Homilía del evangelio del Domingo: Caminar junto al mundo iluminándolo con la palabra de Dios / Por P. José María Prats

* «La palabra de vida cuando penetra acompañada del fuego del Espíritu Santo, hace arder el corazón y transforma por completo a las personas. Pero la función última de esta palabra es la de llevar a un encuentro vivo y personal con la misma Palabra encarnada: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron»”

Domingo III de Pascua – Ciclo A:

Hechos 2, 14.22-33 / Salmo 15 / 1 Pedro 1, 17-21 / Lucas 24, 13-35

P. José María Prats / Camino Católico.- El tiempo pascual es el tiempo de la misión de la Iglesia impulsada por el Espíritu Santo, y las lecturas de la liturgia se centran ahora en ella. El pasaje de los discípulos de Emaús constituye una enseñanza preciosa sobre la misión que podemos aplicar con mucho fruto a nuestros días.

Dos discípulos caminan hacia Emaús alejándose de Jerusalén, ciudad que representa la comunión con Dios. Habían creído en Jesús, pero la muerte del Maestro les ha arrebatado la esperanza. Habían sido casi tan ilusos como esas mujeres que ahora andaban diciendo que se les había aparecido resucitado. El mundo, al fin y al cabo, con su crueldad, su injusticia y su lucha por el poder, acababa siempre imponiéndose, y esta era la cruda realidad con la que había que pactar.

Este es también el ánimo de nuestro tiempo, el de una sociedad que había sido creyente y que ahora se aleja de Dios sin esperanza, considerando la fe en el que murió y resucitó como una ilusión propia de beatas ancladas en el pasado. “Que no nos vengan con historias: lo que verdaderamente cuenta es el bienestar material, y a él es al que hemos de consagrar todo nuestro empeño”.

Jesús nos enseña cómo devolver la esperanza a este mundo. Se pone a caminar junto a los discípulos interesándose por su vida y sus preocupaciones, y desde ahí los va iluminando poco a poco haciéndoles comprender el sentido profundo de las Escrituras. Así debe ser la misión de la Iglesia: caminar junto al mundo iluminándolo con la palabra de Dios, la palabra de vida que cuando penetra acompañada del fuego del Espíritu Santo, hace arder el corazón y transforma por completo a las personas. Pero la función última de esta palabra es la de llevar a un encuentro vivo y personal con la misma Palabra encarnada: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron».

Los que hoy se autodenominan “creyentes no practicantes” se han quedado, en realidad, a medio camino. Cuando Jesús «simuló que iba a seguir caminando», le dejaron marchar en vez de apremiarle: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Jesús es entonces un personaje fascinante de nuestra historia, pero no el Dios vivo y verdadero que habita en mí y sostiene mi vida: «En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Es la vivencia significativa de la eucaristía la que abre los ojos y dinamiza a las personas para retornar a Jerusalén, es decir, a la comunión con Dios y con los hermanos que han tenido esa misma experiencia de encuentro con el resucitado: «Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan».

P. José María Prats

Evangelio

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Lucas 24, 13-35

Sor Verónica Berzosa, superiora de Iesu Communio, ante el COVID-19: «Si el hombre no vuelve a Dios, el abismo será ineludible»

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