Comentario a la 1ª lectura del domingo: Narcisismo y amor / Por P. José María Prats

* «Para el cristianismo Dios es amor y el ser humano, creado a imagen de Dios, realiza su esencia en la medida en que ama entregándose a los demás. Por eso su juicio del narcisismo es muy negativo, porque supone la exclusión del amor. De hecho, Cristo es la antítesis del narcisista, pues está totalmente des-centrado; todo su ser se orienta hacia el Padre y hacia los hombres: su alimento es hacer la voluntad del que le ha enviado (Jn 4,34), y ha bajado del cielo para dar la vida al mundo (Jn 4,51). La cruz no puede ser más elocuente: en ella está Cristo abrazando a la humanidad y vertiendo a través de sus cinco llagas su sangre redentora sobre el mundo”

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo A 

Lectura  (Is 58,7-10):

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy.» Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

Meditación

P. José María Prats / Camino Católico.-  Este fragmento de Isaías es una invitación preciosa a salir de nosotros mismos y a abrirnos a los demás para que nuestra vida se llene de luz. Pero para poder captar el alcance de esta apertura, es necesario primero entender lo que supone vivir cerrado en uno mismo. En concreto voy a examinar el caso del narcisismo, esta actitud existencial por desgracia hoy tan frecuente entre jóvenes y adolescentes.

El narcisista vive sumergido en sí mismo, volcado hacia su mundo interior de gustos, sentimientos y afectos del que ha hecho un absoluto al que subordina todo lo demás. Se relaciona con el mundo exterior y con los otros en la medida en que contribuyen a su propio e íntimo “sentirse bien”, en que colman su sed de bienestar, de reconocimiento, de aplauso. Esta incapacidad de salir de sí mismo le impide abrirse a la realidad distinta de los otros, a su misterio, su belleza, sus limitaciones y necesidades.

La mitología griega describe maravillosamente esta realidad en el mito de Narciso, un joven muy hermoso del que se enamoraban perdidamente las doncellas pero él las rechazaba. Entre estas doncellas estaba la ninfa Eco a quien la diosa Hera había condenado a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Un día Eco persiguió a escondidas a Narciso por el bosque y éste, al oír ruidos, preguntó: “¿Hay alguien aquí?”, a lo que Eco respondió: “aquí, aquí”. Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: “¡Ven!”. Después de responder “ven, ven”, Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos, pero Narciso se negó cruelmente a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que sólo quedó su voz.

En la medida en que, al sentirse admirado y seguido, la presencia de la ninfa alimenta y refuerza su vanidad, Narciso busca la relación con ella. Pero en cuanto Eco deja de ser para él un mero eco de su propio yo y se presenta como una persona real y concreta con su propio mundo de anhelos, proyectos y necesidades que obligan a Narciso a salir de sí, es rechazada sin piedad.

Para el cristianismo Dios es amor y el ser humano, creado a imagen de Dios, realiza su esencia en la medida en que ama entregándose a los demás. Por eso su juicio del narcisismo es muy negativo, porque supone la exclusión del amor. De hecho, Cristo es la antítesis del narcisista, pues está totalmente des-centrado; todo su ser se orienta hacia el Padre y hacia los hombres: su alimento es hacer la voluntad del que le ha enviado (Jn 4,34), y ha bajado del cielo para dar la vida al mundo (Jn 4,51). La cruz no puede ser más elocuente: en ella está Cristo abrazando a la humanidad y vertiendo a través de sus cinco llagas su sangre redentora sobre el mundo.

El narcisismo conlleva una vida infecunda y llena de oscuridad, porque «quien no ama no conoce a Dios» (1Jn 4,8), que es la fuente de la luz y de la vida. El mito griego nos dice que el narcisista termina ahogándose en sí mismo: Para castigar a Narciso por su crueldad, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en un estanque, y en su contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas para morir ahogado. Donde había caído su cuerpo creció una hermosa flor que hizo honor al nombre y la memoria de Narciso. Que no se nos olvide, pues, este trágico destino.

¿Pero por qué el narcisismo es tan frecuente hoy especialmente entre jóvenes y adolescentes? Hay muchos factores que lo favorecen: la sociedad del bienestar, que nos facilita una vida cómoda y sin grandes sacrificios; la cultura audiovisual tan absorbente, que tiende a encerrar a las personas en un mundo irreal; las redes sociales, que falsean la comunicación eludiendo el encuentro con las personas de carne y hueso; el debilitamiento de los vínculos familiares, que promueve que cada uno “se busque la vida” según su antojo sin contar con los demás; el desencanto por el mundo de la política, que promueve una actitud de “pasotismo” en el ámbito público y social, etc.

Pero creo que hay una causa más profunda y nuclear: la desaparición de Dios de la cultura contemporánea. La fe cristiana supone reconocer en Dios el origen, destino, fundamento y sentido de todas las cosas, y que la propia vida sólo tiene sentido en la medida en que se integra en este inefable designio creador. La vivencia profunda y coherente de esta fe nos libera, pues, del narcisismo porque sitúa el centro del universo fuera de nosotros. En cambio, si expulsamos a Dios de nuestra vida, tendemos a poner este centro en otras personas o cosas, o bien en nosotros mismos, derivando así hacia la idolatría o hacia el narcisismo.

Para romper, pues, este duro caparazón que nos mantiene a oscuras y encerrados en nosotros mismos hemos que poner nuevamente a Dios en el centro del universo y de nuestra vida; y debemos hacerlo movidos, no por el temor, sino por el amor, por el reconocimiento agradecido de su amor incondicional por nosotros: «Cristo ha muerto por todos, para que los que viven, no vivan ya para ellos mismos, sino para el que ha muerto y resucitado por ellos» (1Cor 5,15). La oración, la alabanza, la adoración, la meditación de la Pasión del Señor, el empeño por conocer y cumplir la voluntad de Dios manifestada en su Palabra son, pues, los grandes antídotos contra el narcisismo. Ellos nos liberarán de nosotros mismos y nos introducirán en el corazón de Dios desbordante de amor. Y desde allí descubriremos el don de cada ser humano, con su dignidad, su vocación, su misterio, y la necesidad de velar por él como por un hermano. Partiremos el pan con el hambriento, hospedaremos al pobre sin techo, vestiremos al desnudo y entonces romperá nuestra luz como la aurora, en seguida nos brotará la carne sana y nuestra oscuridad se volverá mediodía.

Conclusión    (1Cor 13,1-7)

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque mi fe fuese tan grande como para mover montañas, si no tengo amor, nada soy. Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.

P. José María Prats


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