Se enamoró en Lourdes a los 16 años, fue a la Gruta a confiárselo a la Virgen, tiempo después pidió una señal y hoy es sacerdote

«Viví una conversión decisiva hacia Dios tras un largo camino durante un retiro en un monasterio, cuando se me planteó suavemente una terrible cuestión: ¿por qué no monje? Y esa cuestión no se me quitó jamás de la cabeza hasta que no tomé la resolución de considerarla seriamente. Un mes de febrero reservé la semana antes de Pascua para discernir mi vocación con María en ese monasterio en el que había empezado el camino hacia Dios»

2 de agosto de 2015.-  (C.L. / Cari Filii  Camino Católico)  Dominique Rey lleva quince años como obispo de Fréjus-Toulon y en ese tiempo ha dinamizado esta diócesis francesa de tal forma que es la que cuenta con más seminaristas por habitante. Quienes, además, son activos en el testimonio de su vocación, como es el caso de Joan Coiffu, ordenado sacerdote en 2010 cuando había cumplido ya los 32 años de edad.

La primera llamada

Dos años antes había hecho públicas las circunstancias que le condujeron al sacerdocio, una historia en la cual la Virgen María jugó un papel muy relevante.

«Recuerdo el primer toque de Dios a mi alma. Yo tenía cinco años y me encontraba en misa, cuando escuché el Evangelio del día. «A partir de hoy serás pescador de hombres» (Lc 5, 8-10). Mi alma se iluminó con claridad: «¡Dedicarse a los hombres! Nada más interesante». La relectura posterior que he hecho de aquella iluminación me hizo ver que había comprendido con nitidez que hay una realidad en el mundo que vale más que todas las demás: las almas«.

Un amor adolescente

Ya con esa idea en el corazón, Jean continuó la vida de un chico normal, lo cual casi siempre incluye en algún momento un enamoramiento repentino. Pero quiso la Providencia que el suyo llegase en Lourdes: «Yo tenía 16 años y fue un 15 de agosto. Dios tocó mi alma por segunda vez por medio de la Santísima Virgen María«.

Había acudido a Lourdes como voluntario para acercar a los enfermos hasta las piscinas donde tantas personas han hallado en esas aguas la curación milagrosa de sus dolencias. Aunque encuentran algo más valioso: «Al sumergirse en las piscinas de Lourdes cuántos no han descubierto y experimentado la dulce maternidad de la Virgen María, juntándose a Ella para unirse más al Señor», explicó Benedicto XVI allí mismo el 15 de septiembre de 2008. 

Es lo que iba a sucederle a Joan horas después, cuando terminó su trabajo de acarrear camillas y empujar sillas de ruedas: «Me encontré con un buen amigo que había conocido a una chica… y a primera vista fue como un rayo, ¡me enamoré! Nos presentó, nos volvimos a ver a la mañana siguiente, y luego por la tarde seguimos saliendo. Fue para ambos el primer amor, así que los sentimientos eran fuertes y recíprocos. Tras estar hablando toda la noche, ella me propuso ir a la Gruta a confiar nuestra amistad a la Virgen. Con el corazón henchido, dije que sí».

«Era la primera vez que me arrodillaba ante la Santísima Virgen en la Gruta, y con el corazón exultante le hablé también por primera vez. Luego… ya nunca dejé de hacerlo», recuerda.

Rectificando el camino

Tiempo después, él se declaró a la joven «con total sinceridad»: «Quiero que seas mi única causa de felicidad, la única fuente de mi alegría, mi única amiga… en una palabra, toda mi razón para vivir». Pero ella, dice «comprendió muy bien lo que le estaba pidiendo» y le respondió: «¡Yo no puedo ser lo que tú me pides, yo no soy Dios!«. Por segunda vez, de la mano de ese primer amor, el hoy padre Coiffu sentía que su camino estaba en otro lado.

Y quedaba un tercer momento, de nuevo de la mano de María: «Viví una conversión decisiva hacia Dios tras un largo camino durante un retiro en un monasterio, cuando se me planteó suavemente una terrible cuestión: ¿por qué no monje? Y esa cuestión no se me quitó jamás de la cabeza hasta que no tomé la resolución de considerarla seriamente. Un mes de febrero reservé la semana antes de Pascua para discernir mi vocación con María en ese monasterio en el que había empezado el camino hacia Dios».

La señal… y monseñor Rey que pasaba por allí

Llegó, y al final de la tarde se arrodilló ante la Virgen y oró ante ella: «Tengo la duda, que no me abandona, de por qué no ser monje. Te pido alguna señal a lo largo de esta semana que me permita responder que sí. En caso contrario, me olvidaré del asunto».

Y la señal llegó: «Un acontecimiento me permitió liberarme interiormente. Fue durante la lectura de la Pasión según San Juan: «Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos» (Jn 18, 1). Era de nuevo el gran deseo que yo había tenido toda mi vida ante Cristo que me invitaba a seguirle: «He venido a este mundo para estar contigo y con tus amigos»».

Estuvo un tiempo en el monasterio, pero luego ingresó en el seminario de Fréjus-Toulon. ¿Por qué? «Porque en el momento en el que estaba buscando la voluntad de Dios, monseñor Rey pasó por allí y me dijo: «¡Ven a probar!»».

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