El actor Michael Lonsdale, premiado por “De dioses y hombres”, no tenía ganas de vivir y pidió ayuda a Dios: «Él dio un vuelco a mi vida»

El célebre actor reflexiona sobre el mundo del cine: «Lo considero el ambiente más propicio para dar testimonio de la fe»

28 de septiembre de 2012.- (M.V. / Religión en Libertad / Camino Católico) Artista magistral, actor de teatro y secundario de lujo en el cine, Michael Londsale (París, 1931) ha trabajado a las órdenes de los más grandes (Welles, Malle, Truffaut, Annaud, Spielberg…) y ha llevado a las tablas obras de gigantes como Beckett, Dürrenmatt o Duras.  Católico apasionado, el actor está fascinado por la frase de Dostoievski: “La belleza salvará al mundo”, aunque, casi cuarenta años después de su conversión reconoce que “Cristo le dio un vuelco a mi vida” y cree que más bien “será el amor el que salvará el mundo”.

“Mi día está lleno de oración, en un diálogo constante con Él”, confiesa. “Existe una intimidad, un intercambio inmediato con Dios. Pero, sobre todo, intento amar a todos aquellos que tengo cerca, porque el mensaje de Cristo pasa por el amor al prójimo. Y cada vez descubro más la gracia y la felicidad de saber que Dios está en cada persona. Lamentablemente, no siempre le abrimos nuestra puerta…”, afirma.

“No tenía ganas de vivir”

Él se la abrió hace más de cuarenta años: “Mis padres no eran practicantes, y yo no fui bautizado. Vivimos durante diez años en Marruecos, y fue un musulmán el que primero me habló de Dios, de una manera que realmente me impresionó. Pedí el bautismo a los 22 años, pero no fue hasta 1987 cuando realmente me encontré con el Señor».

«Yo estaba muy mal, había perdido a mis padres, a algunos de mis amigos, ya no tenía ganas de vivir. Y le pedí al Señor que me ayudara. La respuesta fue inmediata. Al día siguiente, mi padrino me llevó a conocer a un grupo de oración de la Renovación Carismática. Al entrar, quedé impresionado por los cantos, la oración y el amor que se percibía allí…”

Una carrera fulgurante

Tras una exitosa carrera cinematográfica (Moonraker, El nombre de la rosa, Munich, Ronin, Chacal…), Lonsdale fue merecedor del premio César en 2011 al mejor actor secundario por la película De dioses y hombres, donde encarna al hermano Luc, el médico del monasterio argelino de Tibhirine donde en 1997 fueron brutalmente martirizados por grupos extremistas los siete monjes trapenses que se negaron a abandonarlo por fidelidad a la gente del lugar, que los apreciaba y los quería.

Lonsdale, sin duda uno de los actores más aclamados de su generación, reflexiona en L’amour sauvera le monde (Editions Philippe Rey, París, 2011), sobre la proximidad esencial entre el arte, el cine y la fe:

Sin miedo a dar testimonio

“El cine es, respecto a cualquier otro ambiente, el más propicio para testimoniar la fe. Durante mucho tiempo, los actores creyentes no han admitido serlo porque muchas gentes del cine, las más apasionadas, eran de izquierdas y despreciaban la fe, considerándola un retroceso de la inteligencia. Cuando yo evocaba a Dios, se me echaban encima: “¡Deja ya de tocarme las narices con eso!”, me increpaban. Y así, nosotros, creyentes, atemorizados, no decíamos nada. Uno de mis grandes amigos, monseñor Dominique Rey, hoy obispo de Toulon, me dijo hace mucho tiempo: “Cuando se posee un tesoro como la fe, no debemos conservarlo para nosotros mismos, sino que es necesario compartirlo, hablar de él con los demás a nuestro alrededor”. Entonces, bajo su guía, fundamos un grupo de oración para los artistas que duró unos veinte años. Fue una increíble experiencia de acogida, de compartir y de rezar los unos por los otros. Muchas personas se acercaban con graves situaciones de infelicidad. Les hemos ayudado, hemos rezado por ellas, se han levantado, sabían que ya no estaban solas…”

