Oración de acción de gracias y alabanza a la Virgen María felicitándola por su Natividad / Por P. Carlos García Malo

*  «Felicidades, Madre. Gracias por tu Sí incondicional a Dios cuando el arcángel te visitó, gracias por dejar que tomara forma humana en tu vientre, gracias por «darle vida», por acurrucarlo en tus brazos, por maravillarte ante lo que te decían los pastores en la noche santa, por los ojos de sorpresa ante la visita de unos magos. Gracias Madre. Y no se te privó del dolor: el arresto, pasión y muerte de Jesús lo viviste sufriente pero dolorosa y de pie ante la Cruz. Noche oscura la de aquel sábado. Y el domingo, solamente tú sabes cómo se te anunció la resurrección… Y cómo no, la Trinidad te coronaba como Reina y Señora de todo lo creado. Era justo hacerlo así… la criatura más humilde, valiente y servicial que ha tenido Dios y tendrá en todos los tiempos. ¡Felicidades, Madre!»

P. Carlos García Malo / Camino Católico.-  Cada 8 de septiembre se celebra la Natividad de la Virgen María. ¡Feliz cumpleaños Madre nuestra! “Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo”, decía San Juan Damasceno (675-749) en una hermosa homilía pronunciada un 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana en Jerusalén.

“¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la creación! Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la única que fue digna del Creador”, añadía el Santo y Doctor de la Iglesia.

En los Evangelios no se dan datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones que hablan de ello. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala a Nazareth como cuna de María.

Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática (de las ovejas). Allí, debajo de la hermosa iglesia románica levantada por los cruzados y que aún existe (la Basílica de Santa Ana), se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen.

Esta tradición, fundada en apócrifos muy antiguos, como el llamado Protoevangelio de Santiago (siglo II), se vincula con la convicción expresada por muchos autores acerca de que Joaquín, el padre de María, fuera propietario de rebaños de ovejas. Estos animales eran lavados en piscina probática antes de ser ofrecidos en el templo.

La Fiesta de la Natividad (nacimiento) de la Santísima Virgen surgió en oriente por el siglo V – VI y en occidente fue introducida hacia el siglo VII, donde era celebrada con una procesión – letanía que concluía en la Basílica de Santa María la Mayor.

Todos estos datos históricos corroboran el profundo amor mariano de los primeros cristianos y la importancia de la fiesta que se celebra hoy, en la que la Iglesia conmemora el Nacimiento de la Madre de Dios.

“Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente”, explicaba San Juan Damasceno.

“Sirviéndose de Ella, Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los hombres».

Oremos en acción de gracias y alabanza a la Virgen Marías en el día que se conmemora su Natividad:

Felicidades, Madre.

Gracias por tu Sí incondicional a Dios cuando el arcángel te visitó,

gracias por dejar que tomara forma humana en tu vientre,

gracias por «darle vida»,

por acurrucarlo en tus brazos,

por maravillarte ante lo que te decían los pastores en la noche santa,

por los ojos de sorpresa ante la visita de unos magos.

Gracias Madre,

porque no te amedrentó el dolor ni el sufrimiento cuando Herodes quiso acabar con su vida.

Ni te dejaste llevar por el miedo al huir a Egipto.

Regresaste puntual a Nazaret en cuanto os lo dijo el Ángel.

Los años de la infancia escondidos en humildad y educándolo en la fe de tu pueblo.

El disgusto de los doce años en el templo de Jerusalén

y su enigmática respuesta que tú meditabas en el corazón. Salto en tiempo…

Y ahí seguías estando tú acompañando a tu Hijo, en un segundo plano, en su predicación.

Y no se te privó del dolor:

el arresto, pasión y muerte de Jesús

lo viviste sufriente pero dolorosa y de pie ante la Cruz.

Noche oscura la de aquel sábado.

Y el domingo, solamente tú sabes cómo se te anunció la resurrección…

y la alegría que no tiene fin te invadió;

y el Magnificat enmudeció ante los nuevos cantos de alabanza y gloria

que te fueron inspirados por el Espíritu

que nunca te abandona y de la que tú eres Sierva fiel…

y los apóstoles, y con ellos Madre de la Iglesia e Intercesora potente…

y tu discreta asunción,

(discreta en la tierra, algarabía y júbilo en el Cielo por quién llegaba).

Y cómo no, la Trinidad te coronaba como Reina y Señora de todo lo creado.

Era justo hacerlo así…

la criatura más humilde, valiente y servicial que ha tenido Dios y tendrá en todos los tiempos. ¡Felicidades, Madre!

Carlos García Malo

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