Nicolás creció en una familia católica, abandonó toda práctica, por años se negó a todo lo que su mujer le propuso sobre fe, pero en un retiro «me confesé y estaba en paz»

* «Allí estaba yo, tenía entonces 37 años, y el Señor me había esperado durante 37 años, que para el Señor no eran nada. Hasta ese momento no comprendí bien la noción del tiempo, tomé conciencia entonces. Y así fue como todo lo que vino después fue un periodo en que, mediante pequeños toques, con pequeños pasos, no según mis ritmos sino con los tiempos del Señor, hice un camino de fe que me permitió volver a unirme a mi esposa»

Camino Católico.- Nicolás tiene 50 años y creció en una familia católica aunque la práctica se limitaba a la misa dominical: “En casa no rezábamos y yo no tenía una vida de fe”, dice a Découvrir Dieu. A los 26 años, Nicolás conoció a Séverine y se casó con ella, quien sí vivía personalmente la religión, hasta el punto de que en tiempos había barajado la idea de entrar en un monasterio. Durante un retiro en el que participa Nicolás vive una experiencia transformadora: descubre a Dios, cae en una paz interior y comienza un camino de fe. Este es su testimonio en primera persona:

Mi nombre es Nicolás. Tengo 50 años. Vengo de una familia católica practicante, pero cuando digo practicar, me refiero a practicar los domingos e ir a Misa. De todos modos, no tenía una vida de fe, no rezaba en casa. No teníamos vida de oración.

Hasta que conocí hace 26 años a Séverine, mi esposa ahora. Y se produjo un contraste de dos mundos ya que Séverine era católica practicante. Tenía una verdadera vida de fe porque incluso había dudado, en un momento dado, en ingresar en un monasterio, y por tanto una vida de fe personal.

Nos casamos. Los primeros diez años de vida familiar fueron muy duros para Séverine, porque por todos los medios ella intentaba que yo hiciese cosas católicas, como ir a misa, y yo solo tenía una palabra en la boca: ‘No’. Yo era muy recalcitrante y creo que la hice sufrir y llorar mucho sin darme cuenta.

Y luego pasaron diez años. Y los amigos sugirieron que fuéramos de retiro a un lugar de peregrinaje. Y curiosamente, aunque no me atraía nada, dije que sí. Y llegué a este lugar con mucha gente, carpas grandes, gente que tenía actitudes que yo no conocía. Y, curiosamente, lo que me emocionó en ese momento fue que me sentía libre durante esos días. Un retiro, es muy reglado cronológicamente con las cosas que hacer. Curiosamente, me sentía libre: primera buena noticia.

La segunda buena noticia: solo vi gente sonriente que me acogía, que se ponían a mi disposición…¡era algo formidable! Y luego, una mañana, mi esposa va a escuchar una conferencia. Y entonces le digo: “Ve a tu conferencia. Yo, voy a dar un paseo”. Y fui a un lugar con una gran arboleda. Y qué veo: veo una hilera de sacerdotes confesando. Yo llevaba veinte o veinticinco años sin confesarme, pero, sin saber por qué, me encontré diciéndome a mí mismo que por qué no podía ser yo una de esas personas que se confesaban… Me encontré frente a un cura encantador. No sabía qué decirle. Creo que le conté un poco mi historia. Lo único que me dijo, o al menos lo que recuerdo, es: ‘El Señor te ha esperado’. Fue como un electroshock. No sé qué le dije antes o después, pero tengo la sensación de que mi confesión no fue demasiado interesante. Sin embargo, al mismo tiempo percibí que había un antes y un después. Estaba en paz, una paz esplendorosa, verdaderamente magnífica. Me senté en un banco. No sabía qué hacer, estaba asustado. Esa paz se había transformado en una enorme alegría interior. Pero, por desgracia, no podía sacar ninguna consecuencia.

Lo curioso es que fue entonces cuando mi esposa vino y me vio. Y cuando te habla de eso, te habla de que ella había visto que algo había pasado, (no sabía qué), que yo no podía hablar. Lo único que pasó que yo sé es que seguí llorando porque no podía poner en palabras lo que había pasado allí, Yo era incapaz de expresar en palabras lo que había sucedido. Estaba como encerrado en una jaula, con un corazón de piedra en el cual el Señor -eso, seguro- había comenzado a hacer una buena grieta.

Al fin logro hablar. Salimos a dar un paseo y, curiosamente, en un lugar donde había mucha gente (era en agosto, más de 5.000 personas que estaban en esta peregrinación), me encuentro con el cura que me había confesado y que se me acerca. y dice: «Nicolas (había memorizado mi primer nombre), tengo un texto para ti. Así que dame tu número de teléfono. Y así, esa misma noche, recibí el mensaje de este sacerdote: «Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión…” (2 Pedr 3, 8-9). No sé cómo sigue, pero la idea era esa. Allí estaba yo (tenía entonces 37 años), y el Señor me había esperado durante 37 años, que para el Señor no eran nada. Hasta ese momento no comprendí bien la noción del tiempo, tomé conciencia entonces.

El retiro terminó. Regresamos y la vida se reanudó casi normalmente. Un año después, fue como un signo para mí, dijimos que haríamos el mismo retiro. Y, desafortunadamente, me rompí la pierna tres días antes del retiro. Así que no pude ir.

Y me encontré de vacaciones, pero con el sentimiento profundo de que mi lugar no estaba en ese lugar de vacaciones, sino en otra parte. Entonces descubrí que me faltaba algo, que realmente había vivido algo muy fuerte en aquel retiro y por aquella confesión.

Y así fue como todo lo que vino después fue un periodo en que, mediante pequeños toques, con pequeños pasos, no según mis ritmos sino con los tiempos del Señor, hice un camino de fe que me permitió volver a unirme a mi esposa.

En mi vida con mi mujer, era mi mujer la locomotora y yo el vagón de carbón que al principio frenaba todo el camino de vuelta. Hasta que el viejo ferrocarril se transformó en un tren de alta velocidad con dos motores que nos permiten avanzar en pareja, cada uno a nuestra velocidad: a veces es uno el que tira, a veces tira el otro, pero en todo caso avanzamos juntos en esta vida de oración y de descubrimiento del Señor que hoy es para mí una auténtica alegría.

 Nicolás

Vídeo del testimonio de Nicolás en francés


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