Santi, Vanessa y sus hijos, familia enviada en misión a Viena: “Es una sensación de libertad, en la que puedes poner a Dios por delante de todo, ¡DE TODO!”

* “Muchísima gente no conoce a Dios, ni cuánto les ama. Muchos no han experimentado esta forma de amar sin límites, hasta la cruz, y sólo viven para ellos mismos”

* “Buscad a Dios y esto despertará en vosotros la necesidad de que los demás le puedan conocer.”

3 de febrero de 2014.- (Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo /Alfa y Omega  / Camino Católico)  Santi, Vanessa y sus tres hijos (más otro en camino, y uno en el cielo) son una de las familias del Camino Neocatecumental enviadas a la misión. Cuentan su experiencia, tras año y medio de experiencia en Viena.

– ¿Quiénes sois y de dónde venís?

– Somos una familia de Valencia, Santi y Vanessa, tenemos 33 años. Tenemos tres hijos: Ruth, 5 años, Jaime, 2 años y medio, y Lucía, 13 meses. Tenemos otro hijo en el cielo ¡y ahora estamos embarazados!

– ¿Cuál es vuestra historia?

– Nos conocemos desde los 12 años y los dos caminábamos en una comunidad neocatecumenal, en la parroquia de Santo Domingo Savio y San Expedito Mártir, de Valencia. Después de una adolescencia en la que ambos vivimos desobedeciendo al Señor, y de la que salimos profundamente heridos, Él nos rescató y nos ayudó a tener fuerzas para dejar muchas de las cosas en las que habíamos estado dejándonos la vida, incluidos los respectivos noviazgos que los dos teníamos. En ese momento, por separado, el Señor hizo una alianza con cada uno: queríamos vivir según la voluntad de Dios y obedecer. Ya estábamos cansados de probar y buscar; era el momento de apostar y Dios nos dio la fuerza.

Tras un tiempo duro y con una experiencia personal con Dios comenzó nuestro noviazgo, en el que pudimos fiarnos del Señor y respetarnos tal como enseña la Iglesia. ¡Fue impresionante! El día que hacíamos 10 meses de novios nos casamos, y llevamos casi nueve años de matrimonio.

– ¿Por qué estáis en Viena?

– Después de varios años casados y tras vivir en Valencia, Madrid, Irlanda, Francia y otra vez Valencia, siempre por cuestiones de trabajo, viendo las maravillas que el Señor está haciendo en nuestras vidas y lo agradecidos que estamos, nos ofrecimos para la evangelización, en cualquier parte del mundo. Es difícil de explicar pero es una sensación de libertad increíble, en la que puedes ciertamente poner a Dios por delante de todo, ¡DE TODO! Un salto, aparentemente sin red para los que no conocen a Dios, pero no para los que sabemos que está a nuestro lado.

En una convivencia, nos tocó Viena por sorteo: cogían un papel con el nombre de una familia y un papel con el nombre de la ciudad, y así llegó el nuestro: ¡pura voluntad de Dios! Allí llevamos un año y medio.

– ¿Qué necesidades habéis visto en esta misión?

– Muchísima gente no conoce a Dios, ni cuánto les ama. Muchos no han experimentado esta forma de amar sin límites, hasta la cruz, y sólo viven para ellos mismos… Nada de crisis, buenos puestos de trabajo, coches, comodidades, todo funciona con una precisión exacta… pero la gente mayor está sola, en nuestra finca casi todos los pisos están habitados por mayores a los que nadie visita, con incluso síndrome de Diógenes, que han abortado varias veces o tienen uno o dos hijos que están «muy ocupados»… Gente joven que se suicida en las vías del metro… familias destruidas, muchísimos divorcios e hijos o no nacidos o rotos de dolor porque lo tienen de todo pero no tienen nada…

– ¿Cómo es la Iglesia allí?

– Pues tenemos un cardenal arzobispo muy activo y consciente de la realidad: la gente se aleja de la Iglesia. Permite muchos tipos de misiones de muchas realidades católicas para evangelizar Austria. Hitler impuso un impuesto que la gente católica tiene que pagar a la Iglesia aquí para mantenerla, considerándola como una empresa que se autogestiona y contrata personal; con el paso de los años, esto ha ido creando un inconformismo lógico pero difícil de cortar, porque aquí muchísimas familias trabajan para ella: cáritas, limpieza de las iglesias… Todo lo que normalmente en España es voluntario aquí son puestos de trabajo, con lo cual cortar este impuesto supondría echar a muchas familias a la calle… Es una situación complicada también para nosotros y que desde aquí os pedimos que recéis.

– ¿En qué consiste vuestra misión?

Somos cinco familias, de distintas partes del mundo, dos hermanas solteras, un sacerdote y un hermano soltero. Se llama Misión ad gentes: se trata de meter esta pequeña comunidad cristiana en medio de sociedades que no conocen a Dios. La realidad es que mucha gente no va a las iglesias, ni siquiera se acercan. Así que el Espíritu Santo ha suscitado esta nueva forma de evangelizar fuera de las iglesias. Tenemos un local, en la calle, con ventanales grandes desde los que nos ven celebrar la Eucaristía cada sábado; la liturgia de la palabra los martes; y los miércoles abrimos para atender a la gente que quiere venir a conocernos, a hablar… Los sábados tenemos una plaza asignada donde rezamos Laudes por la mañana y cantamos salmos, mientras vamos hablando con la gente que pasa por la calle y dando a conocer a Cristo con nuestras experiencias y las de otros hermanos. Es algo muy sencillo y a la par bello, porque todos llevamos a nuestros hijos, ¡con sus panderetas, sus guitarras!

– Antes se relacionaba la misión con ir a países en desarrollo. ¿Por qué es necesaria la misión en el corazón de Europa?

– Allá donde haya un sólo hombre que no conozca a Dios, ni lo que puede cambiar su vida tras conocerle, ¡merece la pena que haya misión! Así que ¿por qué no Austria? Os aseguramos que aquí hace falta. No se trata del país que sea, ¡se trata de que la Fe llegue a todas partes!

– ¿Creéis que es bueno preguntarse por los frutos?

– No, sólo sembramos, no recogemos. De eso ya se encarga Él.

– ¿Habéis visto la mano del Señor en la misión?

– Sí, cada día. Somos hermanos muy distintos, muy distintos. Créeme que si esto fuera un club, ¡ya lo hubiéramos deshecho! Pero ahí se nota que no somos unos amiguetes que han decidido vivir emociones fuertes; somos hermanos en la fe, vivimos y nos ayudamos para ir al cielo. Por eso nos corregimos, nos ayudamos, nos reconciliamos…

– ¿Cómo lo viven vuestros hijos?

– Están muy contentos; son pequeños pero eso mismo nos ayuda muchas veces a seguir, porque preguntan: Mamá, ¿es sábado? ¿Vamos a la misión? ¿Vamos al local? O, simplemente, van cantando por la calle: ¡Aleluya, aleluya!

– ¿Qué podemos aprender los demás? ¿Qué nos diríais a los demás sobre la necesidad de evangelizar, de hablar de Dios?

– Lo primero: buscad a Dios y esto despertará en vosotros la necesidad de que los demás le puedan conocer, sobre todo porque al lado de Dios la vida es una vida auténtica. Y, cuando esto lo experimentas, pides ayuda para combatir y que nada ni nadie te la robe. Oración e intimidad con Dios: el resto sale sólo. ¡Él ya nos ha hecho apóstoles!

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