Sor Cristabel López, ayudante de pastelería, lo dejó todo para ser monja de clausura: «Jesús te espera en cada recodo, listo para demostrarte ese Amor que te tiene»

«Nosotras en el convento también somos misioneras; estamos en el claustro, es verdad, pero, a la vez, estamos con los refugiados y las víctimas de Irak, de Siria; estamos con los que sufren a causa de la crisis, con los enfermos, con los marginados, con los drogadictos… Es cierto que no estamos con ellos físicamente, pero cada día los presentamos al Señor en nuestras oraciones. Ese es uno de nuestros cometidos: presentar ante Dios las penas y alegrías de nuestros hermanos y ser Su testimonio en el corazón de la Iglesia»

21 de diciembre de 2014.- (Anabel Llamas / Esta Hora / Camino católico)  Cristabel López Norniella es una joven de 28 años  que vivía con sus padres en Piedras Blancas, y trabajaba como ayudante de pastelería en Avilés, hasta que, sintiendo la vocación, lo dejó todo para ser monja de clausura.

– ¿Cómo fue esa llamada o esa vocación a entregar tu vida a Dios?

– Tendría unos 16 o 17 años cuando sentí que el Señor me quería para Sí. Tardé años en decidirme en serio para responderle con ese sí que Él esperaba y yo no me atrevía a darle. La enfermedad y muerte de mi padre durante ese tiempo influyó, en parte, pero aún yo no estaba lista para dar el paso. Mirándolo en perspectiva era demasiado niña…

– ¿Cómo explicarías a todo el mundo lo que es sentir una llamada de este tipo, una vocación tan especial como es la de la vida contemplativa?

– No puedo hablar más que de mi propia experiencia, así que eso voy a hacer. Para mi empezó con un gran vacío interior, nada me llenaba, nada me movía. No diré que el mundo dejó de tener atractivo, sería mentir, pero me faltaba algo, algo más importante, más trascendente. Una vez descubrí qué era, o más bien, Quién era el que me faltaba; poco a poco todo fue ganando un nuevo sentido. Con el tiempo te va mostrando dónde te quiere con pequeños signos que si no miras a través de la fe no verás, no entenderás. A mi me trajo aquí, a Cangas del Narcea, trastocando todos mis planes. A veces no es fácil decir sí, cuesta renunciar a todo lo que has soñado y tomar un nuevo camino de sacrificio, pero vale la pena, porque al final Jesús te espera en cada recodo, listo para de mostrarte ese Amor que te tiene. Es inigualable.

– ¿Cómo descubriste el Convento en el que estás actualmente?

– En Internet. Ya había conocido, en la red, a las dominicas de Segovia; pero me parecía que estaban muy lejos, así que busqué algo más cerca de mi familia. Entre todas las cosas encontré una pequeña mención en un artículo a este convento, y me puse en contacto con la Madre priora de la comunidad, y unas semanas después estaba dentro.

– ¿Por qué precisamente las dominicas? ¿Qué tienen de especial?

– En un principio no tenía una Orden específica en mente, como dije antes, fue la primera que apareció cuando busqué en la red; pero cuanto más me informaba sobre la Orden Dominicana más me gustaba. No hay que desconfiar del Señor. Él nos conoce y no se equivoca, Él sabe dónde nos quiere.

– ¿Cómo reaccionó tu familia al conocer la noticia de tu vocación?

– La primera reacción en mi familia, no fue demasiado buena. Creo que la única que no reaccionó mal fue mi abuela. No soy muy dada a hablar de este tipo de cosas, así que les pilló por sorpresa. Con el tiempo han llegado a aceptarlo y alegrarse por mí.

– La vocación a la vida contemplativa no es fácil de entender, muchas veces ni siquiera por los propios cristianos. En la sociedad en general, se valora mucho más la acción y la entrega de una vida desde una perspectiva misionera, por ejemplo, con los más necesitados. Desde el convento, ¿qué podéis hacer por el mundo?

– Nosotras en el convento también somos misioneras; estamos en el claustro, es verdad, pero, a la vez, estamos con los refugiados y las víctimas de Irak, de Siria; estamos con los que sufren a causa de la crisis, con los enfermos, con los marginados, con los drogadictos… Es cierto que no estamos con ellos físicamente, pero cada día los presentamos al Señor en nuestras oraciones tanto privadas como en la Liturgia de las Horas. Ese es uno de nuestros cometidos: presentar ante Dios las penas y alegrías de nuestros hermanos y ser Su testimonio en el corazón de la Iglesia.

– ¿Qué les dirías a los jóvenes que pueden estar leyéndote, que se sientan identificados quizá con tu vida, con ese vacío del que hablabas antes, y que nada parece llenar? ¿Les animas a que tengan una experiencia como la tuya?

– Les diría que merece la pena, que aunque en apariencia renuncias a muchas cosas que parecen importantes, en realidad no pierdes nada, sino que lo ganas todo. El trayecto parece largo y solitario, pero no lo es porque llevas contigo al mejor compañero de camino; es Él el que te lleva cuando a ti ya no te quedan fuerzas, lo único que tienes que hacer es dejarle actuar, es entregarte a Él; no dejar que el miedo te impida decidir porque al final Él te da fuerza para sobrellevar con paz hasta lo más duro.

 

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