Comentario de la 2ª lectura del Domingo: Somos miembros del Cuerpo de Cristo / Por P. José María Prats

Cada hermano es un instrumento precioso que Dios ha regalado a la comunidad y su voz es muy importante: tenemos que aprender a escucharla, amarla, potenciarla e integrarla en la melodía común que proclama la gloria de Dios. Y  cuidando muy especialmente de los miembros más débiles: los enfermos, los ancianos, los que sufren por cualquier circunstancia. Estas son las voces más delicadas y más apreciadas por el Señor. La atención preferencial hacia ellos es la prueba de la opción de la comunidad por el amor

Tercer domingo del tiempo ordinario – Ciclo C:

2ª Lectura: 1 Corintios 12, 12-30:

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo.

Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería?

Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios.

Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan.

Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

Comentario

P. José María Prats / Camino Católico.- Esta lectura tan conocida de San Pablo es muy importante para vivir bien nuestra fe. Nos dice que todos los cristianos formamos un solo cuerpo –el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia- porque por el bautismo hemos recibido un mismo Espíritu. La mano, el pie, el ojo, la cabeza… por sí mismos no pueden hacer nada, y sólo tienen sentido en la medida en que están coordinados entre sí y al servicio de todo el cuerpo. Pues lo mismo pasa con los cristianos: la fe sólo produce frutos en la medida en que nos olvidamos de nosotros mismos y nos ponemos al servicio unos de otros. San Cipriano decía que «unus christianus, nullus christianus»: el cristiano que se encierra en sí mismo no es un verdadero cristiano.

Otra imagen muy interesante parecida a la del cuerpo es la de un coro: el coro sólo suena bien cuando todas las voces se entretejen armónicamente. Es muy común cuando los principiantes ingresan en un coro que se entusiasmen con su propia melodía y canten demasiado fuerte ahogando las otras voces. De hecho, uno se convierte en un buen cantante cuando aprende a escuchar y a gozar de todas las voces modulando la propia voz para que se integre armónicamente en el conjunto.

Lo mismo ocurre en una comunidad cristiana. Cada uno de nosotros es diferente, con una manera de ser y unos talentos distintos: unos tienen capacidad de organizar, otros una gran sensibilidad por los enfermos o los marginados, otros tienen bienes materiales, otros talentos artísticos, otros facilidad para hablar y enseñar… Lo importante es que todos estos talentos se armonicen para entonar juntos un misma melodía: la proclamación de la gloria de Dios que se manifiesta en el amor entre todos los miembros de la comunidad.

Un famoso cantar de Antonio Machado dice: «Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción». Esta es la clave de todo: Cuando cada uno busca su propia gloria y que todos admiren su canción el coro desafina, el cuerpo se disgrega. En cambio, cuando nos olvidamos de la propia gloria para proclamar juntos la gloria de Dios todo se llena de armonía, paz y bienestar. Y, como decíamos, la gloria de Dios es que los miembros de la comunidad se amen.

En estas fiestas pasadas pregunté a un matrimonio cómo habían pasado el día de Navidad y me respondieron que muy bien porque habían venido sus hijos a comer y entre ellos había habido un ambiente estupendo de amor y cariño: la gloria de este matrimonio era la armonía entre sus hijos. Pues lo mismo ocurre con Dios: su gloria es que reconozcamos que somos hijos suyos y vivamos como hermanos.

Para ello, hemos de aprender a salir de nosotros mismos y cultivar una mirada contemplativa hacia los demás. Cada hermano es un instrumento precioso que Dios ha regalado a la comunidad y su voz es muy importante: tenemos que aprender a escucharla, amarla, potenciarla e integrarla en la melodía común que proclama la gloria de Dios. Y, como nos ha dicho San Pablo, cuidando muy especialmente de los miembros más débiles: los enfermos, los ancianos, los que sufren por cualquier circunstancia. Estas son las voces más delicadas y más apreciadas por el Señor. La atención preferencial hacia ellos es la prueba de la opción de la comunidad por el amor.

Pero no debemos olvidar que el que hace posible todo esto es el Espíritu Santo. «Todos nosotros …hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» -nos ha dicho San Pablo. El Espíritu Santo es el Espíritu de amor y de comunión que, habitando en nosotros, nos constituye en miembros del Cuerpo de Cristo, en verdadera comunidad. De hecho, cada vez que celebramos la eucaristía pedimos que el Espíritu Santo se derrame sobre nosotros para fortalecer nuestra condición de miembros de un mismo Cuerpo. Así lo hacemos, por ejemplo, en la plegaria eucarística II: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». Pidamos este don con fe y con el compromiso de trabajar para que sea una realidad en nuestra comunidad.

Oración  (Salmo 132)

Ved qué dulzura, qué delicia, 

convivir los hermanos unidos. 

Es ungüento precioso en la cabeza, 

que va bajando por la barba, 

que baja por la barba de Aarón, 

hasta la franja de su ornamento. 

Es rocío del Hermón, que va bajando 

sobre el monte Sión. 

Porque allí manda el Señor la bendición: 

la vida para siempre.

P. José María Prats


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