Dorothée destruida tras una infancia de abusos sexuales de un familiar: «Para mí el perdón era imposible. Decidí cortar con Dios y luego dije: ‘Señor, hazlo Tú en mí’»

* «Desde ese momento, desde ese pequeño ‘sí’, descubrí hasta qué punto Dios me amaba, descubrí que Él estaba muy cerca de mí. Y vi que cuando tenía un problema o una contrariedad podía hablarle como a un amigo, podía confiarme a Él y siempre tenía una respuesta… ¡a su manera, que no suele hacer mucho ruido!. Dios me ha mostrado hasta qué punto estaba lleno de amor por mí y hasta qué punto yo estaba hecha para la vida, estaba hecha para el amor. Creí haber perdido para siempre mi afectividad, mis emociones, mi alegría de vivir. Pero he reencontrado esas emociones. Allí donde la medicina solo había podido apuntar lo que no estaba bien en mi corazón, Dios me curó»

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Camino Católico.-  Dorothée sufrió durante toda su infancia «una gran prueba»: «Entre los 5 y los 13 años abusó sexualmente de mí un miembro de mi familia. Fue tan horrible que mi cerebro lo quiso olvidar durante más de veinte años».

Pero que el cerebro lo olvidase no quiere decir que no se manifestasen las consecuencias de esa continua violación incestuosa. «Yo quería morirme», confiesa a Découvrir Dieu en un video, «e intenté destruirme por todos los medios posibles: automutilación, anorexia, bulimia… Mi objetivo era pasar inadvertida, para que los hombres no me mirasen y no me desearan». Lo sintetiza y traduce C.L. en Religión en Libertad.

Los recuerdos vuelven

Así pasaron los años y fue empeorando incluso entrada en la vida adulta. En 2007 estaba tan «hiper-mal», describe, «que no conseguía ni siquiera ir a trabajar». Descorazonada, le decía a Dios: «Señor, me has abandonado, no estás a mi lado».

Acudió a varios médicos, que acabaron descubriendo la causa subyacente de su malestar: «Con su ayuda pude verbalizar lo que había pasado. Los recuerdos volvieron con una fuerza emocional verdaderamente intensa. Era demasiado para mí, demasiado para mi cabeza, demasiado para mi corazón. Imposible de soportar».

Volvió a reprocharle a Dios: «¿Qué hago ahora con todo esto?» La respuesta pareció venir en forma de lectura, porque llegó a sus manos un libro sobre Santa María Goretti, la niña que fue asesinada en 1902, cuando solo tenía once años, por resistirse a las pretensiones lascivas de Alessandro Serenelli, de diecinueve. Serenelli se arrepintió y se convirtió en prisión mucho tiempo después de los hechos, y tras 25 años en la cárcel pasó el resto de su vida como jardinero y portero de un convento capuchino, con una vida ejemplar. Pidió perdón a la madre de María y asistió junto a ella a su beatificación, en 1947, y canonización, en 1950.

Pero no solo su madre había perdonado al asesino de su hija. Su propia hija lo había hecho en las horas de su agonía, a petición de su confesor, antes de recibir los sacramentos: «Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado… Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado», dijo la pequeña santa.

Un perdón imposible

Y ese perdón Dorothée no podía entenderlo. Leer ese párrafo «fue horrible» para ella: «Lo mandé todo a paseo, porque para mí el perdón era imposible. Decidí cortar con el Señor. Consideré que no me había respondido y que dejaría de escucharle».

Al cabo de un tiempo, una amiga de Dorothée la invitó a hacer una peregrinación. «No tenía nada mejor que hacer», dice, «así que le dije que sí».

Durante uno de los momentos de oración durante la peregrinación, se leyó un pasaje del Nuevo Testamento que la removió por dentro:  «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian» (Lc 6, 27-28).

El perdón posible

«Lo escuché y lo consideré escrito para mí. Y me hizo recordar aquella santita de la que había sabido meses atrás. Durante ese tiempo yo había seguido derrumbándome e intentado muchas cosas que no habían funcionado, así que me dije que perdonar era la última cosa que podía probar. Yo quería hacerlo, pero me sentía totalmente incapaz. Así que le dije a Dios: ‘De acuerdo, Señor, pero hazlo Tú en mí’«.

En cuanto rindió su alma, Dios, efectivamente, actuó en ella: «Desde ese momento, desde ese pequeño ‘sí’, descubrí hasta qué punto Dios me amaba, descubrí que Él estaba muy cerca de mí. Y vi que cuando tenía un problema o una contrariedad podía hablarle como a un amigo, podía confiarme a Él y siempre tenía una respuesta… ¡a su manera, que no suele hacer mucho ruido!»

«Él me ha mostrado hasta qué punto estaba lleno de amor por mí y hasta qué punto yo estaba hecha para la vida, estaba hecha para el amor», concluye Dorothée: «Creí haber perdido para siempre mi afectividad, mis emociones, mi alegría de vivir. Pero he reencontrado esas emociones. Allí donde la medicina solo había podido apuntar lo que no estaba bien en mi corazón, Dios me curó. Es lo único que yo quería, lo que había querido desde mi infancia. Finalmente mi corazón tuvo lo que buscaba desde muy pequeña. Esa herida que yo creía imposible de olvidar, imposible de sanar, Dios la utilizó para que yo pudiera acercarme más a Él y vivir verdaderamente de su vida y de su amor».


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