Soulino Sphabmixay llegó a España huyendo del comunismo en Laos y se bautizó a los 13 años por las enseñanzas catequéticas y bíblicas de un sacerdote

* “En Laos asistía a un colegio católico llamado Notre Dame. Considero esa experiencia fundamental para mi posterior bautismo. La bondad y le profunda fe de aquellas monjas se quedó grabada en mi memoria de niño. A su vez, un Dios personal, un Dios que moría en la cruz, era para mí algo sorprendente, que llamó profundamente mi atención”

* “Ahora me doy cuenta de que el Señor estaba detrás de todo eso, y también de nuestra huida a España. Yo concibo a Dios como un ser tierno que no se impone, sino que se propone poco a poco. Y así lo fui descubriendo, sin pretender yo hacerme católico”

7 de junio de 2013.- (Opus Dei / Camino Católico)Soulino Sphabmixay apenas era un niño cuando su familia tuvo que huir de Laos. El triunfo de la revolución comunista les condujo a España, donde llegaron en 1980 como refugiados políticos. Este largo viaje fue un instrumento de Dios para acercarle a la fe.

-Si bien tu bautismo no se produjo hasta los 13 años, ya en Laos habías tenido algún contacto con el cristianismo ¿Cómo fue aquel primer encuentro con la fe?

En Laos asistía a un colegio católico llamado Notre Dame. Y aunque allí sólo recibí unas nociones básicas sobre el cristianismo, considero esa experiencia fundamental para mi posterior bautismo. La bondad y le profunda fe de aquellas monjas se quedó grabada en mi memoria de niño. A su vez, un Dios personal, un Dios que moría en la cruz, era para mí algo sorprendente, que llamó profundamente mi atención.

Y todavía eras alumno de esa escuela cuando tuvisteis que salir del país ¿Podrías relatarnos ese episodio?

En un primer momento sólo escapamos mi padre, mi hermano y yo. Atravesamos el río Mekong con la esperanza de recibir asilo en Tailandia y poder traer con nosotros más tarde a mi madre y mi hermana. Estuvimos un mes en prisión y luego los militares tailandeses nos llevaron a un campo de refugiados. Una vez allí, mi padre envió a unos hombres para que trajeran a mi madre y mi hermana, que aún permanecían en Laos. Y gracias a Dios en esa aventura, trágica aventura, no perecimos ninguno: nos hemos salvado toda la familia.

-Y de allí a España…

Una vez conseguimos volver a juntarnos, mi padre pidió a la ONU país de acogida. En ese momento España se ofreció para recibir familias del sudeste asiático. Así fue como hicimos una entrevista con un funcionario de la embajada, y más tarde nos trasladamos a la Península con otras cincuenta familias laosianas. Viajamos de Bangkok a Santiago de Compostela, y nuestro primer destino fue Bayona.

En Galicia permanecimos dos meses, de abril a junio de 1980, recibiendo clases intensivas de castellano. Al terminar ese periodo nos enviaron a Palencia (ciudad en la que se encuentra el Cristo del Otero que vemos en la imagen de la derecha). Allí Dios iba a terminar la labor que había iniciado tiempo atrás en el colegio Notre Dame de Laos. 

-Y para ello iba a utilizar como instrumento a un sacerdote que impartía cursos de Formación Profesional en el colegio al que asistías ¿Cómo conociste a don Florentino?

Mi hermano y yo estudiábamos los últimos cursos de EGB en el Ramón Carande. Un día nos vio de lejos, se acercó y estuvimos un rato charlando. Se interesó por nuestra historia y se empeñó en hablar con mis padres, así que no tuvimos más remedio que invitarle a nuestra casa. Con el tiempo, fue ganándose la confianza y el cariño de la familia. Su trato amable y la ayuda material que nos prestaba –en una ocasión llegó a regalarnos un calefactor– le hicieron digno de la confianza de mi padre, que accedió a que nos enseñara la doctrina católica a mi hermano y a mí.

¿Qué recuerdas de aquella catequesis?

Íbamos dos veces por semana. Nos enseñaba el catecismo y leíamos la Biblia. Era habitual que nos hiciera reflexionar sobre el libro del Éxodo, ya que era una experiencia del pueblo de Israel análoga a la que estábamos viviendo nosotros. Nos hacía ver qué bueno era Dios, porque nos había sacado de un país en guerra y nos había conducido a España, un estado democrático y pacífico. Nos regaló dos Biblias para que las leyéramos, y eso nos ayudó a abrir los ojos poco a poco. Dos años después pedimos el bautismo. Mi hermano tenía quince años y yo trece.-

¿Cómo se produjo tu encuentro con el Opus Dei?

-Fue poco después de mi bautismo. En aquel momento estudiaba octavo de EGB en el colegio Padre Claret, y tenía dos compañeros que me invitaron a estudiar a un centro juvenil inspirado en las enseñanzas de San Josemaría. Me hablaron de las actividades que allí hacían. Me convencieron y allí fui, donde más que doctrina –que por supuesto recibía– descubrí cariño. 

Además, al poco tiempo de conocer la Obra tuve la oportunidad de encontrarme con Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, en una tertulia celebrada en Aldebarán. Le pregunté cómo podía perseverar en el amor a Dios, y me contestó con mucha simpatía y cariño. Para mi familia aquello fue una gran experiencia, y creo firmemente que tanto san Josemaría como su sucesor al frente del Opus Dei interceden por mí desde el Cielo.

¿Qué conclusión sacas de tu historia personal?

Pienso que Dios estaba detrás de todo eso, porque nosotros nos sentíamos perdidos en un país extraño, con una cultura y una lengua muy distinta a la nuestra. Sin embargo, conocíamos el cristianismo gracias a la escuela de Notre Dame, y eso nos ayudó mucho. Además, gracias a las monjas aprendimos la escritura occidental, básica para leer cuanto antes la Biblia y el Catecismo. Ahora me doy cuenta de que el Señor estaba detrás de todo eso, y también de nuestra huida a España. Yo concibo a Dios como un ser tierno que no se impone, sino que se propone poco a poco. Y así lo fui descubriendo, sin pretender yo hacerme católico y sin buscar el Opus Dei. Él estaba detrás de ese camino, me iba guiando, me llevaba de la mano como un niño pequeño.

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