Homilía del Evangelio del Domingo: Como la Sagrada Familia, la familia ha de poner a Dios en el centro de la vida / Por P. José María Prats

* «Las lecturas que hemos escuchado nos hablan de las virtudes domésticas que han de vivirse en las familias para que reine en ellas la armonía y la paz: la humildad, el respeto mutuo, la dulzura, la comprensión… Todas estas virtudes fueron vividas en plenitud por la Sagrada Familia. La principal virtud: poner a Dios en el lugar que le corresponde, es decir, en el centro de la vida. Ésta es, sin duda, la virtud más importante para que una familia pueda vivir en armonía: cuando todos sus miembros dejan de mirar al pequeño mundo de sus intereses personales y alzan sus ojos hacia Dios con el deseo de cumplir sus mandamientos y vivir en el servicio a los demás, entonces la vida familiar se convierte en algo maravilloso»

La Sagrada Familía – C

Eclesiástico 3, 2-7, 12-14/  Salmo 127  / Colosenses 3, 12-21 / Lucas 2, 41-52

P. José María Prats / Camino Católico.- Este domingo que sigue a la Navidad, habiendo revivido el nacimiento de Jesús, la liturgia nos acerca a la intimidad de la familia en que creció y se desarrolló el Hijo de Dios hecho hombre.

Las lecturas que hemos escuchado nos hablan de las virtudes domésticas que han de vivirse en las familias para que reine en ellas la armonía y la paz: la humildad, el respeto mutuo, la dulzura, la comprensión… Todas estas virtudes fueron vividas en plenitud por la Sagrada Familia. En la escena que describe el Evangelio de hoy, vemos algunas de ellas.

Se empieza diciendo que esta Familia solía ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Vemos ya aquí la principal virtud: poner a Dios en el lugar que le corresponde, es decir, en el centro de la vida. Ésta es, sin duda, la virtud más importante para que una familia pueda vivir en armonía: cuando todos sus miembros dejan de mirar al pequeño mundo de sus intereses personales y alzan sus ojos hacia Dios con el deseo de cumplir sus mandamientos y vivir en el servicio a los demás, entonces la vida familiar se convierte en algo maravilloso, como proclama el salmo de hoy: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien; tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa».

Vemos también que la Sagrada Familia no viajaba sola, sino que iba acompañada de otras familias, entre las cuales estaban sus parientes y conocidos. He aquí otra virtud importante: la familia no puede ser una burbuja aislada, sino que ha de integrarse en la comunidad más amplia donde se comparte la fe y el servicio mutuo, con especial atención a los más necesitados.

El episodio del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo resulta a primera vista un poco extraño, pues parece como si Jesús desobedeciera a sus padres y se mostrara desconsiderado con ellos. En realidad, lo que el evangelista quiere mostrarnos en este pasaje es la manifestación de la identidad y vocación de Jesús, y la reacción que produce en sus padres. Ellos «se quedaron atónitos» y «no comprendieron lo que quería decir»: se les estaba manifestando nada menos que el misterio inefable del Hijo eterno de Dios cuya identidad y vocación es hacer la voluntad del Padre: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?».

Sin embargo, dice San Lucas que, después, Jesús «bajó con sus padres a Nazaret y siguió bajo su autoridad». De este modo se sometía a la voluntad de su Padre celestial, que ha dado autoridad a los padres sobre sus hijos para que puedan cuidarlos y educarlos durante su infancia y juventud.

La virtud de la obediencia y del respeto a los padres es algo muy agradable a Dios. Lo hemos escuchado en la primera lectura: «El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros (…); el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha». Si Jesús, siendo el mismo Dios, se sometió humildemente a la autoridad de sus padres, cuánto más los niños y jóvenes deben imitarle en esta virtud, siempre que lo que pidan los padres no sea injusto o contrario a la ley de Dios.

Pero también los padres deben ser prudentes y comprensivos con sus hijos. «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos» –nos ha dicho San Pablo. De hecho, la Virgen María nos da una gran lección en este sentido: Tras el desconcierto producido por el episodio con su Hijo en el Templo, dice el evangelista que Ella «conservaba todo esto en su corazón». Es decir, supo acoger con un profundo respeto y con una actitud contemplativa el misterio de la vocación de su Hijo, aceptando su incapacidad de comprenderla y controlarla.

Estoy seguro de que si fuéramos capaces de imitar esta actitud contemplativa de María hacia el misterio insondable de la identidad y vocación de cada uno de los miembros de nuestra familia, nuestros hogares serían remansos de paz y de armonía.

Que Jesús, José y María bendigan a nuestras familias y a todas las familias del mundo.

P. José María Prats

Evangelio

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.

Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo:

«Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando».

Él les dijo:

«Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?».

Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.

Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Lucas 2, 41-52


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