La princesa Alessandra Borghese se convirtió a Cristo al asistir a Misa por cortesía, invitada por otra princesa, Gloria von Thurn

* “He recuperado la fe gracias a una gran confesión, a un cambio radical de vida. Yo puedo decir de mi conversión que es una palabra ¡enorme! Pero después, cada día, uno tiene que convertirse, tiene que decir: sí, Jesucristo, yo te amo, te quiero seguir; porque la tentación está siempre ahí”

“Un converso o conversa es muy amado o muy detestado, porque no es sólo la prueba de que Dios existe, sino de que continúa actuando hoy, en este mundo, donde hay aborto, clonación, matrimonio homosexual, eutanasia. Eso es nuestra fe: un gran encuentro de amor”

Alessandra_Borghese en Panarea, su lugar de vacaciones

Camino Católico.- La princesa Alessandra Borghese (Roma, 1963) es descendiente de la antigua aristocracia romana y del Papa Pablo V, gracias al cual su apellido se encuentra visible en la fachada de San Pedro de El Vaticano. Absolutamente desentendida de la fe desde su juventud, la madurez le trajo el redescubrimiento del Misterio, y la catapultó a la fama literaria contando su testimonio de conversión en el libro «Con Ojos Nuevos».  

Alessandra se acerca a la Iglesia a través del testimonio de una amiga, la princesa Gloria von Thurn, a quien nombra solo por su nombre en el testimonio escrito. Además, no es a través de largas discusiones sobre Dios o la Iglesia, sino por el sencillo gesto de invitarla a Misa, porque era domingo. Así Alessandra, que había compartido con su amiga otros ambientes se ve de nuevo en relación con la Iglesia. Ofrecemos el testimonio de Alessandra Borghese en el programa “El regreso a casa” de la EWTN, presentado por Marcus Grodi. También sintetizamos su camino vital a través de lo que contó en el libro testimonial y cuanto ha manifestado en numerosas entrevistas y artículos.

Ella misma ha explicado reiteradas veces que el método  de Dios es sencillo: “Con frecuencia, para abrirse camino se sirve de la fe de otros hombres, que se ponen a su disposición como instrumentos. Siervos inútiles, como nos recuerda el Evangelio; pero, eso sí, utilizados por un Dios que prefiere andar de puntillas, con gran respeto, como exige el amor”.

Así explica en “Con ojos nuevos” como se alejó de la fe

El libro «Con ojos nuevos» de Alessandra Borghese

El linaje de los Borghese alcanzó su culmen justamente cuando uno de sus miembros, Gamillo, fue elegido Papa y tomó el nombre de Pablo V. La tradición de la familia se enraíza, pues, en la fe cristiana; católica, más en concreto. Los Borghese formaban parte de la llamada “aristocracia negra», que durante siglos desempeñó las tareas del servicio noble a la sede pontificia. También papá y mamá nos educaron conforme a la tradición. Yo me formé en colegios religiosos hasta el final del bachillerato. No obstante, desde la adolescencia me fui distanciando progresivamente de todo ese mundo, sin mostrar jamás un verdadero interés por la fe. Es cierto que rezaba alguna vez, aunque naturalmente sólo para pedir favores y sin auténtica convicción. Nunca me planteé en serio el problema de Dios. Creía en su existencia, pero en el fondo no me importaba nada de Él. Vivía, en la práctica, como si no existiese. Además, con los años fue creciendo en mí un sentimiento de crítica y de desafecto hacia la Iglesia y hacia los que la componen. La consideraba una institución rígida, polvorienta y anticuada, imposible de conciliar con la vida moderna, con un pensamiento abierto y tolerante.

