María Tarruella era “hippie”, se encontró con Dios en la JMJ que la hizo crecer en su amor con un hijo con una grave cardiopatía

* «Cuando volvemos a España, con Santiago, pensamos: “Nosotros hemos tenido esta suerte de volver con este niño, no curado -porque volvía con marcapasos y tal- pero hemos pasado este drama. Pero, ¿qué pasa con todas las personas que quizás no tienen estos apoyos que nosotros hemos tenemos, tanto familiar, como de fe?” Y entonces dijimos: pues quizás nos reunimos con otros padres y montamos una fundación… Y así hicimos, montamos una Fundación que se llama “Menudos Corazones” que da apoyo a familias con niños enfermos de corazón»

Camino Católico.- María Tarruella de Oriol era una joven estudiante de Bellas Artes a la que le gustaban el estilo y los ambientes “hippies” cuando participó casi por casualidad en la JMJ de Santiago de Compostela. Una fuerte experiencia del amor de Dios en el Monte del Gozo, al término de la Vigilia de oración, y la voz del Papa San Juan Pablo II atronando en su corazón y ofreciéndole la respuesta a su búsqueda interior, cambiaron totalmente la vida de María Tarruella.

Pasado el tiempo, ya casada y embarazada de ocho meses, escuchó a su esposo hacer una oración sorprendente:  «Señor te ofrecemos el bebé que estamos esperando. Si hay un niño en alguna parte del mundo que vaya a ser abortado por una enfermedad, dánoslo a nosotros, y bendícenos con ese regalo de un niño enfermo».

Su hijo Santiago nació, semanas después, con una cardiopatía severísima y un pronóstico desolador. María recuerda que nadie la felicitó, nadie la envió flores. Pero años después, ella puede afirmar: “Es algo a enfocar bien, porque el sufrimiento te hace crecer y te hace amar mucho mas. Y si nosotros no hubiéramos sufrido tanto y tan profundamente -porque no hay nada peor que ver el sufrimiento de tu propio hijo- yo creo que no hubiéramos podido construir una familia tan fuerte y tan estable”. Escucha de sus propios labios su testimonio en el programa “Cambio de Agujas” de H.M. Televisión, que puede verse en el vídeo que ofrecemos. La transcripción de toda la entrevista es la siguiente:

– Hoy tenemos con nosotros a María Tarruella que, además de ser una gran pintora, también es una gran mujer: es patrona y vicepresidenta de la Fundación Menudos Corazones. Muchas gracias por acompañarnos María. 

– Gracias a vosotros por venir, gracias Cristina por darme esta oportunidad de venir a estar un rato con vosotros.

– María, también sé que eres madre de cuatro hijos, que son una maravilla, y que dos de ellos llevan bastante trabajo porque tienen problemas de corazón, pero para comenzar por el principio, queríamos saber, ¿cómo encontraste a Jesús?

Pues para explicar como encontré a Jesús, lo primero es explicar que yo no iba buscándole, más bien me liaron. Yo tenía entonces unos veinte años, estaba en la Universidad, estudiaba Historia del Arte y Bellas Artes. Os podéis imaginar que el ambiente de Bellas Artes muy religioso no es. Yo iba más bien buscando experiencias nuevas, experiencias nuevas que me llenaran. No sabía muy bien qué es lo que estaba buscando. Estaba en un ambiente más bien “coleguilla” de guitarras, porros, música… Me gustaba el ambiente un poco «hippie».

Y entonces una prima mía me dijo: “Vamos a ir todo un grupo a Santiago Compostela porque viene el Papa. Seremos millones de jóvenes”. Y yo pensé: “Esto suena a Woodstock”. Y me dije: “Qué divertido va a ser. Super kumbayá el ambiente”. Claramente no me lo explicó todo…  Me subí al autobús y dije: “Bueno, qué divertido”. Pero cuando empezaron todos a rezar, yo pensé: “Dios mío, dónde me he metido”. Pero el ambiente en las calles de Santiago era tan bueno y tan divertido, todos bailando jotas, riendo y cantando, que a través de todo eso yo creo que el Señor fue preparando mi corazón, diciéndome: “Yo estoy en la alegría”.

