Homilía del Evangelio del Domingo: Jesús como Buen Pastor nos muestra la paternidad de Dios / Por P. José María Prats

* «Él conoce a cada uno por su nombre y nos ha amado hasta el extremo, dando su vida por nosotros en la cruz para liberarnos del poder del pecado que tuerce y destruye nuestra vida. Él quiere que nos amemos entrañablemente entre nosotros y permanezcamos unidos formando «un solo rebaño con un solo Pastor». Y cuando, haciendo mal uso de la libertad que nos ha dado, rechazamos su amor incondicional y nos dejamos seducir por el mal destruyendo la vida de la gracia en nosotros y apartándonos del rebaño que camina hacia las verdes praderas de la vida eterna, siente desgarrarse su corazón de padre”

Domingo IV de Pascua – B:

Hechos 4, 8-2 / Salmo 117 / 1 Juan 3, 1-2  / Juan 10, 11-18

P. José María Prats / Camino Católico.- El evangelio de hoy nos presenta a Jesús como el Buen Pastor que conoce íntimamente a sus ovejas y da su vida por ellas. Es una imagen llena de fuerza que debemos interiorizar no sólo con la inteligencia, sino también con el corazón. Y para ello conviene que meditemos sobre la experiencia de la paternidad.

Los que sois padres o madres os sentís vinculados a vuestros hijos con una fuerza indescriptible y misteriosa. Os sentís responsables de su bienestar y de que anden siempre por el buen camino para que su vida sea plena y feliz. Y para ello sois capaces de realizar los más grandes sacrificios y, si fuera necesario, hasta de dar la vida por ellos. Por otra parte, amáis a cada uno de vuestros hijos de una manera especial y deseáis que entre ellos se quieran mucho y permanezcan siempre unidos.

Finalmente, algunos habréis tenido la amarga experiencia de los hijos que no saben escuchar, que son incapaces de reconocer vuestro amor incondicional por ellos y se dejan seducir por presuntos “amigos” que los llevan por malos caminos. Y si por ello su vida se tuerce y descarría sentís un dolor y una impotencia muy grandes.

Pues todos estos sentimientos e impulsos que tenéis hacia vuestros hijos son solamente un débil reflejo de lo que Dios siente por cada uno de nosotros. Porque no es que lo de Dios se parezca a lo nuestro, sino que nuestra paternidad es participación parcial e imperfecta en la paternidad de Dios, tal como dice San Pablo: «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3,14-15).

La figura de Jesús como Buen Pastor nos muestra elocuentemente esta paternidad de Dios. Él conoce a cada uno por su nombre y nos ha amado hasta el extremo, dando su vida por nosotros en la cruz para liberarnos del poder del pecado que tuerce y destruye nuestra vida. Él quiere que nos amemos entrañablemente entre nosotros y permanezcamos unidos formando «un solo rebaño con un solo Pastor». Y cuando, haciendo mal uso de la libertad que nos ha dado, rechazamos su amor incondicional y nos dejamos seducir por el mal destruyendo la vida de la gracia en nosotros y apartándonos del rebaño que camina hacia las verdes praderas de la vida eterna, siente desgarrarse su corazón de padre.

¡Doblemos, pues, nuestras rodillas ante esta paternidad inefable de Dios y vivamos como los hijos que merece un Padre así!

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús habló así:

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre».

Juan 10, 11-18


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