Debo reconocer que, en el fondo del corazón, tal vez la convicción era diferente. De cuando en cuando algo trataba de salir a la superficie, de aflorar en mi conciencia. En diversos momentos de particular sufrimiento, que ciertamente no faltaron en mi entonces corta vida, tentada estuve de abrirme e incluso llegué a pedir ayuda. Cerca anduve de confesar que algo no iba bien en mi forma de vivir. Sin embargo, una y otra vez ahogué drásticamente cualquier deseo de profundización, acallé -a veces hasta con violencia- las recriminaciones de mi conciencia. Mi resistencia, influida también por el ambiente en que me desenvolvía, era demasiado fuerte. Practicar la religión no estaba en absoluto de moda. Esto era algo que formaba parte de las reglas no escritas, pero tácitamente vigentes y observadas por la juventud rica en títulos, en posición social y en patrimonio con la que me codeaba.

Para mí, e igualmente -creo, sin pretender juzgar- para cualquiera de los que frecuentaba, los valores que contaban eran distintos: emprender  y sacar adelante un trabajo prestigioso y rentable; cultivar relaciones internacionales con las familias más boyantes del planeta, incluidas las reales: interesarse -más allá de los negocios- por la cultura, por el arte…, pero nunca por la religión, y menos aún por la católica, considerada la más cerrada y moralista de todas.

Alessandra Borghese con Juan PabloII

Cuando Juan Pablo II fue elegido Papa, yo era aún adolescente. El cónclave me pilló en Roma. Aquel día, en cuanto me enteré de que había fumatta blanca, salí en moto a toda prisa con mi hermano hacia la Plaza de San Pedro. Fue un momento de alegría y de entusiasmo, naturalmente más emotivo que reflexivo. Lo recuerdo muy bien.

Alguna que otra vez, durante su pontificado, este Santo Padre venido del Este atrajo mi atención, sobre todo cuando se dirigía a los jóvenes, como yo lo era, hablándoles de Jesucristo con gran libertad y proponiéndoles ideales exigentes. A punto estuve de caer rendida en más de una ocasión. Pero todo se desvanecía luego rápidamente: en cuanto pensaba en la moral católica, que entonces sólo me parecía un conjunto de reglas rígidas, frías e imposibles de cumplir.

Buscando sentido a la vida

Alessandra asegura en su primer libro testimonial que “toda distinción de linaje y de clase resulta ridícula ante el Misterio en el que cada vida está inmersa. La de un ser anónimo y la de una princesa. No tenemos, todos, más que un solo Padre. Y, todos, no somos más que hijos necesitados de perdón, de comprensión, de cariño, de esperanza. Cada cual, ciertamente, con su propia historia. Pero cada uno bajo una mirada donde conviven misericordia y justicia”

Alessandra Borghese en su apartamento de Roma

Poco a poco, a medida que crecía y se percataba de la tradición que le precedía y en la que se hallaba inmersa, sentía “orgullo y alguna vez arrogancia, pero también una especie de miedo, de angustia sutil”. No resultaba sencillo conciliar la prestancia de la estirpe a la que pertenecía con su persona. Intuía que le aguardaban cometidos exigentes y Alessandra asegura: “aprendí, cada vez con mayor soltura, a moverme con destreza en la larga cadena de hombres y mujeres que, partiendo de Siena, echaron sólidas raíces en Roma, hasta llegar hasta mí. Ahora bien, si sabía de dónde provenía, no tenía claro en cambio a dónde me dirigía, a dónde conducía todo esto, cuál era el objetivo final de esta importante historia pública y privada”. Además cuenta que la búsqueda de sentido a la propia vida no conoce de clases sociales:

“Durante largos años  he buscado respuestas tirándome de cabeza a la vida, sacando fruto con energía y -debo reconocerlo- con cierta audacia a las muchas posibilidades que se me ofrecían. Sin embargo, cada vez, me daba más cuenta de que todo eso no era suficiente. Y ello porque -conviene decirlo, para disipar prejuicios- en algunas situaciones de la vida no hay privilegios que valgan: la posición social o la alcurnia ayudan poco o nada. Es más, tal vez pueden resultar un obstáculo. Cuando lo que se busca es un sentido a la vida y a la muerte, todos al fin somos iguales, todos experimentamos el mismo desasosiego, las mismas ansias, y sentimos especial necesidad de ser acogidos y amados. Todos querríamos oír que nuestros esfuerzos, nuestro empeño por construir algo grande y bueno en esta vida, no acabarán en la nada, sino que tendrán continuidad, siquiera de un modo misterioso. Sin esta esperanza, todos, con título nobiliario o sin él, famosos o anónimos, nos sentimos infelices e insatisfechos”.