 Yo había puesto una etiqueta a todo lo que viniera de un ambiente de fe, pensaba “eso es un rollo, yo no quiero ser como esos, no quiero perder –digamos- mi chispa de la vida, porque la gente de la Iglesia no tiene chispa”. Ese pensamiento me alejaba de la gente de Iglesia. Pero al verlos ahí, todos bailando, cantando alegres, dije: “Esta alegría me gusta”. No sabía lo que era pero participaba de ella. Y así pasó mi primera Jornada Mundial de la Juventud, en la que me iba gustando, me iba gustando el ambiente.

Pero llegando ya al quinto día de risas y ambiente, dije: “Bueno, ya. Me quiero ir a casa”. Pero tocaba la Misa. Llegó el momento de la Misa con el Papa, y la noche antes había que dormir en el Monte del Gozo. Los que estuvisteis entonces recordaréis que hizo un frío horrible: hubo casos de hipotermia, venían las ambulancias, se llevaba a la gente, nos pusimos todos papel de periódico debajo de la ropa, además de los abrigos, porque estamos congelados. Es importante contaros lo del frío, porque en un momento dado una del grupo me dice: “¿Me acompañas al cuarto de baño?” Y eran de esos cuartos de baño portátiles que están lejísimos, y pensé: “Mira me da una pereza horrible, -no sé si eran las doce de la noche- pero hace tanto frío que al moverme quizás así estaré mejor”. Y entonces dije: “Vale, te acompaño”.

Los baños estaban realmente muy lejos. Empezamos a andar y dice: “Mira, como está tan lejos, vamos a ir rezando un rosario”. Y yo: “Vaya por Dios en la que me he metido”. Y entonces empieza: “Padre nuestro…”. Y yo: “Puf”. Y la sigo: “Padre nuestro que estás en el cielo…” Y pensando: “Venga, vamos a acabar con esto rápido”. Y entonces esta amiga dijo… No, no, espérate, no era mi amiga. En ese momento es que ni la conocía, pero dijo: “No, no, no. Vamos más despacio, tenemos un camino. Padre Nuestro, Tú eres mi Padre, realmente te quiero, estás en mi vida…” Entonces empieza a meditar un Padre nuestro como no lo había oído nunca. Y según vamos andando y vamos rezando así el Padrenuestro, me llené de un calor tan impresionante que no entendía qué me estaba pasando. Me arrodillé y noté un fuego dentro de mí, como de un amor brutal. No vi nada alrededor, era como si todo se hubiera vuelto aguas y me ardía el interior.

Ahora sé que eso se llama efusión del Espíritu Santo, pero entonces lo único que entendí es sentía un amor espectacular. No sé qué pasó, no sé cuánto tiempo estuve ahí y ya no recuerdo nada más. Casi como si hubiera habido un parón en el tiempo. Y nada, la acompañé, volvimos a nuestro sitio, y yo seguí con el corazón latiendo mientras me preguntaba: “¿Qué ha pasado? No entiendo nada. No se lo comenté a nadie porque no entendía qué había pasado.

A la mañana siguiente era la misa con el Papa Juan Pablo II. Bueno, hay que decir que yo había vivido esto, pero no sabía lo que era y yo seguía siendo yo, o sea, en el momento de la Misa todo el mundo seguía la Misa y yo estaba, como había salido un poco el sol, estaba echada y dije: “Qué buen momento para dormirme”. Ni me levanté ni seguí las oraciones de la Misa. Es verdad que tampoco sabía yo seguir una misa demasiado bien.

Y nada, estaba yo ahí, echada en el saco de dormir durante la Misa y, de repente, llega el momento de la homilía y oigo al Papa Juan Pablo II, San Juan Pablo, que dice: «Jóvenes, jóvenes que buscáis». Entonces yo me levanto, me despierto y digo: “Buscáis. Yo soy la que iba siempre está buscando. Buscáis” Entonces le veo en una pantalla enorme, señalando con su dedo. Yo creí que me estaba señalando a mí y me decía: “Buscáis, pero es Jesucristo el que os viene a buscar ahora”. Y en ese momento, cuando veo ese dedo que me señala y dice: “Es Jesucristo el que os viene a buscar ahora”.

