Homilía del Evangelio del Domingo: Vencemos sobre el poder del mal y gozamos de armonía y de paz cuando acogemos la Palabra de Dios y nos dejamos habitar por ella / Por P. José María Prats

* «El gran reto de la vida espiritual es aprender a discernir la voz de Dios en medio de tantas otras voces y someternos a ella. Según San Ignacio de Loyola, recibimos tres tipos de voces o impulsos: la del “mal espíritu”, que nos incita a alejarnos de Dios; la de nuestras pasiones, que nos insta a satisfacer nuestros deseos; y la del “buen espíritu”, que procede de Dios… Santo es el que con su esfuerzo y la acción de la gracia se ha hecho sordo a las solicitaciones del mal y se ha liberado de sus pasiones y afectos desordenados para convertirse en una caja de resonancia que recoge y amplifica la voz de Dios. Y esta voz es la que inspira todos sus pensamientos, palabras y obras haciendo de él una viva imagen de Cristo”

Domingo IV del tiempo ordinario – B:

Deuteronomio 18, 15-20 / Salmo 94 / 1 Corintios 7, 32-35 / Marcos 1, 21-28

P. José María Prats / Camino Católico.- En estos últimos domingos las lecturas nos han ido mostrando distintos aspectos de la palabra de Dios. Veíamos cómo esta palabra, escuchada y acogida con actitud de obediencia nos da a conocer nuestro nombre, es decir, nuestra identidad profunda y nuestra vocación. Veíamos también cómo esta palabra nos llama a la conversión, a abandonar nuestra vida mundana y a ponernos al servicio del mundo nuevo y definitivo que Jesucristo ha inaugurado con su venida: el Reino de Dios.

Las lecturas de hoy nos muestran otro aspecto fundamental de la palabra de Dios: su autoridad y su poder liberador y sanador. Dice el evangelio de hoy que la gente se quedaba asombrada de la autoridad con que hablaba Jesús, autoridad que llegaba hasta el punto de que mandaba a los espíritus inmundos –«cállate y sal de él»– y éstos le obedecían. El poder sanador de esta palabra se muestra elocuentemente en una escena que sigue a este evangelio donde Jesús toca a un leproso diciendo «queda limpio» y la lepra desaparece inmediatamente de él.

A nosotros esto no nos debe sorprender, pues sabemos que Jesús es esa misma Palabra por la que todo fue creado, que se ha hecho carne para recrear al ser humano liberándolo del poder del mal y restableciendo su comunión con Dios por la que recupera su armonía y su salud.

Pero esto tiene una consecuencia muy importante para nosotros: que como personas y como sociedad, sólo vencemos sobre el poder del mal y gozamos de armonía y de paz cuando acogemos la Palabra de Dios y nos dejamos habitar por ella. El salmista nos lo recuerda diciendo: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón», ojalá escuchéis hoy su voz porque de ello depende vuestra libertad y vuestra vida.

De hecho, éste es el gran reto de la vida espiritual: aprender a discernir la voz de Dios en medio de tantas otras voces y someternos a ella. Según San Ignacio de Loyola, recibimos tres tipos de voces o impulsos: la del “mal espíritu”, que nos incita a alejarnos de Dios; la de nuestras pasiones, que nos insta a satisfacer nuestros deseos; y la del “buen espíritu”, que procede de Dios. En sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio nos enseña, por una parte, a identificar las dos primeras voces y su acción destructiva en nosotros a través del examen frecuente de la conciencia para combatirlas con la penitencia hasta desarrollar una aversión instintiva hacia ellas, y, por otra parte, a acrecentar la voz de Dios y su acción liberadora en nosotros a través de la contemplación del misterio de Cristo.

Santo es el que con su esfuerzo y la acción de la gracia se ha hecho sordo a las solicitaciones del mal y se ha liberado de sus pasiones y afectos desordenados para convertirse en una caja de resonancia que recoge y amplifica la voz de Dios. Y esta voz es la que inspira todos sus pensamientos, palabras y obras haciendo de él una viva imagen de Cristo.

En estos tiempos en que a través de los medios de comunicación y de internet recibimos el influjo de tantas voces y solicitaciones, el reto de la vida espiritual es particularmente difícil y exige de nosotros una atención y una disciplina muy grandes. Pero no por ello podemos dejar de afrontarlo, pues en este empeño nos va la vida: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón».

P. José María Prats

Evangelio

En la ciudad de Cafarnaún, y el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:

«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

«¡Cállate y sal de él!».

El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:

«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».

Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Marcos 1, 21-28


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