Paul Kingsnorth, premiado escritor, era ateo, se hizo budista, luego neopagano wicano… hasta que «soñé con Jesús. Me hice cristiano porque, de repente, supe que era verdad»

* «Caminaba hacia mi silla cuando, de repente, puede ver como todos en esa habitación estaban conectados con todos los demás, y pude ver lo que pasaba en su interior, y en el mío. Fui abrumado por un amor gigantesco e inexplicable, una gran ola de empatía, hacia todo el mundo, hacia todo. Se repetía, y repetía, hasta que tuve que salir de la sala y sentarme en el pasillo. Nada había cambiado, y todo era nuevo, y sabía lo que había pasado y Quién lo había hecho. Y supe que era demasiado tarde. Acababa de hacerme cristiano… La verdadera libertad resulta ser renunciar a tu voluntad y seguir a Dios. Negarte a ti mismo. La puerta es estrecha y el camino angosto, y quizá siempre fracasemos recorriéndolo, pero ¿hay algún otro camino que lleve a casa»

Camino Católico.- «Escuchar a Paul Kingsnorth resulta devastador», decía una periodista en El País en diciembre de 2019. ¡Y eso que Kingsnorth entonces aún no había empezado su viaje final hacia el cristianismo!

Durante 2020 y sus confinamientos, el premiado autor de Confesiones de un ecologista en rehabilitación (aquí en Errata Naturae) se vio «buscado», incluso «cazado», dice, por Cristo, y en enero de 2021 se bautizó.

Además de un popular activista ecologista, Kingsnorth es un ensayista y novelista premiado. El muy anti-cristiano Philip Pullman le alabó por su libro The Wake, sobre un siglo XI inglés lleno de simbologías paganas. En esa época Kingsnorth era neopagano, con rituales de magia, luna y capa incluidos. Y antes, y al mismo tiempo, budista zen. Y antes ateo.

Pero nunca fue un materialista duro: su experiencia de la naturaleza siempre le hizo intuir que había ‘algo más’. En el número de junio de 2021 de la revista First Things cuenta su historia de conversión, que la revista adelanta en versión online. Otros detalles los ha contado en la web en inglés del Patriarcado ortodoxo rumano y P. J. Ginés lo sintetiza en Religión en Libertad.

Un sacerdote ortodoxo rumano bautiza en un río irlandés al escrito inglés Paul Kingsnorth en 2021

Sin religión en casa, la del colegio era hueca

Explica que de niño no fue bautizado y que en su casa, urbana, inglesa, no había religión alguna. Sí la había en el colegio, donde de vez en cuando venía un vicario anglicano a dirigir las oraciones matinales.

Los había viejos, victorianos, que hablaban de cosas «marcianas» para un chaval de ciudad inglesa como panes, peces, pescadores, trigo, vides y uvas… Y también los había más modernos, vestidos con jeans, poniendo ejemplos de teleseries como Dallas o de Michael Jackson, que era peor. «Si queríamos cultura pop, teníamos mucha y buena», recuerda. La iglesia no debería dar eso. De un clérigo, intuía, se requería algo distinto: sacralidad.

Él ya sentía algo especial, vivo, sagrado en la naturaleza, paseando con su padre, acampando varias noches seguidas en páramos y montañas. También lo sentía en las iglesias vacías, rurales, antiguas. Le parecían (cita al poeta Philip Larkin) «una casa seria en una tierra seria».

Eso no le impidió escribir con un amigo en un libro de visitas de una capilla, a los 16 años: «Os destruiré a todos y a vuestras obras, jajaja. Satán». Y otro día: «Muere, nazareno, la victoria es mía». Hasta que se lo borraron con tippex.

En la escuela cantaban himnos, le contaban parábolas y hacía de pastor en funciones navideñas, y le hicieron memorizar el Padrenuestro, pero nunca sintió verdadera devoción a su alrededor. Excepto en su mejor amigo adolescente, un pakistaní que ayunaba y viajaba a la Meca. Eso sí le parecía «religión en serio».

La religión era irrelevante, anti-libertad, anti-ciencia

Salió del colegio convencido de que la religión era algo irrelevante, autoritario, supersticioso, precientífico, cuentos de hadas para limitar la libertad, que quemaba brujas y herejes y que, por suerte, se moría en manos de la razón y el progreso. Dios era un hombre inexistente en el cielo con un libro de reglas.

Sin embargo, en la naturaleza había sentido un «intenso misterio y maravilla», algo que aún cree es «una verdad evidente en sí misma«. «Esa era mi religión, animismo, panteísmo, llámalo como quieras… era mi gracia pagana».

Se volcó en el activismo ecologista, en manifestaciones, protestas, encadenándose a cosas, ocupando lugares, y escribiendo sin cesar.