Noté ese calor otra vez dentro, de golpe, y entonces entendí que era Jesucristo quien me había venido a buscar, y que era ese su amor. Me puse a llorar y entendí todo. Busqué un sacerdote para confesarme. Tampoco sabía muy bien confesarme, pero bueno, ese fue un primer paso. Muy bonito.

– Y María, una vez que encontraste al Señor, que tuviste esta experiencia ¿Tu vida empieza a cambiar?

– ¡Pues claro! Entonces… fue una faena, porque yo en ese momento tengo un novio, yo tenía veinte años, tenía desde hacía dos años un novio francés, al que tuve que sentar y decirle: «Me parece que eso de acostarse juntos, creo que no». Y él: “Pero si hablamos dicho que después de verano”. Y yo: “Es que algo ha cambiado en mi vida y va a ser que no, ¿eh?” Claramente, rompió conmigo enseguida. A partir de ahí, también tuve que cambiar mis amistades, porque nadie entendía lo que me pasaba. Pero el problema es que yo tampoco sabía lo que me pasaba porque yo no tenía la formación suficiente para comprenderlo. Entonces mientras estaba en la Facultad me inscribí en la Facultad de Teología e hice dos años de Teología para aprender cuál era la fe en la que estaba caminando, porque yo había tenido una conversión de amor, pero no había tenido una conversión a la Iglesia. Eso fue, paso a paso, lo que tuve que aprender. 

– ¿Te llegaste a plantear la vocación religiosa después de este cambio? ¿Qué pasaba por tu cabeza en esos años?

– Pasaba por mi cabeza que cada vez mi amor para Dios era lo más grande que había y era lo único que me importaba. Yo estudiaba -como digo- Bellas artes, entonces mi pintura lo único que quería hacer era hablar de Dios a través de mi pintura, que fuera mi forma de comunicación con Él, de oración. Y hoy en día sigue siendo así. Y cuanto más me metía a pintar, más me abstraía del mundo y más entraba en la burbuja del amor de Dios. Y era tan feliz que quizás es esto lo que quiero el resto de mi vida, estuve un tiempo teniendo una experiencia en un convento, viendo si ese era mi camino.

Fui felicísima, pero un sacerdote tuvo claro que no era mi camino y, bueno, en parte me alegro, pero yo en ese momento fue un drama porque dije pero si es lo más grande que hay en mi vida. Y entonces seguí dando un poco tumbos, hasta que llegó un momento en el que le dije al Señor… Bueno, es que me acuerdo perfectamente: era un 31 de diciembre. Espera un momento, estaba dando tumbos en plan: ¿Dónde está mi camino? ¿Hacia dónde debo ir? ¿Debo ir hacia un camino religioso o formar una familia? También la palabra “formar familia” era un poco demasiado… Más bien echarme novio.

Y recuerdo un día que, de esas veces que te pasas semanas que no te llama nadie pero, de repente, de golpe, te han llamado cinco para cenar el mismo viernes. Y dices: “Pues, ¿sabes qué es lo que voy a hacer?” Voy a coger a esos cinco pretendientes y voy a quedar con todos a la vez”. Llamé a algunas amigas, y les junte a los cinco y a mis amigas y montamos una gran cena. Recuerdo después, como a las tres o las cuatro de la mañana, yendo con mi amiga a dejarla a su casa y decirle: “¿Sabes que no me gusta ninguno? Cada uno tiene algo especial, pero no existe el hombre de mi vida, no existe el hombre de mi vida”. Y entonces ahí mi amiga me dijo: “Pero no conoces a Eduardo Brunet”. Y yo le dije: “No”. Y me dice: “Es totalmente tu tipo”. Y le dije: “Pues preséntamelo”. “A no, no. Ya te lo encontrarás”. Yo me dije: “Bueno, pues nada”. Y ahí se quedó el tema.

