Vladimir Revutskyy estaba muy lejos de Dios con el corazón roto, tenía novia, pero «acepté que Cristo fuera el Señor de mi vida, el Espíritu Santo me ilumino y soy sacerdote»

* «Aun teniendo novia, teniendo trabajo, y teniendo a amigos, siempre me rondaba una pregunta en mi interior ¿Qué es hacer la voluntad de Dios? Le decía al Señor: que se haga tu voluntad y no la mía. Cuando alguien me hablaba del sacerdocio o de la figura del sacerdote siempre rechazaba que esto sería para mí, intentaba huir de toda conversación referida a mí con el sacerdocio. Un día le dije al Señor: si de verdad quieres que sea sacerdote facilítamelo, házmelo ver a mi pero no por la fuerza, ni por presión alguna si no que yo mismo lo entienda. Un día, orando de madrugada en mi casa, sentí una paz profunda y una fuerza muy grande dentro de mí y en este momento entendí cuál es mi vocación y cuál es mi sitio y lugar, de momento todas las dudas se me quitaron: Entendí que Dios me estaba llamando al sacerdocio y sentí paz y alegría»

Vladimir Revutskyy Matsevko contando su testimonio de conversión y vocación

Camino Católico.- Vladimir Revutskyy Matsevko fue ordenado sacerdote el domingo 25 de septiembre, en la iglesia de Santiago el Mayor de Murcia de la Diócesis de Cartagena que junto al Seminario Conciliar de Murcia han publicado diversos testimonios en los que se plasma que su camino no ha sido fácil hasta cumplir la voluntad de Dios y escuchar el llamada al presbiterado.

Vladimir, de 31 años, nació en Ucrania, donde vivió hasta trasladarse a Murcia con sus padres hace 22 años, que habían emigrado en busca de una vida mejor. Para entonces tenía 9 años, y en esa época, que recuerda con cariño, había una comunidad ucraniana en la parroquia del Carmen que celebraba la Misa según el rito oriental. En esas celebraciones, Vladimir era monaguillo; aunque lo fue solo hasta los 12 años. «Lo pasaba muy bien, pero no tenía fe», recuerda.

«Le doy gracias a Dios por mi familia, por ahí empezó mi vida cristiana y mi vida en la fe. Yo recuerdo muy bien como mis abuelas en concreto mi abuela Paulina junto con mis padres me enseñaban las primera oraciones, las conductas y tradiciones de nuestra Iglesia, y no solo eso sino en concreto el valor de la vida». Su adolescencia, entonces en ciernes, iba a ser difícil.

Lejos de Dios y con el corazón herido

Vladimir Revutskyy Matsevko

Un verano, mientras visitaban a su familia en Ucrania, su padre sufrió un accidente de coche, donde también murió su tío, y quedó ingresado en el hospital. Vladimir, que tuvo que regresar a España, perdió el interés por los estudios. Repitió varios cursos de la ESO hasta abandonar el colegio y se desvió por otros caminos, con compañías que no le hacían bien. «Todo eso me iba matando, me iba alejando, primero de Dios; y luego de mí mismo, de mi familia… de toda la realidad», explica Vladimir. Empezó a trabajar, y vivía pendiente de cuidar a su padre, del pago de la hipoteca de la casa familiar y otras responsabilidades. Comenzó varios grados formativos, pero, como le ocurría en todas las facetas de su vida, no encontraba en ellos lo que buscaba.

Estaba, además, muy lejos de Dios. «No conocía prácticamente nada de la Iglesia, pero tenía el corazón roto, y no sabía por qué. Había una herida dentro de mí que no sabía cómo sanar», explica. Tenía demasiadas cosas en el corazón; demasiadas puertas abiertas que podían conducirle al mal, que luego tuvo que cerrar.

Un retiro en el que acepta a Cristo como Señor de su vida

A los 21 años, uno de sus primos lo invitó a un retiro de la Renovación Carismática ucraniana de la Iglesia bizantina. Vladimir, sin saber en qué consistía, aceptó. La cantidad de jóvenes que vio allí le impactó, y también el estilo de música de alabanza: «El retiro duraba diez días y al cuarto día nos invitaron a que aceptásemos que el Señor sea el Señor de nuestras vidas».

El quinto día de esa experiencia, el 1 de julio de 2012, fue para él un «segundo bautismo»; el momento en que «volvió a la vida». Ese día, una de las oraciones que realizaron culminó con una imposición de manos donde, de rodillas y con los ojos cerrados, sintió una fuerza grandísima que bajaba sobre él. Cuando abrió los ojos, el sacerdote le dijo: «Bienvenido a la familia», y Vladimir cayó en la cuenta: estaba dentro de la Iglesia. «Mi vida cambió completamente. Entendí cuánto Dios me amaba y conocí a Dios tal cual es: misericordioso y a la vez justo; un Dios alegre, muy alegre, con un sentido del humor impresionante; y conocí a una Iglesia muy viva», cuenta con entusiasmo. «Se me abrieron los ojos de par en par. Vi a Cristo sin verlo, lo toqué sin tocarlo», rememora emocionado.

