Homilía del Evangelio del Domingo: Necesidad de elegir entre dos caminos: el de la voluntad de Dios o el de las pasiones excitadas por el maligno / Por P. José María Prats

* «El evangelio, al decir que «el Espíritu empujó a Jesús al desierto», nos recuerda nuevamente que en esta ardua andadura por el laberinto de la Cuaresma nos acompaña el Espíritu Santo, que con el don del discernimiento ilumina nuestra inteligencia para que reconozca el querer de Dios en cada encrucijada, y con el don de fortaleza sostiene nuestra voluntad para que se niegue a sí misma y se adhiera a ese querer”

Domingo I de Cuaresma – B:

Génesis 9, 8-15 / Salmo 24 / 1 Pedro 3, 18-22 / Marcos 1, 12-15

P. José María Prats / Camino Católico.- El pasado miércoles comenzamos la Cuaresma, un camino de conversión y purificación que nos prepara para participar en el misterio de la muerte y resurrección del Señor que se renueva en el Triduo Pascual y que desemboca en el gozo de la Pascua.

Este itinerario cuaresmal se fundamenta en diversos episodios bíblicos, dos de los cuales aparecen en las lecturas de hoy. El primero es el del Arca de Noé. Tras el pecado original, la humanidad entró en una espiral de corrupción y alejamiento de Dios cada vez mayor. Para purificarla, Dios urgió a Noé –el único hombre justo que quedaba sobre la tierra– a que construyera un arca e introdujera en ella a su familia y parejas de animales de todas las especies. Entonces, durante cuarenta días hizo llover sobre la tierra, y todos los seres, excepto los que habían subido al Arca, perecieron. Cuando se retiraron las aguas y Noé y los suyos pudieron bajar de nuevo a tierra, Dios hizo con ellos una alianza, estableciendo el arco iris como signo de su promesa de no volver a destruir los seres vivos.

En una lectura espiritual de este episodio, el Arca de Noé representa a Cristo. Los que han entrado en ella representan todo lo que en nosotros está en comunión con Cristo, mientras que los que permanecen fuera representan lo que todavía no se ha sometido a Él, lo que San Pablo llama el hombre viejo que aún habita en nosotros. Durante los cuarenta días de la Cuaresma, Dios envía sobre nosotros la lluvia de su Espíritu para destruir lo que no está en comunión con Cristo y prepararnos para renovar la Nueva Alianza por la participación en la muerte y resurrección del Señor que nos hace renacer a la nueva vida que ya nunca más será destruida.

El Espíritu Santo está representado por el agua en muchos lugares de la Biblia, como cuando Jesús habla a la Samaritana del agua viva que sólo Él puede dar. Es interesante notar que durante los cuarenta días del diluvio, el agua tuvo un efecto destructor de la humanidad corrompida, mientras que, después de la Alianza con el arco iris, la lluvia promueve la nueva vida, haciéndola florecer y llenándola de esplendor. Del mismo modo, durante la Cuaresma, el Espíritu Santo actúa, sobre todo, como fuego que destruye la impureza, tal como dice San Pablo a los romanos: «si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis» (Rm 8,13). En cambio, durante el tiempo pascual, tras haber renovado la Nueva Alianza por el sacrificio de Cristo, el Espíritu Santo, sobre todo, suscita el júbilo y la alabanza, y nos comunica los dones y carismas necesarios para hacer florecer y propagar la nueva vida que es participación en la victoria y la gloria de Jesucristo resucitado.

El segundo episodio en relación con la Cuaresma que nos presentan las lecturas de hoy son los cuarenta días que Jesús permanece en el desierto tentado por Satanás. Si el episodio anterior subraya el don de Dios que purifica al ser humano con la lluvia del Espíritu Santo, éste subraya el esfuerzo del hombre, que debe luchar contra el maligno para purificarse. De hecho, el camino hacia la plena comunión con Dios es como un laberinto que presenta continuamente al caminante una encrucijada, la necesidad de elegir entre dos caminos: el de la voluntad de Dios o el de las pasiones excitadas por el maligno. El evangelio, al decir que «el Espíritu empujó a Jesús al desierto», nos recuerda nuevamente que en esta ardua andadura por el laberinto de la Cuaresma nos acompaña el Espíritu Santo, que con el don del discernimiento ilumina nuestra inteligencia para que reconozca el querer de Dios en cada encrucijada, y con el don de fortaleza sostiene nuestra voluntad para que se niegue a sí misma y se adhiera a ese querer.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios:

«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva».

Marcos 1, 12-15


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