Pasan unos meses, y recibo una carta de una amiga americana que está de misiones en Santo Domingo y me dice: «Oye quiero volver a España. ¿Podrías contactar con un tal Eduardo Brunet que tiene una ONG?». Pensé: “Qué bien, ya tengo la excusa perfecta para llamar a este que quizás él va a ser pues… eso… mi camino”. Total que llego, cojo el teléfono y digo: “Si no me coge él, ¿qué digo?, ¿quién digo que soy?” Pero bueno, cojo el teléfono: “¿Eduardo Brunet?” “Si, soy yo”. Yo: “Bueno al menos…”.

Le cuento la historia y me dice: “Perdona, es que ahora mismo estoy saliendo por la puerta que me voy de viaje. No vuelvo hasta dentro de dos semanas, pero dame todos los datos y ya me pongo en contacto con ella aunque esté fuera”. Y yo: “Vaya, si le doy todos los datos ya se acabó el conocerle”. Y entonces, ahí se cayó todo mi plan. Y nada, le di los datos pero no tenía el código postal o yo qué se, nunca pensé que lo tenía que dar todo ahí.

Pero ahí lo que pasó, es que entonces se fue ese 31 de diciembre y no tenía ganas de plan ni de fiestas, porque no sabía muy bien qué pasaba dentro de mí, entonces dije: “Señor, lo vamos a pasar Tú y yo juntos en el Sagrario”. Y entonces le escribí una carta larguísima a Dios que fue muy bonita, porque la he encontrado hace poco, en la que hice un repaso de toda mi vida con Él.

Y diciéndole: “Mira, yo quiero ser tuya, si Tú me quieres monja, llévame donde Tú quieras, pero cógeme ya. Y si quieres que me case, pues encuéntramelo, pero tiene que ser…. Y entonces le escribí la lista de prioridades: tiene que ser tal, o sea, desde las tonterías más tontas como me gusta que baile bien, a que sea alguien comprometido con la fe, no quiero a alguien que solo vaya a misa, quiero a alguien que lo viva y que sea su propósito vital”. Bueno, hice ahí toda una lista. Fue muy bonito porque fue una limpieza de abandono total, total. De: “Señor, toma mi vida”. Fue muy bonito.

Para haceros el cuento corto, a las dos semanas conocí a Eduardo, en una cita a ciegas. Quedamos en las escaleras de Reina Sofía y dice él que según me vio llegar, como que oyó violines y una voz que le decía: «Esta es la mujer de tu vida». Y nada, ahí fue Eduardo. Allí se encaminó también mi carrera profesional. En dos semanas el Señor ya me había organizado todo.

– María, ¿cómo construisteis las bases de vuestro matrimonio?

– Lo primero importante fue nuestro viaje de novios. Claro, porque yo tenía la idea de un Bali, o no sé, alguna isla desierta, como va la gente a una playa… Y me miró Eduardo y me dijo: “Pero a ver, ¿a qué estamos? ¿A setas o a relojes? Tenemos que construir nuestro matrimonio bien. Y entonces nos fuimos a Medjugorje de viaje de novios. Eso es una historia también muy bonita, porque era el momento de la guerra y estaban todos los puentes bombardeados en Mostar. No podíamos llegar y, de repente, pues aparecimos justo en Mostar, y vimos que había tanquetas. Vinieron corriendo unas tanquetas a buscarnos: “¿Qué hacen ustedes aquí?”

Eran españoles, estaban destinados en Mostar. Nos escoltaron hasta Medjugorje. Eso ya fue muy bonito. Y una vez ahí, recuerdo que tuvimos una pequeña reunión con el Padre Slavko y le dijimos que los dos queríamos hacer algo, ya que ahora que estábamos casados, y éramos los dos muy potentes, queríamos hacer algo por la Iglesia, que cuál era nuestra vocación. Y entonces nos dijo. “Os acabáis de casar hace dos semanas, yo creo que Dios lo que os pide es que seáis un buen matrimonio, y que fundéis una familia. Y a partir de ahí, ya os dará vuestra vocación”. Y así ha sido. Porque las bases de nuestro matrimonio, como tú dices, yo creo que se enraizaron fuertemente con el nacimiento de nuestro segundo hijo, Santiago.

