Homilía del Evangelio de la Vigilia Pascual: Cristo Resucitado, luz que ilumina y vence a las tinieblas / Por P. José María Prats

* «Cristo ha muerto y ha resucitado para encender en nuestros corazones la luz divina que disipa las tinieblas del pecado y «nos da el poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Que en verdad esta luz que hoy se renueva en nosotros nos convierta en lámparas que disipen la oscuridad, la injusticia y la desesperanza de nuestro mundo”

Vigilia Pascual:

Génesis 1, 1-2,2 / Éxodo 14, 15-15,1 / Ezequiel 36, 16-17a.18-28 / Romanos 6, 3-11 / Marcos 16, 1-7

Camino Católico.- Cada año, siguiendo el mandato de Dios, el pueblo de Israel se reunía –y se sigue reuniendo– para celebrar la fiesta de Pascua haciendo memoria de su historia, que tenía como hecho central la liberación de Egipto. Para ello –como recordábamos este Jueves Santo– mataban un cordero, untaban con su sangre las jambas y el dintel de sus casas y comían su carne asada al fuego con panes ázimos y hierbas amargas. Un niño entonces preguntaba: «¿Qué significa este rito para vosotros?», y su padre le respondía: «Es el sacrificio de la Pascua del Señor, que pasó junto a las casas de los hijos de Israel en Egipto, hiriendo a los egipcios y protegiendo nuestras casas» (Ex 12,26-27).

En esta noche de Pascua, también los cristianos –a quienes San Pablo llama el «Israel de Dios» (Ga 6,16)– nos reunimos para hacer memoria de nuestra historia, una historia que ya no tiene como centro la liberación de Egipto, sino a Jesucristo. Lo hemos proclamado solemnemente al inicio de la celebración: “Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”. Cristo es nuestro libertador, «el Sol que ha nacido de lo alto para iluminar a los que vivíamos en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

De hecho, el simbolismo de Cristo como luz que ilumina y vence a las tinieblas es central en esta vigilia. Hemos empezado la celebración con un fuego encendido en la oscuridad de la noche, que nos ha recordado el principio de la creación cuando «la tiniebla cubría la superficie del abismo» y dijo Dios con su Verbo eterno: «”exista la luz”. Y la luz existió».

Y a continuación, como los hijos de Israel que caminaban de noche a la luz de una columna de fuego, hemos entrado en la iglesia guiados únicamente por la luz de Cristo, recordando sus palabras: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Hemos escuchado a continuación cómo esta luz «por la que todo fue hecho» iluminó y liberó a su pueblo a lo largo de su historia, mientras anunciaba y preparaba el acontecimiento definitivo que nos sacaría definitivamente de las tinieblas del pecado y de la muerte: «¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado!». Cristo es la «luz verdadera» que, por su resurrección y ascensión al cielo, el Padre ha puesto «en el candelero para que ilumine a los que entran en la casa» (Lc 8,16), es decir, a los que entran a formar parte de su Pueblo, que es la Iglesia.

En la liturgia bautismal que celebraremos a continuación encenderemos nuestros cirios en la luz del Cirio Pascual –que representa a Cristo resucitado– para significar que por la fe y el bautismo esta luz ha venido a habitar en nuestros corazones. Dice San Pablo: «el mismo Dios que dijo: brille la luz del seno de las tinieblas ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo.» (2 Cor 4,6).

Cristo ha muerto y ha resucitado para encender en nuestros corazones la luz divina que disipa las tinieblas del pecado y «nos da el poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Que en verdad esta luz que hoy se renueva en nosotros nos convierta en lámparas que disipen la oscuridad, la injusticia y la desesperanza de nuestro mundo.

P. José María Prats

Evangelio

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron romas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras:

«¿Quién no correrá la piedra de la entrada del sepulcro?».

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo:

«No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron.

Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”».

Marcos 16, 1-7


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