Homilía del Evangelio del Domingo: «Amar a Dios significa recibirlo acogiendo sus mandamientos» / Por P. José María Prats

* «Al acoger por la obediencia y el amor la autoridad de Dios, le recibimos a Él y nos llenamos de su amor, de su paz y de su plenitud de vida: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud»”

Domingo VI de Pascua – B:

Hechos 10, 25-26.34-35.44-48 / Salmo 97 / 1 Juan 4, 7-10 / Juan 15, 9-17

5 de mayo de 2018.-  (P. José María Prats / Camino Católico) Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre el amor, que es el corazón de la fe cristiana.

En la segunda lectura encontramos la afirmación metafísica más importante de la Biblia: «Dios es amor». El alcance de esta afirmación es extraordinario: significa que en el origen, el destino y el fundamento de todo está el amor y que, por tanto, sólo se vive en la verdad cuando se vive en el amor.

Dios, como comunión de tres personas divinas que viven entregándose mutuamente, es amor en sí mismo y, como tal, ama a su creación dándose a ella para que participe de su plenitud de vida, según hemos escuchado en la segunda lectura: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él».

Con su amor sin medida, Dios ha encendido en nosotros el amor hacia Él como respuesta ineludible, justa y necesaria. Podemos amarlo «porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) «enviándonos a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados». Es lo que dice San Pablo en la carta a los Gálatas: «Estoy crucificado con Cristo… y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20).

Pero, ¿cómo amamos a Dios?, ¿cómo correspondemos a su amor sin medida? Jesús nos da la respuesta en el evangelio de hoy: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». Amar a Dios significa, pues, recibirlo acogiendo sus mandamientos, que son expresión del orden que ha establecido para la creación: la manera concreta en que Él se nos da. Y este orden, como decíamos al principio, tiene por fundamento el amor: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado». El amor a Dios, por tanto, tiene poco que ver con el sentimentalismo o la mera devoción externa y mucho que ver con la obediencia que enciende en nosotros la conciencia de ser hijos suyos.

De hecho, la crisis actual de fe está muy relacionada con la corrupción y el descrédito de las nociones de autoridad y de obediencia. La autoridad ya no se entiende como fuente de orden y promoción de la vida, sino como poder interesado y avasallador y, correlativamente, la obediencia se entiende como sumisión y alienación en vez de como disciplina que salvaguarda el bien común. Sólo recuperando el verdadero sentido de estas nociones podremos entender y experimentar que al acoger por la obediencia y el amor la autoridad de Dios, le recibimos a Él y nos llenamos de su amor, de su paz y de su plenitud de vida: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».

José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.

Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros»

Juan 15, 9-17


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