Papa Francisco en el Ángelus, 15-12-19: «No es suficiente creer en Dios, hay que purificar la fe todos los días»

* «Tenemos que prepararnos para dar la bienvenida no a un personaje de cuento de hadas, sino al Dios que nos llama, nos involucra y ante quien se impone una elección: el Niño que yace en el Pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que son los privilegiados de este misterio y, a menudo, los que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros»

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Que la Virgen María nos ayude para que a medida que nos acercamos a la Navidad, no nos dejemos distraer por cosas externas, sino que hagamos espacio en el corazón para Aquel que ya ha venido y quiere volver para sanar nuestras enfermedades y darnos su alegría»

15 de diciembre de 2019.- (Camino Católico)  A la hora del rezo mariano del Ángelus el Santo Padre Francisco ha reflexionado sobre el Evangelio dominical y ha pedido por intercesión de la Virgen María, que vivamos el Adviento, como un tiempo de gracia, «sin dejarnos distraer por cosas externas», «haciendo un espacio en el corazón para Jesús, que quiere sanar nuestras enfermedades y darnos su alegría»; ya que para volver a nacer «no es suficiente creer en Dios, sino que hay que purificar nuestra fe todos los días».

El 15 de diciembre, tercer domingo de Adviento, también conocido como «domingo de la alegría», el Papa Francisco ha rezado la oración mariana del Ángelus asomado desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano, acompañado de miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

En alusión al Evangelio del día que narra la duda planteada por Juan el Bautista desde la cárcel al haber oído las obras del Mesías, quien manda a preguntar a Jesús «si es Él quien ha de venir o si en su lugar tenemos que esperar a otro»; el Papa destaca la respuesta del Maestro: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí».

Esta descripción nos muestra -dice Francisco- que la salvación envuelve al hombre por completo y lo regenera. Se trata en definitiva de que para salvarnos y nacer a la vida eterna, es necesario que muera nuestro pecado.

«Pero este nuevo nacimiento, con la alegría que lo acompaña -continúa argumentando el Papa- siempre presupone una muerte para nosotros y para el pecado que está en nosotros. De ahí el llamado a la conversión, que es la base de la predicación tanto del Bautista como de Jesús; en particular, se trata de convertir la idea que tenemos de Dios».

Y en este sentido, el Pontífice afirma que el tiempo de Adviento nos anima a volver a nacer, precisamente con la pregunta que Juan el Bautista le hace a Jesús: «¿Eres tú quien tiene que venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Una pregunta totalmente natural teniendo en cuenta- explica el Papa- que durante toda la vida, «Juan ha estado esperando al Mesías; su estilo de vida, su propio cuerpo está plasmado por esta espera».

«Esta es también la razón por la cual Jesús lo alaba con estas palabras: nadie es más grande que el que nació de una mujer (ver Mt 11,11). Y sin embargo, él también tuvo que convertirse a Jesús. Al igual que Juan, nosotros también estamos llamados a reconocer el rostro que Dios ha elegido asumir en Jesucristo, humilde y misericordioso», añade Francisco en su reflexión.

Asimismo, el Santo Padre recuerda que el Adviento, «tiempo de gracia», nos dice que no basta solo con creer en Dios: «es necesario purificar nuestra fe todos los días. Se trata de prepararnos para dar la bienvenida no a un personaje de cuento de hadas, sino al Dios que nos llama, nos involucra y ante quien se impone una elección: el Niño que yace en el Pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que «son los privilegiados de este misterio y, a menudo, los que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros» (Carta a Admirabile signum, 6).

El Papa concluyó pidiendo que la Virgen María nos ayude, para que «a medida que nos acercamos a la Navidad, no nos dejemos distraer por cosas externas, sino que hagamos espacio en el corazón para Aquel que ya ha venido y quiere volver para sanar nuestras enfermedades y darnos su alegría». En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este tercer domingo de Adviento, llamado domingo de la “alegría”, la Palabra de Dios nos invita por una parte a la alegría, y por otra a la conciencia de que la existencia también incluye momentos de duda  en los que es difícil creer. Alegría y duda son experiencias que forman parte de nuestra vida.

