Semana Santa, celebración del plan de salvación querido por Dios desde el principio / Por P. Fernando Simón Rueda

P. Fernando Simón Rueda / Camino Católico.- La Semana Santa es el momento litúrgico cumbre de la Iglesia, en torno al cual toda la comunidad debe estar unida para celebrar el extraordinario don de la salvación, participando, alabando y agradeciendo a Dios.

El Triduo Pascual, Jueves Santo – Viernes Santo – Vigilia Pascual y Domingo de resurrección, es lo que llamamos el «Misterio Pascual».

Misterio significa, según san Pablo, el plan de salvación querido por Dios desde el principio, antes de crear el mundo. Y ese «misterio» se ha revelado, se ha hecho visible de modo pleno cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, murió en la Cruz por nuestros pecados, resucitó y nos dio el don del Espíritu Santo. Porque el plan eterno de Dios era hacernos partícipes de su amor de un modo total y absolutamente inmerecido y entrar en comunión con nosotros, entregándose a nosotros y compartiendo su Vida. Y en esa comunión elevarnos a la dignidad de ser hijos de Dios: “Él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos (…) por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo”, (Ef 1, 4-5). Comprendemos muy bien como este misterio se ha cumplido en estos días que celebramos.

Dios nos creó a su imagen y semejanza. Dicen los santos padres que la imagen la tenemos en virtud del nacimiento (a través de la inteligencia, la voluntad, afectividad y corporeidad, con nuestra libertad, llamados al amor, al don de nosotros mismos a Dios y a los demás). Pero la semejanza supone una nueva creación: ser semejantes al Hijo único, a Jesucristo. Esto significa que fuimos creados a imagen de Jesús y sólo en Él alcanzaremos la plenitud. Por eso, el plan de Dios de salvación apunta a un fin: la amistad-comunión con Jesucristo para amar con su mismo amor. Y para que esto sea posible hemos recibido el Don del Espíritu Santo que nos va a ir transformando hasta que lleguemos a ser «el mismo Cristo».

Es cierto que nuestra sensibilidad occidental ha insistido más en la redención de los pecados en la Cruz (Viernes Santo), pero no olvidemos que la salvación, junto con la expiación vicaria del Señor, es necesariamente transformación en Cristo, divinización, ser hijos en el Hijo porque portamos su mismo Espíritu y somos herederos de la vida bienaventurada de la Santísima Trinidad. Cristo fue resucitado “para nuestra justificación”, (Rm 4,25). Vive «para nosotros», para que recibamos el perdón de los pecados y alcancemos la semejanza con Él participando de su misma Vida.

Esto se nos da como don gracias a los grandes misterios de la vida de Cristo:

Encarnación, cuando comienza la unión esponsal de Cristo con cada hombre.

Pasión y muerte en la Cruz, cuando el Señor asume en sí mismo los pecados de la Esposa para purificarla y presentarla santa e inmaculada (cf. Ef 5, 26-27). Esposa que nace del Nuevo Adán (de modo semejante a como Dios creó a la mujer del costado, de la misma carne, de Adán dormido, del costado traspasado del Señor brotaron agua y sangre, signo de los sacramentos que edifican y sostienen la Iglesia).

Resurrección, cuando se ha iniciado una nueva creación, una Humanidad gloriosa y totalmente transformada. Él es la Cabeza y nosotros, su Cuerpo llamados a participar de esa victoria y de esa nueva creación.

Por su Ascensión al cielo, Cristo puede ahora vivir unido con cada uno de nosotros y comunicarnos su Espíritu Santo que nos va a hacer partícipes de la resurrección y transformación en Cristo. En la Vigilia Pascual, un momento nuclear es la liturgia bautismal, donde renovaremos el primer momento en que recibimos el don del Espíritu, nuestro bautismo.

Por eso, los misterios salvadores de Cristo culminan en Pentecostés: Encarnación – Cruz – Resurrección – Ascensión – Pentecostés. Hasta la Parusía, cuando vuelva de nuevo en gloria para culminar la salvación con la resurrección de los cuerpos y la renovación de toda la creación.

Con un regalo extraordinario para que esta inmensa gracia se nos pueda comunicar: los sacramentos, especialmente la Eucaristía que Cristo instituyó el Jueves Santo para perpetuar el misterio pascual. Si Cristo se ofreció por nosotros en la Cruz para salvarnos (perdón de los pecados y divinización), ¿cómo nos llega a nosotros esta salvación? El misterio pascual de la salvación se nos «dispensa» especialmente a través de los sacramentos que el Señor confió a la Iglesia. A través de ellos Cristo nos comunica la salvación y su Vida. Y de un modo eminente, «por antonomasia», la Eucaristía. En ella, Cristo Resucitado sigue ofreciéndose constantemente al Padre por nosotros, ejerciendo el único sacerdocio igual que hizo en la Cruz. Y es en la Eucaristía cuando nosotros podemos participar de la ofrenda de Cristo al Padre. La Eucaristía es la actualización del sacrificio de la Cruz y es también alimento, donde el mismo Cristo se hace «una carne» con nosotros para transformar «nuestra carne», es decir, las relaciones que establecemos con nuestra corporeidad, nuestros modos de amar para que sean como los de Cristo.

P. Fernando Simón Rueda

Párroco de la Parroquia de san Juan Crisóstomo. Madrid

Asesor espiritual y miembro del Consejo de Redacción de Camino Católico

Santa Misa y adoración de la vigilia del Domingo de Ramos, presidida por el P. Fernando Simón Rueda, en la Parroquia San Juan Crisóstomo de Madrid, 4-4-2020

El Domingo de Ramos invita a arrodillarnos a los pies de Cristo, revistiéndonos de su gracia, de Él mismo, / Por P. Fernando Simón Rueda


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