Homilía del Domingo: «Dios da a conocer su vida íntima, comunión de tres personas que viven en la mutua donación de sí mismas» / Por P. José María Prats

 * «Pero al llegar la plenitud de los tiempos» se produce una nueva experiencia de Dios que va a reventar los viejos odres del judaísmo y a revolucionar nuevamente la concepción de Dios: con la encarnación de su Verbo eterno y la efusión de su Espíritu. Considerando «lo que ha visto y oído», San Juan tendrá que concluir que «Dios es amor» (1 Jn 4,8)»

Solemnidad de la Santísima Trinidad – B:

Deuteronomio 4, 32-34.39-40 / Salmo 32 / Romanos 8, 14-17 / Mateo 28, 16-20

P. José María Prats / Camino Católico.- Muchas personas que no han profundizado en la fe ven el misterio de la Santísima Trinidad como algo enigmático y artificioso, fruto de la elucubración teológica. Nada más lejos de la realidad: las lecturas de hoy nos muestran claramente que la fe en el Dios Uno y Trino es consecuencia de experiencias de Dios muy poderosas e inesperadas que hicieron necesario cambiar concepciones de la divinidad profundamente arraigadas. Veámoslo.

Del politeísmo al monoteísmo

Israel nace en un entorno de religiones politeístas. Estas religiones proyectaban sobre un mundo arquetípico de dioses y diosas la realidad que el ser humano experimenta en todos los ámbitos de su vida (pasiones, conflictos, dependencia de la naturaleza…) y, a través de ritos y ofrendas, buscaban congraciarse con estos poderes para satisfacer deseos y necesidades.

En este contexto, Israel tiene una experiencia absolutamente nueva y revolucionaria del Dios que le sale al encuentro: Él es «el que es» (Ex 3,14), el origen, sentido y destino de todo, el Dios vivo y verdadero cuya soberanía es indiscutible y cuyos designios son santos, fuente de vida y salvación, el Dios que quiere compartir su vida con los que acogen su voluntad para hacer de ellos un pueblo santo, libre y feliz, el Dios que actúa con poder en la historia cumpliendo su promesa de salvación.

La primera lectura manifiesta maravillosamente esta experiencia extraordinaria que lleva a Israel a cambiar radicalmente su concepción de Dios en contraposición y pugna con los pueblos vecinos: «¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»

La revelación de la vida íntima de Dios

«Pero al llegar la plenitud de los tiempos» se produce una nueva experiencia de Dios que va a reventar los viejos odres del judaísmo y a revolucionar nuevamente la concepción de Dios: con la encarnación de su Verbo eterno y la efusión de su Espíritu, Dios da a conocer su vida íntima, comunión de tres personas que viven en la mutua donación de sí mismas. Considerando «lo que ha visto y oído», San Juan tendrá que concluir que «Dios es amor» (1 Jn 4,8).

En el evangelio de hoy vemos a los apóstoles regresando a Galilea tras los años vividos junto al Maestro y la experiencia de su pasión y muerte. Y al contemplarlo resucitado se postran ante Él rindiéndose a la evidencia de su divinidad, desafiando así las convicciones más firmes del judaísmo: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn 19,7).

En la segunda lectura San Pablo nos habla de la experiencia del Espíritu Santo: «Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre)». La profunda transformación en la vida de las personas y comunidades que habían tenido esta experiencia y los signos que las acompañaban evidenciaban la realidad del Espíritu Santo por cuya efusión el Dios-Amor había venido a habitar en ellas.

Vemos, pues, cómo el misterio de la Santísima Trinidad que hoy contemplemos no es una extraña elucubración teológica sino todo lo contrario: el reconocimiento de experiencias poderosísimas que han roto nuestros esquemas de pensamiento y nos obligan a decir: “Amén. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”.

José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Mateo 28, 16-20


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