La narración en  de su conversión en el libro «Con Ojos Nuevos»

“Habíamos viajado a la ciudad americana con un grupo de artistas italianos contemporáneos, entre ellos Cucchi, Chia y Ontani, para una exposición en la sala Fendi. Gran alegría me produjo reencontrar a mi amiga de antaño. Decidimos volver a vernos pronto. Ella me citó para los días del Ferragosto en el lago Stamberg. Acepte.

Recuerdo perfectamente que el 15 de agosto de aquel año cayó en sábado. Llegué el martes anterior. Pasé toda la jornada del miércoles practicando deporte, dando largos paseos por las orillas del lago y jugando a las cartas con Gloria (N de la R: se refiere a la princesa Gloria von Thurn) y otros amigos allí presentes. Tan sólo tenía la pega de la elección: tenis, esquí acuático, montar a caballo, golf. A mí me gustaban todos y los había practicado desde pequeña.

A la mañana siguiente, jueves, Gloria propuso a sus huéspedes un programa diferente: nos invitó a ir a Misa con ella y su familia. Consideré el asunto con despego: iría por cortesía. Yo quizás era todavía creyente, pero muy fría y lejana. Y ciertamente no practicante. Como me disgustaban los formalismos, procuraba eludir, si podía, las ocasiones que implicaban la asistencia a ritos religiosos. Las aceptaba exclusivamente cuando me lo imponían las reglas de la buena educación. Tal era el caso de la invitación de Gloria. Fui, pues, a Misa con los demás, y todo acabó ahí. Las vacaciones continuaron luego como el primer día: volcados en nuestras diversiones deportivas y mundanas.

Alessandra Borghese en New York en octubre de 2009

El sábado siguiente, Ferragosto, era fiesta de nuevo, también religiosa. Era la gran celebración de la Asunción de la Virgen, día en que se festeja el triunfo de una mujer, María de Nazaret, que, con su disponibilidad a Dios, hizo posible la encarnación de Jesús y la salvación que Él nos alcanzó. Salvación ya visible en Ella, pues fue glorificada también en su cuerpo y, por ello, asunta al Cielo..

De todo esto yo entonces sabía más bien poco o nada, pero me asombre todavía más que la primera vez cuando Gloria nos reunió de nuevo y nos invitó a acompañarla a Misa. Prevaleció siempre la buena educación. Sin embargo, a diferencia de la vez anterior, a la necesidad de fair play, de no quebrantar las reglas de la hospitalidad, se le unió muy pronto un distinto estado de ánimo, con el que proseguí los días siguientes. Me sorprendió mucho esta asiduidad en frecuentar la iglesia y en participar en la Misa, no sólo el domingo, sino incluso la festividad precedente, tan inmediata en el tiempo. Me pareció curiosa esta invitación -amable, pero firme- dirigida a los huéspedes, este programa de vida en el que la Misa ocupaba un puesto preponderante, que no cedía ni ante el deporte ni ante los demás tipos de entretenimiento que, desde luego, no faltaron a lo largo del día.

Intuí que para Gloria y su familia se trataba de un asunto importante, sentido de veras, más allá del puro respeto formal de una tradición aristocrática. Con mayor motivo cuanto que todos ellos parecían vivir este hecho con gran naturalidad, con sencillez, diría que con una alegría contenida pero evidente. Así las cosas, la participación en el rito sagrado, que más tarde he comprendido que es el corazón del cristianismo, no la percibí como una especie de medalla colgada al cuello de mis anfitriones, que uno se pone durante un rato para después quitársela y volver a meterla en un cajón. La consideré, más bien, como un traje que uno viste habitualmente y se lleva con comodidad y soltura.

