Hajara, adolescente cristiana nigeriana secuestrada por Boko Haram, cuenta cómo salvó la vida: «Mejor morir que abandonar mi fe»

«Le dije a mi mejor amiga que rezáramos, y empezamos a rezar y rezar. De pronto, sentí una fuerza en mi interior que me decía que tenía que escapar. Mi mejor amiga me contestó que si yo saltaba, ella me seguiría. Dudaba qué hacer, pero seguía esa fuerza en mi interior. Llegado un momento, mi amiga y yo, rezamos y saltamos. Estuvimos seis horas caminando. Sentía dolor, pero sólo pensaba: Aleluya, Dios me ha salvado de mis captores»

16 de abril de 2015.- (Teresa Ekobo / Alfa y Omega  / Camino Católico)Por primera vez en Europa, una superviviente del secuestro masivo de las estudiantes nigerianas a manos de Boko Haram ha contado su testimonio. Fue en el marco de la IV edición de Madrimaná, festival de cine organizado por la Delegación de Cultura del Arzobispado de Madrid. Es una de las 57 chicas que han podido contar la historia. De las otras 219, no se sabe nada.

Hajara, seudónimo de un nombre real que no se puede decir, es una adolescente de 17 años, una joven que, tras haber sufrido el secuestro masivo, sigue temiendo por su vida. Apenas hace un mes, Boko Haram volvió a atacar a su pueblo y sus padres han desaparecido. Antes de dar su relato de lo que sucedió el 14 de abril de 2014, Hajara cuenta que, en Nigeria, «se han matado más cristianos, en 2012, que en el resto del mundo. El año pasado, Boko Haram mató al mismo número de personas en Nigeria que los talibanes en todo el mundo. La Iglesia católica de la zona norte del país ha perdido a más de 2.500 miembros». Tras estos datos desgarradores, hay relatos de asesinatos y martirios indescriptibles.

El 14 de abril de 2014, las niñas de la escuela de la aldea de Chibok se preparaban para los exámenes. «Mis compañeras y yo habíamos ido al pueblo a comprar papeles y materiales. Cuando llegamos, empezamos a preparar la cena, era un rato agradable cuando, de pronto, empezamos a escuchar disparos. Nos asustamos. Varios hombres armados entraron y nos dijeron que qué hacíamos en la escuela, que si veníamos a la escuela para prostituirnos». Boko Haram, que significa La educación no islámica es pecado, lucha por imponer la sharía o ley islámica en Nigeria, país de mayoría musulmana en el norte y predominantemente cristiana en el sur.

«Algunas chicas estábamos muy asustadas, otras no tanto, porque ellos aparecieron disfrazados de militares, y fue un momento confuso. Empezaron a interrogarnos preguntándonos dónde estaban los niños y los profesores. Les contestamos que los niños eran externos en el colegio y que, al acabar las clases, se iban a sus casas, y los profesores igual. También nos preguntaron si había seguridad. Les dijimos que no. Sinceramente, no sabíamos de qué hablaban. Luego nos preguntaron dónde estaba el almacén con la comida y los enseres. Cuando terminaron de saquear y llevarse todo, nos reunieron a todas las alumnas fuera del colegio. Fue cuando nos dimos cuenta de que estaba todo en llamas, estaban incendiando el colegio».

Los islamistas radicales obligaron a las niñas a subirse en coches y camiones. «Para obligarnos, empezaron a disparar al aire y nos decían que, si no subíamos, nos matarían. Antes de meternos en los coches, nos preguntaron por nuestros hiyabs. Les contestamos que no éramos musulmanas, y nos dijeron que nos pusiéramos una bufanda o cualquier cosa, porque nuestra vestimenta no era decorosa. Empezaron a decir que nos iban a convertir al Islam».

El trayecto fue largo, y durante ese tiempo las niñas iban llorando. «Le dije a mi mejor amiga que rezáramos, y empezamos a rezar y rezar. De pronto, sentí una fuerza en mi interior que me decía que tenía que escapar. Lo comenté y las otras niñas me decían que no lo hiciera, porque corría el peligro de que, si me descubrían, me matarían, o de morir en el salto del camión. Mi mejor amiga me contestó que si yo saltaba, ella me seguiría. Dudaba qué hacer, pero seguía esa fuerza en mi interior que me decía que era mejor morir que abandonar mi fe, y dejar que me convirtieran a la fuerza al Islam. Llegado un momento, mi amiga y yo, rezamos y saltamos».

En el salto, Hajara se hirió gravemente la pierna izquierda, pero no paró de correr. «Estuvimos seis horas caminando. Sentía dolor, pero sólo pensaba: Aleluya, Dios me ha salvado de mis captores. Llegado un momento, empezamos a ver a muchas personas escondidas entre los árboles. Nos llamaban, pero nosotras no nos fiábamos, porque podían ser de Boko Haram. Entonces, cuando unos nos hablaron en nuestro dialecto, les contamos lo que nos había pasado. Gracias a la ayuda de esas personas y de mi amiga, pude llegar a mi casa con mis padres, porque ellos me cargaron, tenía la pierna verdaderamente mal». Al llegar a su casa, la alegría de los padres de Hajara fue inmensa. «Al verme, empezaron a llorar y a dar gracias a Dios».

El día del secuestro, Boko Haram se llevó a casi 300 niñas de Chibok y otras aldeas. 57 escaparon, pero no se sabe nada de las 219 que faltan y pueden estar muertas. «A nivel internacional, el movimiento#Bringbackourgirls (Traed de vuelta a nuestras niñas) ha perdido fuerza y nadie se preocupa ni de las que faltan ni de las que han sobrevivido. Por eso, valoramos tanto que Madrimaná nos haya invitado a dar a conocer lo que los cristianos de Nigeria están sufriendo. Tengo que acabar diciendo que Cristo es real, y la persecución también es real. Si esto os hubiese pasado a vosotros –pregunta–, ¿qué habríais hecho? ¿Qué riesgos hubierais corrido? ¿Qué sacrificio hubierais tomado para salvar vuestra fe?»