A la invitación explícita a la alegría del profeta Isaías: “Que el desierto y la tierra seca se alegren, que la estepa florezca y se regocije” (35,1), la duda de Juan el Bautista se opone en el Evangelio: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11,3). En efecto, el profeta ve más allá de la situación: tiene delante de él a personas desanimadas: manos débiles, rodillas temblorosas, corazones perdidos (ver 35,3-4). Es la misma realidad que pone a prueba la fe en todo momento. Pero el hombre de Dios mira más allá, porque el Espíritu Santo hace que su corazón sienta el poder de su promesa, y anuncia la Salvación: “¡Ánimo, no tengas miedo! Aquí está tu Dios, […] Él viene a salvarte” (v. 4). Y luego Todo se transforma: el desierto florece, el consuelo y la alegría se apoderan de los perdidos de corazón, el cojo, el ciego, el mudo son sanados (cf. vv. 5-6). Esto es lo que se realiza con Jesús: “los ciegos” recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos se purifican, los sordos oyen, los muertos resucitan, el Evangelio es anunciado a los pobres” (Mt 11,5).

Esta descripción nos muestra que la salvación envuelve al hombre por completo y lo regenera. Pero este nuevo nacimiento, con la alegría que lo acompaña  siempre presupone una muerte para nosotros y para el pecado que está en nosotros. De ahí el llamado a la conversión, que es la base de la predicación tanto del Bautista como de Jesús; y que puntualmente se trata de convertir la idea que tenemos de Dios. Y el tiempo de Adviento nos anima a hacerlo precisamente con la pregunta que Juan el Bautista le hace a Jesús: “¿eres tú el que tiene que venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3). Pensemos: durante toda la vida Juan ha estado esperando al Mesías; su estilo de vida, su propio cuerpo está plasmado por esta espera. Esta es también la razón por la cual Jesús lo alaba con estas palabras: nadie es más grande que el que nació de una mujer (ver Mt 11,11). Y sin embargo, él también tuvo que convertirse a Jesús. Al igual que Juan, nosotros también estamos llamados a reconocer el rostro que Dios ha elegido asumir en Jesucristo, humilde y misericordioso.

El Adviento, tiempo de gracia, nos dice que no basta solo con creer en Dios: es necesario purificar nuestra fe todos los días. Tenemos que prepararnos para dar la bienvenida no a un personaje de cuento de hadas, sino al Dios que nos llama, nos involucra y ante quien se impone una elección: el Niño que yace en el Pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que “son los privilegiados de este misterio y, a menudo, los que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros» (Carta a Admirabile signum, 6).

Que la Virgen María nos ayude para que a medida que nos acercamos a la Navidad, no nos dejemos distraer por cosas externas, sino que hagamos espacio en el corazón para Aquel que ya ha venido y quiere volver para sanar nuestras enfermedades y darnos su alegría.

Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos vosotros, familias, grupos parroquiales y asociaciones, que habéis venido de Roma, de Italia y de muchas partes del mundo. En particular, saludo a los peregrinos de Corea y de Valencia y al grupo de Rotzo (VI).

Os saludo a vosotros, queridos muchachos, que habéis venido con las figuritas del Niño Jesús para vuestro pesebre. ¡Levantad las figuras! Las bendigo de corazón. “El pesebre es como un Evangelio viviente. Mientras contemplando la escena navideña, estamos invitados a ponernos espiritualmente en el camino, atraídos por la humildad de aquel que se hizo hombre  para encontrarse con cada uno de nosotros. Y descubrimos que nos ama tanto que se une a nosotros, para que nosotros también podamos unirnos a él” (cf. Carta Apostólica, n. 3 Admirable signum, 1).

En menos de un año, del 13 al 20 de septiembre de 2020,  se celebrará en Budapest, el 52º Congreso Eucarístico Internacional. Los Congresos Eucarísticos durante más de un siglo nos recuerdan que la Eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia. El tema del próximo Congreso será “Todas mis fuentes están en ti”. (Ps 87,7). Oramos para que “el evento eucarístico de Budapest pueda promover procesos de renovación en las comunidades cristianas. (Discurso al Pont. Comité del Congreso Eucaristía Internacional, 10 de noviembre de 2018).

Os deseo a todos un buen domingo y una buena novena de Navidad, lo más importante son las figuritas de Jesús para el pesebre. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Francisco

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