– María, sabemos que el sufrimiento tocó las puertas de tu familia y de tu casa. ¿Puedes explicarnos un poco?

– Pues ahí fue. Teníamos un grupo de oración en casa y yo estaba embarazada, creo que ya como de ocho meses. Eduardo pidió que rezáramos por el niño estábamos esperando. A mi me dio como un poco de apuro que todo el mundo rezara por mí, pero bueno, nos pusimos de rodillas y todos rezaban. Y, en ese momento, Eduardo dijo: «Señor te ofrecemos el bebé que estamos esperando. Si hay un niño en alguna parte del mundo que vaya a ser abortado por una enfermedad, dánoslo a nosotros, y bendícenos con ese regalo de un niño enfermo». La verdad, es que, según él lo decía, yo pensaba en un niño Síndrome de Down, y al decir “es un niño que va a ser abortado”, dije: “Vale, pues si viene enfermo haremos lo posible». Pero tanto como pedirlo, yo no lo pedí. Luego me dijeron las Carmelitas Descalzas de la Aldehuela que eso había sido un regalo de la Virgen, el inspirarnos a rezar por Santiago. Porque en el momento en que nació, tan enfermo, enseguida sentimos que era una bendición, que era como que lo habíamos pedido. Santiago nace, y nace con una cardiopatía compleja muy, muy severa. Tenía el corazón al revés, cinco problemas de corazón, con agujeros, la válvula desplazada. No le daban ninguna expectativa de vida.

Entonces, en el momento en que nace Santiago, ahí es interesante, porque la  gente no te llama para darte la enhorabuena porque has tenido un bebé. No recibimos flores en el hospital, porque era un bebé que se iba a morir. La verdad es lo que lo único que nos decían era que por qué no lo habíamos abortado, y la verdad es que cada vez que nos lo decían se nos llenaba el corazón de alegría, porque ahí se confirmaba que si este niño hubiera estado en la tripa de otra mamá, no habría sobrevivido.

Entonces, nos sentíamos muy bendecidos al haber tenido un niño tan grave. Pero a la vez, pensábamos: “Y ahora, ¿qué hacemos con él?” Entonces, cuando nos cerraron las puertas, médico tras médico, nos sentamos, cogimos la Biblia y dijimos: “A ver Señor, nos has dado este niño. Tú, ¿qué quieres? No vamos a hablar con más cirujanos, con más cardiólogos Tú, ¿qué quieres que hagamos con él?” Porque la situación que algunos nos recomendaban era traerle a casa a morir con nosotros, para que lentamente se fuera apagando como una vela. Y como madre te niegas a eso. Así que cogimos la Biblia, rezamos, y al abrirla fue muy impresionante porque nos salió la resurrección de Lázaro, en el momento en el que llega Jesús y están todos llorando, y entonces Jesús les mira y dice: “¿Por qué lloráis?” Y vemos esta frase como si la hubieran iluminado, que nos dice: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la Gloria de Dios”. Cerramos y dijimos: “Ya está, hemos tenido linea directa. Santiago va a vivir. Su enfermedad es para la gloria de Dios. Ahora la cuestión es encontrar dónde”.

Ahí fue un camino largo, fueron cinco meses en los que cada día estaba más grave, y cada día se iba apagando, y no encontrábamos solución. No había ningún médico que quisiera operarlo. Y  en esos meses, en los que cada día se está muriendo tu hijo, lo tenía en casa, porque ya había salido de la UVI y no podían hacer nada. La única solución era una operación de corazón. Pues ahí recuerdo que estaba tan histérica, todo el rato mirándole: respira, no respira. Dice Eduardo que me despertaba por la noche a las dos de la mañana rezando: Dios te salve María… Rezaba ya tanto que ya era como obsesivo. Entonces en una de esas obsesiones de llegar a la cuna para comprobar que «sigue ahí», noté que algo me paraba en plan: “Está bien”. Y un olor a rosas tan impresionante alrededor de su cuna, tan impresionante que era como: «Yo estoy con él». Entonces sentí la presencia de la Virgen dándome una paz espectacular, otra vez un poco ese calor dentro y el olor a rosas, espectacular, espectacular. Como diciéndome: “Yo estoy con él, tranquilízate”.