Comprendo que todo esto pueda asombrar a quien tiene familiaridad con la fe. Sin embargo, para mí resultó entonces un descubrimiento desconcertante, que me dio mucho que pensar y acabó provocando un vuelco de mis ideas.

Creo que resulta comprensible, pues, mi sorpresa ante el comportamiento de Gloria y de sus hijos, ante esa fe católica mostrada sin reservas ni vergüenza, no como un acto formal, sino como un aspecto importante de la vida. Eran personas de mi propio ambiente y, por tanto, de las que se saben bien las reglas. De Gloria, además, conocía su vivacidad y sus ganas de vivir, su capacidad de desenvolverse con gran señorío, al tiempo que con una pizca de fascinante anticonformismo: una princesa moderna, pero a la vez inserta en la tradición. ¿Por qué se comportaba de aquella manera? Entendí que, en los años en que no nos habíamos visto, ella había dado un gran cambio. Su marido, el príncipe von Thurn und Taxis, mucho mayor que ella, había muerto pronto, en 1990, dejándola con tres hijos, un patrimonio y un linaje que asentar de nuevo. Era probable que esto hubiese hecho emerger en ella aspectos que yo desconocía.

No conseguí olvidar los pocos días pasados junto al lago alemán, ni las emociones que allí había experimentado”.

La conversión cosa de cada día

Alessandra Borghese en el santuario de Lourdes

De su conversión Alessandra Borghese subraya que “no es gracias a Gloria como he recuperado la fe. Ella ha sido un instrumento en un momento dado, y he recuperado la fe gracias a una gran confesión, a un cambio radical de vida. Yo puedo decir de mi conversión que es una palabra ¡enorme! Pero después, cada día, uno tiene que convertirse, tiene que decir: sí, Jesucristo, yo te amo, te quiero seguir; porque la tentación está siempre ahí”.

La conversión puede ser por un factor excepcional o por un factor banal: “Mi conversión ha sido bastante banal, porque yo no he visto una luz, ni me he caído de un caballo, no he oído una voz. Yo tenía muchísimos prejuicios respecto a la Iglesia, a la religión, a Jesucristo, por eso entiendo muy bien la mentalidad laicista o derrotista que hay en este mundo, porque yo también la tenía. Mi conversión es más banal porque estos prejuicios han empezado a derretirse. ¿Cómo? Abriendo el corazón al misterio. Reconociendo que tenemos algo divino dentro de nosotros y que tenemos que levantar los ojos desde abajo para mirar al cielo, y tener esperanza, porque la vida no termina aquí, porque tenemos que recordar que antes de ser hijos de nuestros padres somos hijos de Dios”.

Alessandra está convencida que hay que vivir con visión de eternidad: “No seremos felices amasando, teniendo éxito y siendo más ricos, sino haciendo el bien a los otros, también porque creemos en la eternidad, en la vida eterna. La vida no acaba aquí; si no, sería una broma de verdad no muy simpática. Por eso, muchos prejuicios cierran los ojos y parece que el hombre está en un mundo humano. No es sólo humano. Es también divino. Y hay muchísima esperanza. Tenemos que confiar en nuestro creador. Esa confianza puede mudar la manera de vivir, de afrontar las grandes pruebas, los sufrimientos, y también las grandes alegrías, que también las hay en la vida”.

