Pedro San José, 20 años sin pisar una iglesia fue invitado a entrar y leer las lecturas: «Dije: ‘¡Ayúdame, Señor!’ y sentí un amor inmenso. Pregunté: ‘Señor, ¿dónde quieres que vaya?’»

* «Vi que con un taxi podría estar con enfermos por el día y con los pobres por la noche… ¡Todo el día sirviendo! ¡Qué gozada!. Al Señor le gustó la idea. Trabajar con ellos es el mejor regalo que Dios me ha dado. Tiro semillas cuando Dios quiere que las tire. Hay que dejar que Dios actúe, lo hermoso es dejar que Dios haga las cosas. Con tanto ruido no se puede escuchar la voz de Dios. Hace falta apartarse, dar tiempo al Señor, para conocer su voluntad. Porque todos tenemos una misión que cumplir»

Camino Católico.- Pedro San José llevaba 20 años sin pisar una iglesia, vio en la calle a la que sería su mujer, se enamoró a primera vista, quedó con ella y una semana después tenían fecha de boda. Por tradición decidieron casarse por la Iglesia, pero eso sería determinante para la conversión de Pedro San José y como Cristo le salió providencialmente a su encuentro. Cuenta su cambio vital en el video de la serie de testimonios de “Contagiosos”, de Juan Manuel Cotelo. Pedro es taxista en Barcelona y su vida se centra en estos momentos en “servir a los demás”, tanto en su trabajo, donde es un “ángel” durante el día para personas discapacitadas, como en su apostolado que realiza por la noche con  los sin techo.

Hacia dos semanas que se había casado y ese día  Pedro se despertó pronto y decidió dar un paseo por Barcelona con su moto. Vio un bonito parque y se sentó en un banco delante de una iglesia. Sorprendentemente, una persona le tocó el hombro por la espalda. Era el misionero que le había dado el curso prematrimonial. “’¿Qué haces aquí?’, me preguntó. Le expliqué que “había dado un paseo en moto y que esto era una casualidad”. Sin embargo, el sacerdote le dijo que aquello no era “casualidad” sino “providencia”. “Estás aquí por una razón”, le contestó el religioso, que le invitó a entrar en la iglesia y quedarse en la misa. Pedro no quería, pero acabó sentado en el último banco.

“Empezó la misa y vi que el padre hizo una señal y que me miraba. Yo intentaba esconderme… pero me dijo que me acercara y me hizo leer”, recuerda Pedro, quien añade: “No podía leer y entonces me vino a la mente un pensamiento de mi niñez de cómo rezaba y pedía a Dios. Y con esa actitud de niño le dije: ‘¡Ayúdame, Señor!’”. Sentí un amor inmenso en el corazón. Felicidad, paz, gozo, alegría… Todo junto con una potencia increíble. Ese amor fue dejando una estela de paz que no olvidaré en la vida”, afirma Pedro.

Al llegar a casa dejó a su esposa boquiabierta cuando le dijo que quería ir a misa todos los domingos. Nunca más ha faltado a misa. Lo siguiente que hizo fue leer el Evangelio y la Escritura, pues quería “conocer a aquel que me había producido esa sensación”. Y leyó una cita que cambiaría su vida: “La caridad, buscadla y ejercitadla”.

“Señor, ¿dónde quieres que vaya?”, preguntó Pedro a Dios. Y se hizo voluntario en una residencia de mayores, donde estuvo cuatro años. “Hacía mucha falta de cariño y ese voluntariado me llenó de mucha alegría”, cuenta. Entonces conoció a los  Jóvenes de San José, un grupo de católicos de Barcelona que ayuda a los más necesitados. La primera noche que salió con ellos por la calle repartieron una enorme olla de lentejas ante una cola de más de 100 personas. “¡Qué alegría, qué gozada!. Tardé en dormirme porque estaba en la cama sonriendo recordando la felicidad de aquella gente”, recuerda.

 

En ese momento trabajaba en la construcción y por las noches participaba en este apostolado, pero quería hacer más. Y justo en ese momento vio un taxi que pasaba por delante de la obra y dejaba a un cliente en silla de ruedas. Pedro pensó en su hermana discapacitada a causa de un ictus y lo bueno que sería poder llevarla a la playa. También en ese momento en la obra encontraron una imagen del Sagrado Corazón al que le faltaba un brazo. “El taxi adaptado, el Corazón de Jesús ‘discapacitado’ sin un brazo. Vi demasiada coincidencia”, afirma Pedro, quien pensó: “Con el taxi podría estar con enfermos por el día y con los pobres por la noche… ¡Todo el día sirviendo! ¡Qué gozada!. Al Señor le gustó la idea. Trabajar con ellos es el mejor regalo que Dios me ha dado”.

En el taxi no habla de Dios directamente a los clientes: “La gente entra en el taxi, sin que se den cuenta les miro y rezo un Padrenuestro por ellos”. En el volante lleva una imagen de la Virgen y si les dicen algo de ella “esa es la señal”. “Entonces les digo: ¿le gusta? Pues le estaba esperando a usted. Hoy va a dormir en su casa y se la doy. Tiro semillas cuando Dios quiere que las tire. Hay que dejar que Dios actúe, lo hermoso es dejar que Dios haga las cosas. Con tanto ruido no se puede escuchar la voz de Dios. Hace falta apartarse, dar tiempo al Señor, para conocer su voluntad. Porque todos tenemos una misión que cumplir”.


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