«Cuando acepte al Señor en mi vida y le deje reinar en ella, mi vida dio un cambio grande, empecé a leer la Biblia, a frecuentar los sacramentos, a leer libros de la espiritualidad cristiana, aprendí a orar y a alabar a Dios en todo momento y en cada instante que tengo presente», asegura Vladimir.

Después de esa experiencia, viajó de nuevo a Ucrania para, mientras cuidaba a su abuela paterna, seguir formándose en la Iglesia; y al regresar a Murcia, dio con la comunidad de la Renovación Carismática de la iglesia de Pasos de Santiago, donde pudo vivir su fe. «Nunca pensaba en el sacerdocio», recuerda Vladimir.

Tenía novia, huía de hablar del sacerdocio, pero al dejar el noviazgo se produjo la llamada definitiva

«En todo este proceso conocí a una chica y estuvimos de novios casi tres años, cuando tenía entre 21 y 24 años. Aun teniendo novia, teniendo trabajo, y teniendo a amigos, siempre me rondaba una pregunta en mi interior ¿Qué es hacer la voluntad de Dios? Le decía al Señor: que se haga tu voluntad y no la mía (Lc 22,42). Desde que conocía al Señor siempre sabia a que el me llamaba a algo muy grande y dar el paso decisivo para entrar en el seminario me costó algo de trabajo. Cuando alguien me hablaba del sacerdocio o de la figura del sacerdote siempre rechazaba que esto sería para mí, intentaba huir de toda conversación referida a mí con el sacerdocio». De hecho, pese a que tenía novia y estaba dedicado a estudiar un módulo de Técnico de Emergencias Sanitarias, muchos comenzaron a decirle que sería cura. Él lo rechazaba; llegaba incluso a resultarle incómodo.

Vladimir Revutskyy Matsevko al final de la celebración en la que fue ordenado diácono

Cuando su novia y él rompieron, Vladimir explica que «un día le dije al Señor: si de verdad quieres que sea sacerdote facilítamelo, házmelo ver a mi pero no por la fuerza, ni por presión alguna si no que yo mismo lo entienda. Un día, orando de madrugada en mi casa, sentí una paz profunda y una fuerza muy grande dentro de mí y en este momento entendí cuál es mi vocación y cuál es mi sitio y lugar, de momento todas las dudas se me quitaron : Entendí que Dios me estaba llamando al sacerdocio y sentí paz y alegría. La luz del Espíritu Santo me ilumino y vi tan claro mi llamado que al poco tiempo de vivir esta experiencia en la oración, pedí a un amigo mío sacerdote que me llevara al seminario a hablar con el director espiritual del seminario, le conté mi experiencia y el me mando a hablar con el rector, esto fue en la fiesta de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote en el año 2016».

Aunque su familia no terminó de entenderlo, él sabía cuál era su camino. Tenía decidido, además, optar por el celibato; aunque el rito greco-católico le habría permitido casarse. Entró al Seminario San Fulgencio en 2016 y, pese a la dureza del primer año por el cambio de vida que suponía, perseveró. Y mereció la pena: «No cambiaría ningún día de los seis años de seminario».

En el vídeo testimonial de su vocación afirma con claras comparaciones la transformación que ha obrado Dios en él:

«Ahora puedo decir que antes era un mentiroso, ahora no lo soy. Antes murmuraba, ahora intento no hacerlo. Antes me dejaba llevar por la ira y la cólera, ahora me dejo llevar por el Señor. Antes era un lujurioso, ahora no lo soy. Antes bebía alcohol, me emborrachaba, ahora no lo hago. Antes era rencoroso, ahora intento no serlo. Antes era envidioso, ahora por gracia de Dios no lo soy. Antes era infiel, ahora intento ser fiel con la gracia de Cristo. Desde que conozco a Dios vivo de amor, de alegría de paz, de paciencia, de benignidad, de bondad, de mansedumbre, de fidelidad, de modestia, de continencia y de castidad. Desde que conocí a Dios mi vida cambió completamente y todo mi ser se ha transformado. Estar con Dios es una pasada, no se vivir sin Él, dar un paso sin Él, si siquiera sé reparar sin Él. Dios me lo ha dado todo y todo se lo debo a Él».

A su tiempo, llegó la ordenación diaconal. Recibió la noticia mientras estaba en aislamiento, pasando el covid-19; y fue para él una alegría. Como diácono, tuvo como destino la Basílica de la Purísima en Yecla. «A veces salía al altar con temblor de pies, pero a la vez seguro, porque sabía que Dios me asistía… Entiendo que tanto el diaconado como el don del sacerdocio no es algo mío, sino algo prestado. Por eso intento hacerlo todo como Jesús lo haría».

«Entiendo que mi Padre, Dios, me ha hecho un regalo grandísimo: una vida, otra oportunidad; y si él se deleita en mi Ordenación, yo seré feliz. Esa es mi paz», dice.

Su primer destino como sacerdote será, curiosamente, la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen, donde fue monaguillo en su infancia y será ahora vicario parroquial. «Dios lo tenía todo planeado», concluye.


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