Papa Francisco en el Ángelus 29-6-19: «Es bello que cada uno de nosotros diga: «Gracias, Señor, por esa persona distinta de mí: es un don para mi Iglesia”»

* «Nos hace bien apreciar las cualidades de los demás, reconocer los dones de los demás sin malicia y sin envidia. La envidia causa amargura interior, es vinagre derramado sobre el corazón. Los envidiosos tienen una mirada amarga. Muchas veces, cuando uno encuentra a una persona envidiosa, quiere preguntar: pero ¿con qué has desayunado hoy, con leche o vinagre? Porque la envidia es amarga. Hace la vida amarga. Hace la vida amarga. Qué hermoso es, en cambio, saber que nos pertenecemos los unos a los otros, porque compartimos la misma fe, el mismo amor, la misma esperanza, el mismo Señor. Nos pertenecemos unos a otros: ¡es el espléndido misterio de nuestra Iglesia! Vivir la hermandad»

Video completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Por intercesión de los Apóstoles, pedimos hoy la gracia de amar a nuestra Iglesia. Pedimos ojos que puedan ver en ella hermanos y hermanas, un corazón que pueda acoger a los demás con el tierno amor que Jesús tiene por nosotros. Y pedimos la fuerza para orar por aquellos que no piensan como nosotros: orar y amar, no hablar mal quizás a sus espaldas. Que la Virgen, que llevó armonía entre los Apóstoles y rezaba con ellos (cf. Hch 1,14), nos proteja como hermanos y hermanas en la Iglesia»

29 de junio de 2019.- (Camino Católico)  Hoy pedimos la gracia de amar a nuestra Iglesia. Pedimos ojos que puedan ver en ella hermanos y hermanas, un corazón que pueda acoger a los demás con el tierno amor que Jesús tiene por nosotros. Y pedimos la fuerza para orar por aquellos que no piensan como nosotros: orar y amar, no hablar mal, quizás a sus espaldas: fue la invocación del Papa durante la oración mariana del Ángelus, en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

En la alocución previa al rezo mariano, el Papa Francisco volvió sobre los Santos Apóstoles a quienes celebramos en este día, y centró su pensamiento en cómo son representados en los diversos íconos: en algunos, sostienen el edificio de la Iglesia. En otros, son retratados mientras se abrazan. De estas imágenes partió su reflexión.

El Papa ha afirmado que «Jesús no habla de la Iglesia como una realidad externa, sino que expresa el gran amor que siente por ella: mi Iglesia». Jesús ama a la Iglesia, es decir, a nosotros, precisó, y señaló que para Él, “no somos un grupo de creyentes ni una organización religiosa”, sino “su esposa”. Y así, Él “mira con ternura a su Iglesia, la ama con absoluta fidelidad”, a pesar de “nuestros errores y traiciones”.

Lo que unía a los los santos Pedro y Pablo “era infinitamente mayor”: «Jesús era el Señor de ambos, juntos dijeron «mi Señor» a Aquel que dice «mi Iglesia»». He aquí, dijo el Santo Padre, que estos “hermanos en la fe”, nos invitan en esta fiesta a redescubrir la alegría de ser hermanos y hermanas en la Iglesia. Por eso «sería bueno» decir: «Gracias, Señor, por esa persona que es diferente de mí: es un don para mi Iglesia».

«Es bueno apreciar las cualidades de los demás, reconocer los dones de los demás sin malicia y sin envidia. La envidia causa amargura interior, es vinagre derramado sobre el corazón. Hace la vida amarga. Qué hermoso es, en cambio, saber que nos pertenecemos los unos a los otros, porque compartimos la misma fe, el mismo amor, la misma esperanza, el mismo Señor. Nos pertenecemos unos a otros: ¡es el espléndido misterio de nuestra Iglesia!»

Pero la reflexión del Papa Francisco no concluyó con la certeza apenas mencionada, sino que recordó las palabras de Jesús al final del Evangelio, cuando dice a Pedro “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). Francisco observó que el Maestro, “habla de nosotros y dice mis ovejas, con la misma ternura con la que dijo mi Iglesia»: una demostración del «afecto» que «edifica la Iglesia”. Por ese motivo, invitó a pedir hoy la gracia de “amar a nuestra Iglesia”: «Pedimos ojos que puedan ver en ella hermanos y hermanas, un corazón que pueda acoger a los demás con el tierno amor que Jesús tiene por nosotros. Y pedimos la fuerza para orar por aquellos que no piensan como nosotros: orar y amar, no hablar mal quizás a sus espaldas. Que la Virgen, que llevó armonía entre los Apóstoles y rezaba con ellos (cf. Hch 1,14), nos proteja como hermanos y hermanas en la Iglesia». En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los santos Pedro y Pablo, que celebramos hoy, en los íconos se representan a veces sosteniendo el edificio de la Iglesia. Esto nos recuerda las palabras del Evangelio de hoy, en las que Jesús le dice a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Es la primera vez que Jesús pronuncia la palabra «Iglesia», pero más que en el sustantivo me gustaría invitarte a pensar en el adjetivo, que es un posesivo, «mío»: mi Iglesia. Jesús no habla de la Iglesia como una realidad externa, sino que expresa el gran amor que tiene por ella: mi Iglesia. Él está unido a la Iglesia, a nosotros. San Pablo escribe: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25), es decir, explica el Apóstol Jesús ama a la Iglesia como su esposa. Para el Señor no somos un grupo de creyentes o una organización religiosa, somos su esposa. Él mira a su Iglesia con ternura, la ama con absoluta fidelidad, a pesar de nuestros errores y traiciones. Como ese día a Pedro, hoy nos dice a todos: «mi Iglesia, vosotros sois mi Iglesia».

