Homilía del Evangelio del Domingo: Encuentro profundo con Cristo Resucitado y dejarse llenar de su Espíritu Santo / Por P. José María Prats

* «Jesús comunica a sus discípulos su vida resucitada y victoriosa exhalando sobre ellos al Espíritu Santo, un gesto que evoca el relato de la creación –cuando «Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida» (Gn 2,7)– y que manifiesta que por la fe y el Espíritu Santo hemos sido recreados en Cristo: «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo», dice San Pablo (2 Cor 5,17)”

Domingo II de Pascua – B:

Hechos 4,32-35 / Salmo 117 / 1 Juan 5, 1-6 / Juan 20, 19-31

P. José María Prats / Camino Católico.- En la Vigilia Pascual escuchamos el anuncio de la resurrección del Señor: «¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado!». Por su resurrección Jesús ha vencido a la muerte y al poder del mal, su cuerpo ha sido recreado por el Espíritu Santo y ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra. «Él nos encargó predicar al pueblo –decía San Pedro el domingo pasado– dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos».

La liturgia de este domingo de octava de Pascua nos muestra cómo Jesús comunica a sus discípulos esta vida resucitada y victoriosa exhalando sobre ellos al Espíritu Santo, un gesto que evoca el relato de la creación –cuando «Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida» (Gn 2,7)– y que manifiesta que por la fe y el Espíritu Santo hemos sido recreados en Cristo: «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo», dice San Pablo (2 Cor 5,17).

Las lecturas de hoy nos presentan las características de esta nueva vida que ha hecho posible el sacrificio de Cristo:

Es ante todo una vida reconciliada y en paz. Al entrar en la casa, lo primero que Jesús resucitado dice a sus discípulos es «paz a vosotros», y cuando a continuación exhala sobre ellos, añade: «Recibid al Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados». El Espíritu Santo es, pues, poder para la reconciliación con Dios y entre los hombres, una reconciliación que la primera lectura nos muestra hecha realidad en las primeras comunidades cristianas: «todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía».

Por otra parte, tal como dice la segunda lectura, esta nueva vida fundada sobre el amor a Dios y al prójimo tiene poder para conformarse plenamente a la voluntad de Dios: «Sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo». La ley de Dios se vive entonces como fuente de gozo y de sabiduría, tal como proclaman los salmos: «tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros» (Sal 118,24).

Y a esta vida nueva y victoriosa accedemos por la fe: «Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe», dice San Juan. En el evangelio Jesús reprende a Tomás por su falta de fe: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Y es que el testimonio fundamental para creer en Cristo no es el de la vista o el del tacto, sino el del Espíritu Santo que habla de forma inequívoca en nuestro corazón, tal como dice San Juan en la segunda lectura: «el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad».

Finalmente, esta nueva vida es una vida en expansión, que debe ser ofrecida a todos los hombres. De hecho, Jesús exhala su Espíritu sobre sus discípulos para que puedan cumplir el mandato que les ha dado: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo … recibid al Espíritu Santo». María Magdalena, las mujeres que fueron al sepulcro, los discípulos de Emaús: todos corren tras el encuentro con Jesús resucitado. Los evangelios de estos días dejan muy claro que esta “Iglesia en salida” de la que tanto nos habla el Papa Francisco sólo es posible cuando ha tenido un encuentro profundo con el Resucitado y se ha dejado llenar de su Espíritu Santo.

P. José María Prats

Evangelio

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:

«La paz con vosotros».

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez:

«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío».

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo:

«La paz con vosotros».

Luego dice a Tomás:

«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».

Tomás le contestó:

«Señor mío y Dios mío».

Dícele Jesús:

«Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Juan 20, 19-31


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