Entonces bueno, fue un camino duro, difícil, pero ya había que hacer algo. Le hicieron un cateterismo, para ver cómo estaba de débil, y se murió. En el momento del cateterismo le tuvieron que reanimar, le dieron shocks eléctricos, salió el cirujano y dijo: “Tiene 48 horas de vida. Hemos hablado con un Hospital en Estados Unidos que acepta el caso, pero se tiene que ir mañana”. Entonces ahí se empezó a mover todo una revolución de permisos, de aviones, de… etcétera… Aterrizamos en Nueva York y nos encontramos con un problema, porque había que ir a Boston, y se había cancelado el vuelo a Boston por el mal tiempo. Yo ya no podía más, me senté en el suelo y empecé a llorar en medio del Aeropuerto “Kennedy”. Todo el mundo alrededor, y yo llorando con Santiago abrazado a mí, diciendo: “Se muere conmigo, aquí en mis brazos”.

Pero bueno, conseguimos otro vuelo, llegamos a Boston, nos estaba esperando la ambulancia. Entró directamente al quirófano. Y según entra en quirófano nos dicen: “Váyanse a dormir que esto van a ser doce horas hasta que lo preparen y lo operen y tal”. Yo dije: “Yo no me puedo ir a ningún lado”. Entonces me echaron. Fuimos al hotel de al lado, cuando llegamos me dicen: “¿Señores de Brunet?” “Si”. “Pues ha llegado este fax para ustedes”. Y llego y veo toda una lista de una cadena de oración de gente, algunos conocidos y otros desconocidos, amigos de amigos. Pero te digo, los conozco a todos, los llevo a todos grabados en mi corazón, porque en ese momento, sentí que esa angustia se me levantaba gracias a la ayuda de estos cirineos. Ellos llevaban mi cruz. Yo podía dormir. Fue casi físico, me quedé dormida seis horas. Porque sentía que había alguien que estaba rezando por él. Yo ya podía descansar. Y fue precioso, la fuerza de la oración, yo creo que nunca la había sentido así, hasta físicamente.

Cuando nos despertamos, Eduardo y yo fuimos a la capilla. En el momento de la operación sabíamos, nos habían advertido, que había entre un 70-30% de posibilidades de supervivencia. Nosotros pensamos 70%, y allí nos dijeron que no, que era el 30% de posibilidades de supervivencia, y en ese 30% casi seguro iba salir con algo, o sea, algún tema neurológico o tetraplejico, etc. Entonces nos dijeron que qué hacían, que si nos lo devolvían o no. Dijimos que nos lo devuelvan como sea. Pero queremos a nuestro niño de vuelta en el estado que esté.

– ¿Qué pasó cuando volviste? ¿Cómo fue el viaje de vuelta?

– Cuando volvemos a España, con Santiago, pensamos: “Nosotros hemos tenido esta suerte de volver con este niño, no curado -porque volvía con marcapasos y tal- pero hemos pasado este drama. Pero, ¿qué pasa con todas las personas que quizás no tienen estos apoyos que nosotros hemos tenemos, tanto familiar, como de fe?” Y entonces dijimos: pues quizás nos reunimos con otros padres y montamos una fundación… Y así hicimos, montamos una Fundación que se llama “Menudos Corazones” que da apoyo a familias con niños enfermos de corazón. O sea, a partir del momento que te dicen: “Estás embarazada y tu hijo tiene una cardiopatía congénita”. Hay muchas mujeres que deciden abortar, otras simplemente se hunden y viven una angustia terrible durante todo su embarazo, o si tenemos suerte nos llaman a nosotros.

– Cuéntanos un poco más de la Fundación Menudos Corazones.