Una intuición: tiene que haber límites, una ley natural

Ya en 2019 predicaba sobre los límites del activismo y el ecologismo, más inútil cuanto más ideologizados. Pero ahora, como cristiano, señala que pioneros del ecologismo como E.F.Schumacher (el autor de Lo pequeño es hermoso, que era católico militante) ya señalaban que la crisis ecológica es una crisis de límites: sin Dios, sin su mandato de cuidar la Creación, sólo queda en ansia insaciable de consumir.

Tiene que haber límites, y los marca la ley natural. Todas las culturas, incluso las paganas, lo intuyen, excepto la cultura consumista postmoderna occidental.

Kingsnorth cita también a Chesterton: «cuando la gente deje de creer que hay algo más allá del mundo, adorarán al mundo; pero, sobre todo, adorarán la cosa más fuerte del mundo». «Ahí estamos ya», advierte el escritor.

Él intuyó que eran necesarios límites y que debían ser espirituales. Empezó en la Nueva Era y el hazte-tu-mix espiritual: hoy lo denuncia como «la magnificación de tu voluntad» y «individualismo expresivo disfrazado de epifanía».

Incluso convencido de que Dios no existía, Paul Kingsnorth siempre supo que la naturaleza apuntaba a algo más que mera materia

No basta espiritualidad: es necesaria disciplina y tradición

Entendió que necesitaba más estructura, reglas, tradición. Pero sin cristianismo, por supuesto. El «dominad la tierra» de Génesis era parte del desastre medioambiental, pensaba.

Un retiro zen de 7 días de meditación en la naturaleza sin electricidad le transformaron de golpe. Durante los siguientes 6 años estudió budismo y practicó Zazen. Ofrecía resultados interiores visibles, disciplina, seriedad, y sin la mala prensa del cristianismo.

Después entendió que no era bastante. Por un lado, «el zen estaba lleno de compasión, pero carecía de amor».

Por otro lado, ahora intuía que algo que habría horrorizado a su yo adolescente: ¡necesitaba adorar, rendir culto! ¿A qué? A lo sagrado, superior, misterioso... Ni hablar del cristianismo y su historia del muerto que resucita, algo absurdo que hace absurda esa religión, se decía.

Rituales neopaganos en el bosque con la luna

Él era pagano, veneraba la naturaleza, así que se sumó a una comunidad de neopaganos wicanos (wicca) que hacían rituales en el bosque por la noche a la luz de la luna. Llevaba capa y hablaban con ‘la diosa’.

«Era divertido. Y hacía que ‘pasaran cosas’. Descubrí que la magia es real. Funciona. Para quién funciona es otra cuestión», advierte.

De los neopaganos, Kingsnorth  añade, tras estar con ellos varios años, que «son nuevos y sin formación, no contienen ningún camino serio hacia la verdad».

Pero en aquel momento parecía estar a gusto y en el sitio perfecto para él. Ya no tenía inquietudes.

La ‘profecía’ de su esposa sikh

La esposa de Kingsnorth nació en Inglaterra, hija de emigrantes sikh de la India, del Punjab, llegados en los años 60. Ella sigue siendo sikh, miembro de esta religión nacida en el siglo XVI en Punjab. «La familia es aún muy importante en la India, de una forma que no lo es en la Inglaterra moderna, así que aprendí mucho de ellos. Tenemos un hijo y una hija de 10 y 13 años. Los escolarizamos en casa. Es una vida rica, cada día doy gracias», dice hoy el escritor.

Aún en su época pagana, Kingsnorth y su esposa salieron a cenar para celebrar su aniversario de boda. De repente, ella le dijo: «Te vas a hacer cristiano». A él no le había pasado en absoluto esa idea por la cabeza y le preguntó de qué rayos estaba hablando.

«Ella simplemente había tenido esa sensación y necesitaba decírmelo. Mi esposa tiene una sensibilidad preternatural que siempre niega, y no era la primera vez que hacía algo así. Me impactó. ¿Yo cristiano? ¿Qué podía ser más inconcebible?»

Y unos meses después, un sueño especial lo cambió todo.

Soñó con Jesús… y Jesús lo persiguió

«Soñé con Jesús. El sueño era vívido, y cuando desperté escribí lo que oí que me dijo, y dibujé su aspecto. Lo esencial del asunto es que decía que Él sería el siguiente paso en mi camino espiritual. Yo ni creí que fuera verdad ni quería que lo fuese».

A partir de ese momento, Kingsnorth empezó a encontrarse con cristianos por toda parte. «Extranjeros que me enviaban e-mails porque sí, sacerdotes que me pedían ayuda con sus escritos, conversaciones con amigos que no sabía que eran cristianos, que de repente querían hablar del tema. Un africano me contactó por Facebook para decirme que había tenido un sueño en el que Dios le había dicho que me convirtiera.Si quieres conocer a Dios, necesitas leer el libro que escribió, ya lo conoces: se llama Naturaleza’, me dijo».

