El Papa Francisco acaricia a los enfermos y discapacitados en la “Casa de la Esperanza” con los pies descalzos y recibe la sonrisa de Myan, joven con grave patología cerebral

Ha rezado en el «Jardín de los niños abortados», un parquecito lleno de pequeñas cruces blancas, ante la presencia de una representación de los activistas pro-vida coreanos y Lee Gu-won, joven misionero sin brazos ni piernas

16 de agosto de 2014.- (Andrea Tornielli /  Vatican Insider / Camino católico)  Myan es una joven inmovilizada en su cama, no puede hablar. Sólo puede sonreír. Cada vez que se lo piden, ella lo hace. Hoy sonrió para Papa Francisco, que le acarició el rostro.

La visita del Pontífice a Kkottongna, que significa “colina de las flores”, fundada en los años 70 por el padre John Woong Jin, de la comunidad de Renovación Carismática “Kkottongnae Brother of Jesus”, se inspira en Mt.24, 40: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. El pequeño pueblo que inició con el sueño de un mundo en donde “nadie queda afuera”, es la estructura más grande en manos a la Iglesia Católica en Corea, y es una verdadera ciudad de caridad, que sirve a quienes no tienen fuerzas para ir hacia adelante, como los sin techo, los alcohólicos y los enfermos. 

El complejo que cada año recibe a miles de personas, se encuentra en la Diócesis de Cheongju, y surge en una colina que incluye hospitales, alojamientos, una universidad y centros de recuperación para los pobres y los enfermos abandonados de cualquier edad, que representan las “flores” de la obra. 

Esta organización humanitaria ha abierto sede también en ocho países, entre los cuales, Bangladesh, Filipinas, Uganda, Haití, India, Canadá y EE.UU, funciona gracias a las donaciones de los socios y subsidios del gobierno, y a la gestión de las Hermanas de Jesús, los Hermanos de Jesús, y más de 1000 voluntarios. 

El Santo Padre ingresó en la “Casa de la Esperanza” aproximadamente a las 16.30 hora local, con los pies descalzos, en señal de respeto, y se detuvo brevemente en oración en la capilla, para dirigirse después al encuentro de los enfermos. Allí, después de algunos cantos y pequeños regalos que le hicieron, se detuvo a acariciar con ternura a cada uno de ellos impartiéndoles su bendición. El Santo Padre donó al Centro un mosaico que representa el misterio de la Natividad. 

Ha sido el momento más conmovedor de su tercer día en Corea del Sur. No hubo discursos, solamente abrazos a los niños, adultos y ancianos con diferentes discapacidades. Son las citas que prefiere Papa Bergoglio, porque son la ocasión para tocar «la carne de Cristo» en los marginados por la sociedad, la ocasión para ofrecer el testimonio de la «ternura de Dios».

El Papa ha sido recibido por alrededor de 150 pacientes, unos 50 niños discapacitados de otro centro cercano, y un grupo de agentes sanitarios y maestros del Centro. Francisco visitó en primer lugar la capilla, en donde había algunos enfermos. Después fue a la sala principal. Los responsables del Centro y la joven monja que traduce para él del coreano al italiano lo invitan a sentarse, pero Bergoglio prefiere quedarse de pie. Se convierte en espectador momentáneo de un baile preparado por algunos de los niños discapacitados, los saluda uno a uno, recibe regalos, un chico en silla de ruedas le pone al cuello una corona de flores decorada con una cinta.

Francisco continúa saludando a los huéspedes de la estructura. Hay niños que han sido abandonados dos veces: por sus padres y por la sociedad. Nadie quiere adoptarlos. El Papa pone las manos sobre la cabeza de cada uno de ellos, los acaricia y abraza. Entonces llega Myan, la joven que sufre de una grave patología cerebral, pero que no ha «perdido la sonrisa», explicó la monja. Es Myan, que no puede hablar, pero sonríe. También está John, uno de los primeros huéspedes, que hace muchos años dijo al padre Woong Jin que quería estudiar a pesar de sus limitaciones. Así comenzaron los primeros programas educativos especializados, y ahora los que saludan al Papa son chicos que han obtenido su diploma. John, sentado en su silla de ruedas, se agita y sonríe. Su madre lo abandonó, nunca ha ido a verlo, pero ahora recibe el abrazo del Papa. También hay niños pequeños, en sus cunas transparentes. Y los ancianos abandonados.

A la salida, Francisco se dirigió en coche al Training Centre «School of Love». Durante el trayecto, el Papa se detuvo a rezar en el «Jardín de los niños abortados», un parquecito lleno de pequeñas cruces blancas, ante la presencia de una representación de los activistas pro-vida coreanos y Lee Gu-won, joven misionero sin brazos ni piernas.

 

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