– El trabajo en la Fundación “Menudos Corazones” a mí personalmente lo que me ha aportado  ha sido darme la oportunidad de acercarme a muchas familias seguramente en el momento más crítico de su vida. Y el poder estar ahí y cogerles de la mano, y ser ese hombro donde llorar. Y también el poderles comprender y meterme en sus zapatos porque quizás… mi visión sobre el sufrimiento puede ser una, pero para ellos es otra. Entonces el poderles comprender. Por ejemplo, tenemos un regalo que se llama Arturo. Y a Arturo me lo encontré solo en el hospital. Sus padres, bueno la madre dio a luz en ese hospital, y él nació con una cardiopatía muy compleja. Entró en el quirófano y cuando salió del quirófano ya no estaban sus padres. Eran muy jóvenes. Entonces la gente dice: «Pero, ¿cómo puede hacer la gente eso? ¿Cómo pueden abandonar a un niño en el hospital?» Bueno pues, yo no lo pienso así. Nunca he pensado: “¿Cómo pudo abandonar un niño en el hospital? Yo pienso: ¿Qué le paso a esa madre que no podía con el sufrimiento de ver a un bebe ante tal enfermedad?”

– ¿Con cuántos años le conocisteis?

– Le encontré en el hospital con seis meses, pero no entró a vivir con nosotros hasta los dos años y medio. Arturo es un ángel que nos ha traído Dios a nuestra familia. Cuando se lo comentamos a nuestros hijos, que teníamos este llamamiento de traernos un niño a casa… Claro, como ya eran adolescentes les dijimos que eso era una decisión familiar, no queríamos que fuera solo de papa y yo. Les dijimos que teníamos esa llamada, pero que era una llamada de todos. Y entonces en ese momento rezamos y abrimos la Biblia y salió: «Quien acoge a un niño como este, me acoge a Mi». Y entonces todos sentimos que Dios nos lo estaba pidiendo, porque además dijo “acoger”, porque lo que íbamos a hacer se llama “acogimiento familiar”, lo que es tener un niño tutelado en casa.

– María, también sabemos que eres una artista. ¿Puedes contarnos algo de lo que haces? Sabemos que pintas cuadros. Cuéntanos algo de esa otra faceta.

Bueno, cuando vives situaciones muy intensas tienen que salir por algún lado, las tienes que expresar de alguna forma. Y yo  para mi, mi forma de expresión ha sido a través de la pintura. Yo tengo esto, pero todo el mundo lleva algo dentro que tiene que soltar. Yo pinto de una forma abstracta para que no sea tanto mi historia, sino para que sea la historia de cualquier persona que lo vea. Y entonces busco a través de capas de pintura pues como llevarle hacia la luz. Desde la oscuridad hacia la luz. Uso materiales naturales como la cera de abeja, quizás porque me gusta la sensación de que te abrasa, quizás volviendo a la sensación de cómo me abrasó el amor de Dios. Te quema, pero luego queda dulce. Dulce al tacto y al olor. Al menos para mi, mi relación con Dios es esa. No es un lago en paz en el que no pasa nada. También hay revolución. Entonces uso muchos materiales para explicar estas sensaciones a través de símbolos. 

– María, me gustaría si quieres dejar un mensaje a todos aquellos que te están viendo o decir algo.

– Sí, yo quiero decir algo, quiero repetir otra vez las palabras de San Juan Pablo II: «No tengáis miedo». No tengáis miedo de amar a Dios, porque no perderéis la chispa, la ganareis. Seréis mucho más. Si ya erais creativos, vais a ser más creativos. Si erais generosos, vais a serlo más.

Fundamentalmente eso, que el poner etiquetas y decir “no es que me va a aplastar tener fe o me va a quitar espontaneidad”… Para nada. Vais a ser más aún. Es como si el tener fe os diera “súper poderes”. Y esos “súper poderes” son los que también os van a ayudar en momentos de sufrimiento y os van a hacer entender que el sufrimiento no es algo a evitar. Es algo a enfocar bien, porque el sufrimiento te hace crecer y te hace amar mucho más. Y si nosotros no hubiéramos sufrido tanto y tan profundamente -porque no hay nada peor que ver el sufrimiento de tu propio hijo- yo creo que no hubiéramos podido construir una familia tan fuerte y tan estable, si no hubiéramos puesto una base de sufrimiento.

María Tarruella utiliza la oración como fuente inspiradora para sus «modernos iconos»

Fuente:Eukmamie
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