«Sucedió durante meses: Cristo a mi izquierda, Cristo a mi derecha. Era desconcertante. Yo me daba la vuelta y mirara donde mirara, allí estaba Él. Empecé a sentirme… ¿cazado? Quería pararlo, o eso pensaba. No me interesaba el cristianismo. ¡Yo era brujo! Un brujo zen, de hecho, y pensaba que eso sonaba bastante molón. Pero sabía Quién me perseguía».

En 2017, Kingsnorth estaba trabajando en los montes Cárpatos, en Rumanía, y visitaba pueblos y aldeas. Le gustaba la belleza natural del país y su riqueza cultural.

Pasó un par de noches en Bucarest. «Había una iglesita muy antigua en el centro de la ciudad. No estoy seguro cuál era, pero entré y recuerdo muy claramente la atmósfera, las reliquias santas y el profundo sentido de profundidad y antigüedad que había allí. Compré un icono pequeño, sin saber de quién era. Luego descubrí que era de San Efrén el Neomártir, un santo que resultó ser importante para algunos de mis amigos rumanos en Irlanda».

Una noche en Irlanda, en la casa donde se reunía el grupo neopagano, se preparaban todos para salir a hacer un ritual. «Cuando íbamos a salir, caí bruscamente enfermo. Estaba mareado, la cabeza me daba vueltas. Todos lo notaron, me sentaron, me rodearon, mi cara pálida. Tuve la sensación abrumadora de que no debía ir al templo. Sentí que se me impedía físicamente».

En la primavera de 2020, en pleno confinamiento, leía la autobiografía del filósofo irlandés John Moriarty, ‘Nostos’, que había ido a Canadá a hacer filosofía postmoderna hueca y había vuelto a la Irlanda rural buscando genuinamente «una verdad a la que rendirme», «una oración suficientemente grande». Se había hecho cristiano poco antes de morir. Sus palabras inquietaban a Kingsnorth. Verdad, grandeza, rendición…

Alboroto en el concierto infantil: ¡una experiencia mística!

La culminación del proceso, un tiempo después, fue una inesperada experiencia mística en la sala de actos de un hotel. Allí estaba su hijo con otros niños preparándose para un concierto, rodeados de padres orgullosos, alborotados, listos para filmarlo todo y hacer fotos.

«Caminaba hacia mi silla cuando, de repente, puede ver como todos en esa habitación estaban conectados con todos los demás, y pude ver lo que pasaba en su interior, y en el mío. Fui abrumado por un amor gigantesco e inexplicable, una gran ola de empatía, hacia todo el mundo, hacia todo. Se repetía, y repetía, hasta que tuve que salir de la sala y sentarme en el pasillo. Nada había cambiado, y todo era nuevo, y sabía lo que había pasado y Quién lo había hecho. Y supe que era demasiado tarde. Acababa de hacerme cristiano».

Aunque después se volcó en leer y estudiar para entender el cristianismo, y vio que era una fe perfectamente razonable y sabia, que encaja con lo que vemos en el mundo (incluyendo la crisis ecológica y las pasiones insaciables de los hombres), insiste en que no se hizo cristiano por los argumentos. «Me hice cristiano porque, de repente, supe que era verdad».

Paul Kingsnorth, ya cristiano, con su sacerdote ortodoxo, su esposa sikh y sus hijos

Primera cuaresma y ayunos

Nunca había recibido el sacramento del bautismo, y se bautizó en la comunidad ortodoxa rumana de Irlanda. Kingsnorth ha vivido ya su primera Gran Cuaresma como cristiano ortodoxo, con todos sus exigentes ayunos y sin poder ir a la iglesia por los estrictos confinamientos de Irlanda ante el coronavirus. «El ritmo del ayuno y las reglas de oración y lectura son algo que me hacen profundizar en la vida de la Iglesia y en mí mismo», señala.

Desde el pequeño monasterio ortodoxo al que puede acudir ya, ve dos monjas cantando los salmos y las antífonas, con incienso en el aire y los iconos que brillan en la luz tenue. «podría ser una escena de hace mil años o de mil años en el futuro, aquí no hay tiempo. El hogar está más allá del tiempo, pienso ahora«.

La libertad, dice, no es la falta de restricciones, sino estar libre de la esclavitud de las pasiones. «La verdadera libertad resulta ser renunciar a tu voluntad y seguir a Dios. Negarte a ti mismo», añade. «La puerta es estrecha y el camino angosto, y quizá siempre fracasemos recorriéndolo, pero ¿hay algún otro camino que lleve a casa?», escribe.


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