El encuentro con Jesucristo Resucitado

La princesa Alessandra ha hablado en reiteradas ocasiones de su libro testimonial “Con ojos nuevos” como “el libro de mi corazón, que va a ser siempre el libro de mi vida. Soy una persona muy apasionada. Este libro es un pequeño diario de mi alma. Vivimos en un mundo de exterioridad, donde cuenta el físico, la presencia: tienes que ser guapo, tener éxito, todo lo exterior pasa a primer plano. Decidí escribir ese libro para contar lo que pasa en mi alma. Cuando pasa algo importante, como ha pasado en mi vida, porque he encontrado nuevamente la fe, es una revolución, un cambio radical en la visión de la vida. He intentado también hacerme preguntas, porque tenía que comprender quién es Jesucristo, qué es el cristianismo hoy”.

Y realmente lo ha comprendido con profundidad porque lo explica con toda llaneza: “El cristianismo no es una ideología, no es una filosofía, es un encuentro. Es un encuentro con una persona, que se llama Jesucristo. Ese encuentro puede cambiar radicalmente la vida de una persona. Jesucristo no es alguien que ha vivido hace 2000 años en Palestina y después parece que ha resucitado. Es alguien que sigue vivo. A Jesucristo puede encontrársele en el altar, en la Eucaristía. Él está ahí para nosotros. Somos nosotros los que no tenemos tiempo para ir a saludarlo o encontrarlo”.

La princesa Alessandra Borgheseda razón de los motivos para contar su conversión y de las vivencias de los conversos:

“Cuando hay un encuentro tan importante, revolucionario, uno quiere comunicarlo. Hay gente que puede pensar que esto es exhibicionismo, atraer la atención diciendo: tengo fe. Yo espero que la gente vea el bien y no busque el mal. Lo que puedo decir, lo cuento con sinceridad. No es Alessandra Borghese la que ha tocado los corazones, es Jesucristo por medio de un instrumento. Pienso que un converso o conversa es muy amado o muy detestado, porque no es sólo la prueba de que Dios existe, sino de que continúa actuando hoy, en este mundo, donde hay aborto, clonación, matrimonio homosexual, eutanasia. Eso es nuestra fe: un gran encuentro de amor”.

Amor a Cristo y a la Iglesia

Cristo es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia y Alessandra lo tiene claro:

Alessandra Borghese con el Papa Benedicto XVI

“No es posible amar a Cristo sin amar a su Iglesia, que es su cuerpo místico. Es muy cómodo decir: a mí me gusta Jesucristo, pero a la Iglesia no puedo ni verla. Muchas veces hay prejuicios sobre la Iglesia, que matan una posible apertura. Claro que la Iglesia tiene hombres, humanos, pecadores. No son santos, lo intentan. También hay mucho bien. ¿Por qué buscar sólo el mal y no intentar ver el bien? Existe la tendencia a ver en Cristo un hombre admirable, pero nada más.

La certeza de que Cristo ha vivido, muerto y resucitado es un dato. Pero esto no es lo importante. Lo importante es que él puede todavía hoy cambiar la vida de las personas. Lo hace. Yo, como otros, soy una prueba de esa actuación. Claro que yo puedo cerrar los ojos, ver sólo el mal, tener una mentalidad destructiva, con una actitud completamente cerrada frente al misterio.

La diferencia más grande está en cómo se afrontan las pruebas en la vida. Cuando crees en Jesucristo, no te sientes solo. En las pruebas más difíciles, no estás solo. Cuando no crees en nada, estás muy solo. Hay mucha gente que siente deseos de hacer bien, de solidaridad, pero quiere una compensación, quiere tener pruebas de que va a recibir, o sentirse satisfecho…

Si haces el bien a una persona y esperas que esa persona te lo devuelva, eres un poquito ingenuo. Porque el bien se hace y se da sin esperar nada, y puede volver a nosotros por otra persona de la que no lo esperábamos. Tiene que haber una apertura de corazón, porque el bien no es una cosa que doy para recibir, no es una moneda de cambio. ¡Trabaje con los enfermos! Verá cómo tiene satisfacción inmediatamente y cómo cambian sus ideas. El mundo no se cambia quedándose sentado en un sofá y jugando, sino yendo hacia los otros, que necesitan amor. No es teoría, es práctica”.

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