Oración a San Carlos de Sezze para pedir la humildad / Por P. Carlos García Malo

*  «San Carlos de Sezze, que siguiendo los pasos del humilde peregrino de Asís, te entregaste en cuerpo y alma a la orden de los hermanos menores; y reconociendo en ti tus limitaciones y pobrezas sólo quisiste ser un pobre hermano lego a la vez que limosnero paseando por las aldeas, mendigando alimentos y unas cuantas monedas. Mientras que algunos se reían de tu simplicidad, Dios se fijó en ti… San Carlos de Sezze, quisiera ser humilde y dejarme hacer; estar escondido y que brille sólo Él: Cristo. Bendice a través de mí a quienes se acerquen, pero que no me vean a mí, que yo pasé desapercibido, invisible; y que la gloria de Dios resplandezca siempre iluminando de alegría, bondad y amor los corazones que tú has creado»

P. Carlos García Malo / Camino Católico.-  Hoy la Iglesia celebra a San Carlos de Sezze, Nacido en 1620 en el pueblo italiano de Sezze. De familia pobre, cuando empezó a asistir a la escuela, un día por no dar una lección, el maestro le dio una paliza tan soberana que lo mandó a cama. Entonces los papás lo enviaron a trabajar en el campo y allá pensaba vivir para siempre.

Pero sucedió que un día una bandada de aves espantó a los bueyes que Carlos dirigía cuando estaba arando, y estos arremetieron contra él con gravísimo peligro de matarlo. Cuando sintió que iba a perecer en el accidente, prometió a Dios que si le salvaba la vida se haría religioso. Y milagrosamente quedó ileso, sin ninguna herida.

Entonces otro día al ver pasar por allí unos religiosos franciscanos les pidió que le ayudaran a entrar en su comunidad. Ellos lo invitaron a que fuera a Roma a hablar con el Padre Superior, y con su recomendación se fue allá con tres compañeros más.

El superior para probar si en verdad tenían virtud, los recibió muy ásperamente y les dijo que eran unos haraganes que sólo buscaban conseguirse el alimento gratuitamente, y los echó para afuera. Pero ellos se pusieron a comentar que su intención era buena y que deberían insistir. Y entraron por otra puerta del convento y volvieron a suplicar al superior que los recibiera. Este, haciéndose el bravo, les dijo que esa noche les permitía dormir allí como limosneros pero que al día siguiente tendrían que irse definitivamente. Los cuatro aceptaron esto con toda humildad, pero al día siguiente en vez de despacharlos les dijeron que ya habían pasado la prueba preparatoria y que quedaban admitidos como aspirantes.

Un día a Carlos lo nombraron portero del convento y admitía a todo caminante pobre que pidiera hospedaje en las noches frías. Y repartía de limosna cuanto la gente traía. Al principio el superior del convento le aceptaba esto, pero después lo llamó y le dijo: «De hoy en adelante no admitiremos a hospedarse sino a unas poquísimas personas, y no repartiremos sino unas pocas limosnas, porque estamos dando demasiado». Él obedeció, pero sucedió entonces que dejaron de llegar las cuantiosas ayudas que llevaban los bienhechores. El superior lo llamó para preguntarle: «¿Cuál será la causa por la que han disminuido tanto las ayudas que nos trae la gente?»

«La causa es muy sencilla –le respondió el hermano Carlos-. Es que dejamos de dar a los necesitados, y Dios dejó de darnos a nosotros. Porque con la medida con la que repartamos a los demás, con esa medida nos dará Dios a nosotros». Desde ese día recibió permiso para recibir a cuanto huésped pobre llegara, y de repartir las limosnas que la gente llevaba, y Dios volvió a enviarles cuantiosos donativos.

Las personas le pedían que redactara algunas normas para orar mejor y crecer en santidad. Él lo hizo así y permitió que le publicaran el folleto. Esto le trajo terribles regaños y casi lo expulsan de la comunidad. El pobre hombre no sabía que para esas publicaciones se necesitan muchos permisos. Humillado se arrodilló ante un crucifijo para contarle sus angustias, y oyó que Nuestro Señor le decía: «Animo, que estas cosas no te van a impedir entrar en el paraíso».

La petición más frecuente del hermano Carlos a Dios era esta: «Señor, enciéndeme en amor a Ti». Y tanto la repitió que un día durante la elevación de la santa hostia en la Misa, sintió que un rayo de luz salía de la Sagrada Forma y llegaba a su corazón. Desde ese día su amor a Dios creció inmensamente. Al fin los superiores se convencieron de que este sencillo religioso era un verdadero hombre de Dios y le permitieron escribir su autobiografía y publicar dos libros más, uno acerca de la oración y otro acerca de la meditación.

Pidamos a San Carlos de Sezze la humildad para que en nuestras relaciones todos los que se nos acerquen sean bendecidos y sea Cristo el que brille iluminando cada vida:

San Carlos de Sezze,

humilde franciscano italiano que en el siglo XVII,

siguiendo los pasos del humilde peregrino de Asís,

te entregaste en cuerpo y alma a la orden de los hermanos menores;

y reconociendo en ti tus limitaciones y pobrezas

sólo quisiste ser un pobre hermano lego

a la vez que limosnero paseando por las aldeas,

mendigando alimentos y unas cuantas monedas.

Mientras que algunos se reían de tu simplicidad,

Dios se fijó en ti:

te cubrió de innumerables dones carismáticos

que rebosaban en milagros, curaciones y don de consejo.

La llaga de tu corazón abierto tras una transverberación

provocada por un rayo luminoso desde una hostia recién consagrada

te colmó del respeto de los tuyos.

Consejero de frailes, sacerdotes, obispos, papas

y gentes de la nobleza y gentes sencillas,

todos buscaban tu luz y discernimiento.

Sabemos de ti porque en obediencia escribiste tu vida…

y así desde la humildad el Señor te hizo crecer en santidad.

San Carlos de Sezze, quisiera ser humilde y dejarme hacer;

estar escondido y que brille sólo Él: Cristo.

Bendice a través de mí a quienes se acerquen,

pero que no me vean a mí,

que yo pasé desapercibido, invisible;

y que la gloria de Dios resplandezca siempre

iluminando de alegría, bondad y amor los corazones que tú has creado.

Enamorado de la Virgen ponnos bajo su manto

y que Ella cuide de nosotros como lo hizo contigo.

Amén.

San Carlos de Sezze, ruega por nosotros.

Carlos García Malo


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