Juan Romero, hoy sacerdote en Ecuador, fue sanado milagrosamente, a los 4 días de nacer: «Dios es fantástico y me salvó a través de Juan XXIII»

“Nací sietemesino, un Viernes Santo y, en expresión de mi madre, hecho un asquito: pulmones encharcados, problemas de circulación sanguínea… El cuadro clínico era tal que el pediatra informó de que no viviría. Mi madre rezó mucho y con mucha fe a Juan XXIII, que hacía cuatro años había fallecido. Y el primer milagro que hizo Juan XXIII fue que las monjas del hospital me bautizaron de emergencia: ¡qué bueno fue Dios, que me incorporó en su Iglesia al poco de nacer!”

25 de abril de 2014.-(José Antonio Méndez / Alfa y Omega  / Camino Católico) El pediatra dijo que Juan, de 4 días, iba a morir: tenía una hemorragia cerebral, los pulmones encharcados y las piernas sin circulación. Doña Dolores García, la madre del pequeño, rezó a Juan XXIII, muerto cuatro años antes. Horas más tarde, el niño estaba sano. Juan es hoy sacerdote y explica que su caso es uno de los muchos milagros, por intercesión de Roncalli, que han llevado al Papa Francisco a adelantar su canonización.

«Los detalles de mi nacimiento los conozco desde que tengo conciencia. Mis padres siempre me contaron que le debo la vida a Juan XXIII, y con el tiempo me he ido enterando de que nací sietemesino, un Viernes Santo y, en expresión de mi madre, hecho un asquito: pulmones encharcados, problemas de circulación sanguínea… El cuadro clínico era tal que el pediatra informó de que no viviría. Mi madre rezó mucho y con mucha fe a Juan XXIII, que hacía cuatro años había fallecido. Y el primer milagro que hizo Juan XXIII fue que las monjas del hospital me bautizaron de emergencia: ¡qué bueno fue Dios, que me incorporó en su Iglesia al poco de nacer! Hoy, cada vez que celebro la Santa Misa, rezo por esas buenas religiosas. Pero Juan XXIII no se conformó con eso y, en pocas horas, el cuadro clínico cambio totalmente y me curó». Así narra don Juan Romero, sacerdote del Opus Dei en Ecuador, el milagro por el que Dios, a través de Juan XXIII, le salvó la vida hace ahora 47 años.

Su caso es uno de los muchos milagros, gracias y curaciones inexplicables atribuidas a la intercesión de Angelo Roncalli, de los que se tiene constancia en la Santa Sede. De hecho, el cardenal Amato, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, ha explicado que, en rigor, la canonización de Juan XXIII no se trata de una canonización equivalente, que depende de la potestad del Santo Padre, sino que, más bien, el Papa Francisco, ante la abundancia de evidencias de santidad, ha dado por supuestos algunos trámites para hacer coincidir la dos celebraciones.

Una devoción paso a paso

El razonamiento del Santo Padre es similar al que tuvo doña María Dolores García, la madre de Juan Romero, pues, como explica su hijo, «mi caso no se incluyó en la Causa: mi madre no guardó la documentación médica que hubiera sido necesaria, pues nunca dudó que Juan XXIII sería santo». Y, aunque años más tarde, «lo puso por escrito y se lo hizo llegar a Lucca de Rosa, el Postulador, supongo que el único valor que tiene es ser un testimonio más».

Don Juan Romero explica que su devoción al Papa bueno ha crecido con los años: «Dios es fantástico y, desde que me salvó a través de Juan XXIII, me ha guiado poco a poco, y ahora, cada vez soy más feliz. De adolescente, le tenía solamente cariño; luego, poco a poco, creció la devoción. En los años que estudié en Roma, cuando podía, me escapaba a la Cripta de los Papas, me ponía de rodillas y hablaba con él. Oía cómo pasaba mucha gente y se referían a él como il Papa buono. No sé si será por eso que ahora le pido que me dé algo de su bondad: ése no dejar de ayudar a quien se acerque a mí, tratar a todos con humanidad y mansedumbre…»

La canonización va a vivirla desde Quito, pues ese día va a predicar un retiro a mujeres que trabajan como empleadas del hogar. «Será un día de oración intensa, pues se aprende mucho cuando se predica a estas personas», explica. Y, quizás, también relea Diario del Alma, del Papa Roncalli, pues, «siempre que lo leo, me golpea el modo en que luchaba tenazmente por conquistar, con ayuda de Dios, la humildad y la piedad, a través de propósitos muy concretos para el día siguiente. Le pido que me haga piadoso y humilde, y que me enseñe a esforzarme día a día como él: de modo positivo, riéndome de mí mismo, aprendiendo de mis errores y con valentía para seguir al Espíritu».

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