 “En el fondo, los artistas no están tan lejos de la fe: buscan la belleza, la verdad, la expresión, la emoción. Pero desempeñan un oficio lleno de tentaciones: gloria, vanidad, dinero… En mi vida no he establecido jamás una frontera entre el arte y la fe. Soy artista y creyente. Se me pregunta a menudo cómo he podido hacer con convicción teatro de vanguardia, el de Beckett, por ejemplo. ¿No había, en aquella obra, un cuestionamiento de la idea de Dios? En Esperando a Godot se le espera durante mucho tiempo… En nuestra época lo espiritual se encarna, a menudo, como en Beckett, en la desesperación, en una mirada pesimista, en ocasiones llena de humor, sobre la condición humana, elevando así la miseria humana. Es una mirada de increíble compasión”.

El arte tiende a mostrar lo invisible

“Creo que todos los artistas, creyentes o no, están preocupados por la idea de Dios. El arte es una transposición de la vida, que tiende a mostrar lo invisible. Esta capacidad de sentir y presentir está presente en muchos artistas. La escritora y directora Marguerita Duras decía siempre: “Yo no creo en Dios, pero hablamos muy a menudo…”. El Señor habita en todos los seres humanos, también de manera subterránea… Una obra de arte es una herramienta considerable. Algunos se han convertido al entrar en la catedral de Chartres, removidos por su grandeza y su belleza. Otros lo han hecho escuchando música, leyendo un texto, rodando una película, como aquel joven actor que se hizo monje después de haber interpretado a Cristo. Cuando hice la representación sobre santa Teresa de Lisieux, una joven, que dudaba si hacerse o no carmelita, ha visto la obra e inmediatamente después exclamó: “He comprendido lo que es, entro en el convento”. No debemos desesperarnos, la felicidad siempre es posible. Nuestra civilización da miedo: todo se vuelve anónimo, nos hemos deshumanizado. Los jóvenes buscan algo a lo que agarrarse y que dé sentido a la existencia. Me gustaría que la mirada redentora de Cristo se posara más a menudo sobre las personas que andan perdidas. Y el arte podría contribuir a ello”.

“El hermano Luc guiaba mis palabras”

“El rodaje de “De dioses y hombres” ha sido una etapa muy importante en mi vida, aunque solo haya sido porque me ha permitido conocer al figura de frére Luc di Tibhirine. Él encarna mi ideal: no ocuparse más de uno mismo, dedicarse constantemente a los demás. He aquí una de las más hermosas directrices de la fe. Frére Luc es un personaje rico, magnífico de interpretar. Me conmovía muy a menudo, por ejemplo cuando improvisé la escena en la que se le ve acercarse a una reproducción del Cristo flagelado: de aquel modo, así, de golpe, ha expresado su amor por Cristo, aceptando compartir su sufrimiento. En esa película no tuve la impresión de recitar: lo he vivido. El Hermano Luc, que era un fraile, no un sacerdote, estaba presente, todo el tiempo, y me ha prestado su espíritu para interpretar el papel. Me guiaba en mis palabras. Poco antes de rodar la escena en la que la joven argelina me planteaba cuestiones sobre la vida y el amor, el director, Xavier Beauvois, me dijo que no estaba contento con el texto y me pidió que improvisara. Entonces, dí libertad a mi voz y las palabras llegaron solas… La vida ejemplar del Hermano Luc ilustra perfectamente esta frase de la Biblia: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Este hombre ha ofrecido su vida a Dios, pero también a todos aquellos a quienes ayudaba a diario. Luc amaba a los argelinos. Rechazó dejar el monasterio y llegó hasta el sacrificio…”.

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