Y también nosotros podemos repetirlo: mi Iglesia. No lo decimos con un sentido de pertenencia exclusiva, sino con un amor inclusivo. No para diferenciarnos de los demás, sino para aprender la belleza de estar con los otros, porque Jesús nos quiere unidos y abiertos. La Iglesia, de hecho, no es «mía» porque responde a mi yo, a mis deseos, sino para que derrame en ella mi afecto. Es mía para que yo la cuide, para que, como los Apóstoles en el icono, yo también la sostenga. ¿Cómo? Con el amor fraterno. Con nuestro amor fraterno podemos decir: mi Iglesia.

En otro ícono, los santos Pedro y Pablo los representan mientras se abrazan. Entre ellos eran muy diferentes: un pescador y un fariseo con con experiencias de vida, carácter, modos de hacer y sensibilidades muy diferentes. No faltaron entre ellos las opiniones contrastantes y los debates francos (véase Gálatas 2:11). Pero lo que los unía era infinitamente mayor: Jesús era el Señor de ambos, juntos dijeron «mi Señor» a Aquel que dice «mi Iglesia». Hermanos en la fe, nos invitan a redescubrir la alegría de ser hermanos y hermanas en la Iglesia. En esta fiesta, que une a dos apóstoles tan diferentes, es bello que cada uno de nosotros diga: «Gracias, Señor, por esa persona distinta de mí: es un don para mi Iglesia. Somos diferentes pero esto nos enriquece, es la hermandad.

Nos hace bien apreciar las cualidades de los demás, reconocer los dones de los demás sin malicia y sin envidia. La envidia causa amargura interior, es vinagre derramado sobre el corazón. Los envidiosos tienen una mirada amarga. Muchas veces, cuando uno encuentra a una persona envidiosa, quiere preguntar: pero ¿con qué has desayunado hoy, con leche o vinagre? Porque la envidia es amarga. Hace la vida amarga. Hace la vida amarga. Qué hermoso es, en cambio, saber que nos pertenecemos los unos a los otros, porque compartimos la misma fe, el mismo amor, la misma esperanza, el mismo Señor. Nos pertenecemos unos a otros: ¡es el espléndido misterio de nuestra Iglesia! Vivir la hermandad.

Al final del Evangelio, Jesús le dice a Pedro: «Apacienta a mis ovejas» (Jn 21,17).  Habla de nosotros, y dice mis ovejas, con la misma ternura con la cual decía mi Iglesia. ¡Con cuánto amor, cuánta ternura nos ama Jesús! Nos siente suyos. Es este el afecto con el cual edifica la Iglesia. Por intercesión de los Apóstoles, pedimos hoy la gracia de amar a nuestra Iglesia. Pedimos ojos que puedan ver en ella hermanos y hermanas, un corazón que pueda acoger a los demás con el tierno amor que Jesús tiene por nosotros. Y pedimos la fuerza para orar por aquellos que no piensan como nosotros: orar y amar, no hablar mal quizás a sus espaldas. Que la Virgen, que llevó armonía entre los Apóstoles y rezaba con ellos (cf. Hch 1,14), nos proteja como hermanos y hermanas en la Iglesia.

Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

En esta fiesta de los Patrones principales de Roma, os deseo a los romanos y a todos los que viven en esta ciudad todo bien. Exhorto a todos a reaccionar con un sentido cívico a los problemas de la sociedad.

Renuevo mi gratitud a la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y envío un cordial y fraternal saludo a mi hermano, Su Santidad Bartolomé I.

Saludo con afecto a los peregrinos que han venido para festejar a los arzobispos metropolitanos a los cuales esta mañana he bendecido el Palio.

Agradezco sinceramente a los maestros floristas y a todos los colaboradores que hicieron la exhibición histórica de flores promovida por el Roman Pro Loco.

Os saludo a todos, queridos peregrinos, en particular a los de Vietnam, Eslovaquia, El Paso (Texas), Kansas City y Alemania. Saludo a la «Escuela Yago» de Sevilla, con el gran coro infantil, y al Colegio «Ahlzahir» de Córdoba; el grupo de radio «Voix de la Charité» del Líbano y al  Movimiento Eucarístico Juvenil de España; y los sacerdotes resurreccionistas.

Saludo a los fieles de Donori, Forlì, Lanciano, Brindisi y Castelfranco Veneto, y al Piccolo Coro Francesco d’Assisi de Mesagne.

Os deseo a todos una feliz fiesta y os pido, por favor, una oración por mí por intercesión de los santos Pedro y Pablo. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Francisco

El Papa en homilía de la Misa de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles, 29-6-19: «Jesús, busca testigos, que le digan cada día: ‘Señor, tú eres mi vida’»

Santa Misa presidida por el Papa Francisco en la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles, con bendición de los Palios, 29-6-19

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