Reflexión en el domingo de la Sagrada Familia respecto a como la concepción bíblica y tradicional de la familia está siendo atacada desde las instancias más altas de poder / Por P. José María Prats

* “Uno de los ataques más destructivos es el de equiparar el matrimonio entre un hombre y una mujer a la unión entre personas del mismo sexo, otorgando a ambos tipos de unión la misma legitimidad y el mismo estatuto jurídico… Nos hallamos ante dos antropologías completamente distintas. Una –materialista y atea– que entiende la realización del ser humano como satisfacción de sus instintos y pulsiones; otra –la cristiana– que la entiende como una vida conforme al orden divino para alcanzar el fin para el que fuimos creados: la comunión con Dios y la participación en su plenitud de vida”

P. José María Prats / Camino Católico.- Este primer domingo después de la Navidad, la liturgia nos presenta a Jesús creciendo bajo la autoridad y el cuidado de José y María y nos invita a reflexionar sobre la realidad de la familia.

Es un hecho incuestionable que la concepción bíblica y tradicional de la familia está siendo atacada de muchas maneras desde las instancias más altas de poder. Uno de los ataques más destructivos es el de equiparar el matrimonio entre un hombre y una mujer a la unión entre personas del mismo sexo, otorgando a ambos tipos de unión la misma legitimidad y el mismo estatuto jurídico. España, por ejemplo, aprobó en 2005 una ley de “matrimonio entre personas del mismo sexo” que establece esta equiparación jurídica a todos los efectos, incluyendo el derecho a la adopción para formar una familia homoparental.

Detrás de estas nuevas leyes y tendencias sociales hay una antropología muy distinta de la cristiana. Freud, por ejemplo, ve al ser humano como un cúmulo de instintos y pulsiones –sobre todo de índole sexual– que quieren aflorar, y que si no pueden hacerlo generan una neurosis. Según esta antropología, para promover el bienestar de las personas hay que facilitar la satisfacción de sus pulsiones y combatir aquellas instancias –como la autoridad paterna o las normas morales tradicionales– que pretenden contenerlas y encauzarlas.

El cristianismo sostiene que Dios ha creado todo con un fin y que la creación permanece en armonía cuando cada cosa se desarrolla conforme al fin para el que fue creada. En concreto, sostiene que el fin de la sexualidad humana es servir de impulso a un hombre y a una mujer para salir de sí mismos y formar una comunidad de vida y amor capaz de engendrar y promover la vida. La complementariedad fisiológica y psicológica evidente entre el hombre y la mujer y su capacidad de procrear que no poseen otras uniones hace que esta tesis resulte, como mínimo, razonable.

Según el Génesis, en un principio el ser humano asumió el designio divino para la creación de forma espontánea viviendo en perfecta armonía con Dios y con la creación. Pero, tentado por el Maligno, buscando su gloria al margen de Dios, se reveló contra el orden divino representado en el árbol del conocimiento del bien y del mal, rompiendo así la armonía de la creación y dando origen a toda la negatividad que vemos en el mundo: sufrimiento, violencia, enfermedad, muerte… El ser humano quedó desde entonces sometido a multitud de impulsos y tendencias que contradicen el orden divino, por lo que este orden –que es la fuente de la armonía y de la felicidad verdaderas– ya no se vive de forma espontánea, sino como lucha y esfuerzo.

La atracción hacia personas del mismo sexo es una de estas tendencias, y quienes la experimentan han de combatir en este ámbito un combate mucho más arduo. Por ello, los que movidos por el amor a Dios luchan por conformar su vida al designio divino en estas circunstancias, deben ser recibidos en la comunidad cristiana con la especial consideración y el apoyo que merecen los hermanos que tienen que cargar con pesadas cruces.

Como vemos, nos hallamos ante dos antropologías completamente distintas. Una –materialista y atea– que entiende la realización del ser humano como satisfacción de sus instintos y pulsiones; otra –la cristiana– que la entiende como una vida conforme al orden divino para alcanzar el fin para el que fuimos creados: la comunión con Dios y la participación en su plenitud de vida.

Cada persona y cada sociedad ha de optar por una u otra forma de vida. Las sociedades más desarrolladas, presionadas por los grandes poderes de este mundo, están optando por el materialismo ateo. En el Génesis, Dios les hace una advertencia muy seria: «si comes del árbol del conocimiento del bien y del mal morirás» (Gn 2,17). El derrumbe de la natalidad en estas sociedades parece confirmar este destino.

P. José María Prats


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