repente – empecé a sentir un gran calor que me iba de la cabeza a los pies, comencé a llorar y no pude parar. Me moría de la vergüenza. Y escuché en mi interior: ‘perdona a tu padre porque yo también te he perdonado’. Mi vida es una mierda, pero te la doy. El Señor me arrancó en el último segundo»

CaminoCatólico.com.- Una infancia complicada llevó a Mirko a una vida en la que Dios no existía, que acabó desembocando en el tráfico de drogas a gran escala y a ir en todo momento con una pistola. Pero yendo a amenazar a una iglesia a aquellos que se atrevieran a hacer algo a su madre fue el propio Dios el que lo acabó desarmando. Ahora su vida es otra y pudiendo dejar su peligrosa vida atrás ahora es profesor de Religión y un incansable evangelizador.

Mirko Boletti relata su radical conversión en el programa Cambio de Agujas de Euk Mamie  y Javier Lozano la sintetiza para Religión en Libertad. Todo se remonta a su infancia en un pueblo cercano a la ciudad italiana de Brescia. De niño iba a misa y catequesis gracias a su madre, pero en cuanto hizo la Confirmación le pasó como a muchos de los jóvenes católicos, no volvió a pisar una iglesia.

“Me creó un gran vacío dentro”

La relación con su padre fue el hecho fundamental que acabó llevándole a una vida peligros, desenfreno y de oscuridad. “Siempre estuvo ausente, nunca me cogió en brazos, estaba fuera de casa. Me creó un gran vacío dentro e inconscientemente eché la culpa a Dios”, cuenta este italiano.

Mientras tanto, su madre trabajaba día y noche para sacar a la familia adelante. Su padre iba dejando deudas y siendo infiel, según revela Mirko, desde que se casó con su madre.

Cuando cumplió 18 años, harto de esta situación echó a patadas de casa a su padre. Había tenido que dejar de estudiar para trabajar y pagar las deudas para poder comer. Para él Dios no existía, “¿rezar para qué? ¿Por qué permitía esto en mi vida?”, se preguntaba.

Robos, drogas, tráfico…

Su vida estaba puesta en otro lugar. “Yo creía en divertirme, ir a la discoteca, beber para llenarme la vida, y aparentemente te llenaba la vida. Me emborrachaba, estaba con mis amigos y yo era el líder”.

Mirko pensaba que echando a su padre de casa el problema quedaría resuelto. Pero no fue así. “Me creo una herida dentro, y el vacío ya no lo llenaba ni el alcohol, ni el sexo, entonces empecé con los porros, y pronto con las drogas duras como la cocaína, pero son caras, y como mi sueldo era pequeño porque tenía que pagar las deudas que dejó mi padre, empecé con los primeros robos y también a traficar con droga”, explica durante la entrevista.

“El vacío me destruía”

Pasando droga empezó a sentirse alguien importante, lo que nunca le había pasado, no sólo por el dinero que ganaba sino porque tenía el poder y la gente le buscaba. Sin embargo, cuenta, que cuando estaba solo, “el vacío me destruía”.

Su madre le regañaba por la vida que llevaba y entonces Mirko también se puso agresivo con ella. Desde entonces su madre ya no le dijo nada y empezó a rezar mucho más por él y a acudir a grupos de oración para que se convirtiera.

Con la pistola a la iglesia

Este fue el germen de la conversión de su hijo. Como el mismo afirma, “empezó pero no buscando a Dios, empecé a ver dónde iba mi madre para decirle a los de esos encuentros de oración que si tocaban a mi madre les mataría. Yo iba con mi pistola, el pelo largo, y mis 107 pendientes”.

De vez en cuando asistía para vigilar y en uno de ellos, este joven matón salió noqueado. Su madre le presentó a un diacono. Mirko ya estaba preparado para intimidarle cuando éste le dijo: “¿Sabes que Dios te ama a ti tanto como me ama a mí?”.

“Esa frase me congeló. No conseguí responderle. Le dije a mi madre que nos fuéramos. Durante días aquella frase me daba vueltas”, confiesa.

Durante un tiempo siguió con su vida, seguía drogándose y traficando a nivel internacional. Pero de vez en cuando se acercaba a alguno de estos encuentros de oración a los que iba a su madre.

“Una paz que no lograba entender”

Mirko explica que ir “me daba una paz que no lograba entender. Veía los viernes por la noche a jóvenes rezando, ¿de qué van?, yo veía en sus ojos algo que yo no tenía. Tengo poder, dinero, mujeres, pero estos… ¿qué tienen? Además había una chica en silla de ruedas con una sonrisa impresionante, y yo me decía, ¿de qué te ríes?”.

No podía entender nada pero que cada vez se sentía más atraído por estos encuentros, tenía una necesidad imperiosa de esa paz. Y entonces un domingo tuvo el encuentro con Dios que dio  un vuelco a su vida.

La voz que le habló en su interior

Un predicador dijo que Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre, y animaba a pedirle algo. Él no sabía qué pedir. “De repente –relata Mirko- empecé a sentir un gran calor que me iba de la cabeza a los pies, comencé a llorar y no pude parar. Me moría de la vergüenza”.

Llevaba 10 años sin llorar, y aquel domingo no podía parar. Además, sintió una potente voz en su interior que le decía que tirara el amuleto que llevaba puesto. Era la cabeza de un dios que había comprado en Cuba.

“Perdona a tu padre porque yo también te he perdonado”, le dijo esa misma voz. Además, asegura que vio “también una imagen que no podía comprender, una luz que venía hacia mí. Me pasé toda la tarde llorando y esa noche fue la más larga de mi vida, con una lucha fortísima”.

El Señor le salvó en el último momento

Ese cambio de vida no era tan sencillo. Pero se encerró en su habitación, se puso de rodillas y empezó a implorar a Dios ayuda: “mi vida es una mierda, pero te la doy”. Su vida cambió realmente y se salvó de ir a la cárcel muchos años.

Se cortó el pelo, se quitó los 107 piercings que llevaba. Aquel día tenía que recoger un importante alijo de droga, pero no fue. La Policía le vigilaba desde hacía dos años, le llevaron a comisaría, pero agradecido asegura que “el Señor me arrancó en el último segundo”.

Ahora Mirko es profesor de Religión en un instituto y ayuda a muchos jóvenes con problemas para indicarles el camino que realmente lleva a la felicidad, evitando así falsos atajos.

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