Richard Pagano clamó a Dios al sufrir una lesión jugando a basket, se convirtió y se hizo cura: “Dios me bendijo descubriéndome que me llamaba no por mis méritos, sino por mi falta de méritos”

«Ocasionalmente le pedía cosas a Dios, pero sin ningún deseo de cumplir su voluntad. Lo único que me importaban eran mis intereses egoístas. Abrí mi alma y me pregunté qué sinnúmero de almas a lo largo de los siglos se habían planteado: ´Jesús, lo estoy haciendo todo mal. Necesito tu ayuda´»

de marzo de 2014.- (C.L. / Religión en Libertad / Camino Católico) El próximo 18 de mayo, Richard Pagano cumplirá un año como sacerdote de San Vicente de Paúl. Tras cinco años de estudio en el seminario que su congregación tiene en Florida, fue ordenado en la catedral basílica de San Agustín, al norte del estado, fundada en 1565 como la primera parroquia católica de lo que hoy son los Estados Unidos.

Como muchos otros conversos que optan finalmente por entregar sus vidas por completo a Dios, a sus 31 años el padre Pagano tiene una agitada historia detrás. Marcada por el baloncesto, las lesiones y una soledad ganada a pulso, la ha contado recientemente al National Catholic Register y muestra una vez más que los caminos del Señor son inescrutables y pasaban en su caso porque sus rodillas le dejaran tirado.

El drama infantil, la rebelión adolescente

Antes de eso, las cosas en la vida familiar no habían sido fáciles. Sus padres se divorciaron cuando él tenía dos años, y él se fue a vivir a Nueva York con su madre y su hermana a casa de los abuelos, donde también habitaban dos tíos suyos de 20 y 18 años. «Algunos de mis mejores momentos de la infancia son de la iglesia y de la familia», dice, pues iban todos juntos a la parroquia de Santa Catalina de Alejandría en Blauvelt: la «casa de Dios», como la llamaba su madre.

Richard empezó a jugar al baloncesto a los cinco años en un aro del patio de su casa, y con el paso de los años se convirtió en un eficaz escolta con buen tiro exterior, visión del juego y excelente penetración en la defensa rival. Lamentablemente, la evolución de su carácter no era tan positiva. Tras destacar en el equipo del instituto, empezó a jugar como junior en un equipo universitario, hasta que su mal comportamiento fuera de la cancha durante un campeonato en Kentucky provocó que le expulsaran.

Un «salvaje» con las rodillas rotas

«Por desgracia, eso no me impulsó a mejorar mi actitud. Era un joven salvaje sin ningún objetivo en la vida. El objetivo más elevado que encontraba era el baloncesto», confiesa. Y siguió practicándolo en un equipo universitario de Nueva Jersey, pero llevaba cuatro años jugando con molestias en la rodilla y terminó de destrozársela.

«Mi carrera en el baloncesto parecía acabada. Entonces volví a Florida, y a pesar del consejo de mi médico de que no jugase tras la operación, seguí haciéndolo hasta que también me lesioné la otra rodilla. Lo más patético de la escena es que los ´amigos´ que me habían animado a jugar ese día se estaban riendo mientras yo me retorcía de dolor en el suelo», continúa el joven presbítero.

«Jesús, lo estoy haciendo todo mal, ayúdame»

En ese momento no sabía lo importante que iba a resultar esa lesión. Tuvieron que intervenirle la segunda rodilla, y en el posoperatorio le esperaba Dios. «Nadie vino a visitarme. Mis ´amigos´ parecían disfrutar con mis problemas, y mi familia no quería saber nada de mí por mis historias salvajes. Era verdad: realmente mi forma de vida alejaba de mí a todas las personas a las que quería. Vivía enterrado en oscuridad y en mentiras, y aislado en mis pecados. Estaba vacío y necesitaba un Salvador. Fue en esa ocasión de gran necesidad cuando recé con humildad por primera vez en mi vida», recuerda ahora.

Antes de eso, «ocasionalmente le pedía cosas a Dios, pero sin ningún deseo de cumplir su voluntad. Lo único que me importaban eran mis intereses egoístas. Y ahora que necesitaba un rescate físico, emocional y espiritual (y después de eso, tener un verdadero objetivo y una verdadera dirección en mi vida), abrí mi alma y me pregunté qué sinnúmero de almas a lo largo de los siglos se habían planteado: ´Jesús, lo estoy haciendo todo mal. Necesito tu ayuda´».

¿De dónde vino esa Biblia?

«Justo al día siguiente»,continúa, «vi una Biblia en mi mesa. No sé cómo llegó allí, porque no la había visto antes, pero empecé a leerla, en particular los Proverbios y el Eclesiastés. Esos libros realmente le hablaron a mi corazón, a mi necesidad de redención y de una finalidad». Richard empezó a rezar a diario, y como en el ejemplar de las Sagradas Escrituras que había encontrado había una estampita de los Siete Dolores, empezó a tenerle devoción a esa advocación de la Virgen: «Eso desembocó en el rosario diario, y la guía de Nuestra Santísima Madre hizo surgir una nueva realidad, y es que por fin mi vida tenía sentido. Empecé a confesarme y a ir a misa los domingos, e incluso alguna vez iba entre semana y también a la adoración eucarística».

Se sentía cada vez «más inmerso en la gracia de Dios, y cada vez más libre para hacer su voluntad«: «Vi con claridad que mis deseos mundanos eran vacíos y triviales, y que el camino de Dios era el único que me daría la verdadera felicidad».

Tras los pasos de Juan Pablo II

Como al hoy padre Pagano le gustaba hablar, enseguida empezó a contar a todos su revivida fe, a pesar de las sospechas de sus familiares, acostumbrados a verle comportarse de forma «salvaje»: «No podían creer que yo había sido realmente transformado por la gracia de Dios. Estaba tan entusiasmado con la fe que no podía dejar de leer la Biblia, el Catecismo de la Iglesia católica y los escritos de mi nuevo mejor amigo: Juan Pablo II. Me enamoré de su vida y de su ministerio».

Tanto, que en un trabajo sobre liderazgo que tenía que presentar ante el resto de estudiantes, eligió al Papa Karol Wojtyla. Su profesora dijo que no podía ser. Él preguntó por qué no, si otros compañeros habían elegido líderes de otras religiones. La señora ni siquiera le contestó, y como él decidió presentar su trabajo sobre Juan Pablo II, recibió la peor nota de su carrera: «¡Pero es de la que me siento más orgulloso!», proclama.

El sacerdocio, un regalo

Finalmente, con la ayuda de su párroco John Tetlow, director diocesano de vocaciones, terminó discerniendo su vocación: «Dios me bendijo descubriéndome que me llamaba no por mis méritos, sino por mi falta de méritos. El hecho de que el sacerdocio sea algo inmerecido, un regalo, se me hizo clarísimo y así sigo viéndolo hoy».

El padre Pagano, en su escaso año de ejercicio, ya ha descubierto las«abundantes aventuras» de un sacerdote diocesano, en particular estar al lado de sus «hijos espirituales» en «los momentos más importantes de sus vidas»: bautizos, bodas, funerales… «y muchos momentos intermedios».

Sobre el celibato, piensa que «aporta una alegría grande y duradera, que no depende del placer físico»: «La alegría es un estado del alma que llega cuando el yo se deja de lado y se abraza el servicio a los demás por amor a Dios».