Mons. Braulio Rodríguez / En homilía en la Misa del Corpus de Toledo: “Al no vivir de Cristo olvidamos a los más pobres, a los que tienen poco acceso a una vida digna de hijos de Dios”

“¿No conocéis, hermanos, esas palabras de Cristo: “Tuve hambre y no me distéis de comer, tuve sed… fui forastero… desnudo y no me asististeis?” Son palabras serias de Jesús; y son, además, reales y verdaderas, no pasan: un test para el verdadero amor a Dios, que se ha hecho uno con cada uno de nosotros y, por ello, pobre con los pobres”

4 de junio de 2015.- (13 TV / Camino Católico)  El arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, ha puesto en valor la celebración de la liturgia en rito hispano-mozarabe, que se celebra en Toledo desde el siglo VI, y tras precisar que los «avatares de la historia no lo han podido sofocar», ha defendido que con esta celebración no se hace ni «arqueología litúrgica, ni espectáculo religioso cultural. Tampoco un lujo toledano».

Rodríguez ha querido explicar la razón para celebrar el rito hispano-mozarabe enla homilía de la misa de Corpus Christi, que ha oficiado en una abarrotada catedral, ante el obispo de la ciudad alemana de Aquisgrán, con quien Toledo está hermanada, y ante el obispo auxiliar, Ángel Fernández, y el emérito de Segovia, Ángel Rubio.

También ha señalado que los cristianos «participan de la vida de Dios trinitario» y se unen entre ellos «por el vínculo de una misma fe», ha lamentado que «muchas veces falta esta unidad en la sociedad». «Y aún más grave, entre los cristianos, porque no todos los cristianos acogen el sacramento de la eucaristía», ha lamentado.

«Muchas veces nos contentamos con un coexistir juntos. Pero esa falta de unidad y sintonía puede ser causa de mucho dolor y de injusticias»,ha advertido el arzobispo toledano, para quien otra consecuencia de «no vivir de Cristo» es que «se olvida a los miembros más dolientes de su cuerpo». “Son los más pobres, los desheredados los que tienen poco acceso a una vida digna de los hijos de Dios». En el vídeo se visualiza y escucha la homilía de Monseñor Braulio Rodríguez, cuyo texto completo es el siguiente:

 Queridos hermanos:

Hemos recibido una tradición del Señor que nosotros, a la vez, hemos de transmitir. Tradición tiene que ver con transmisión, hecha como quien dice de mano en mano, bien sea de un conocimiento, o de una práctica, o de los dos a la vez. Ya los rabinos del tiempo de Jesús tenían la idea muy clara de que la Palabra de Dios se transmite así en el Pueblo de Dios y por este Pueblo entero. Es verdad que Cristo ha criticado vivamente ciertas tradiciones de los “escribas y fariseos” (Cf. Mt 23) como opuestas a la Tradición auténtica; pero ha autentificado, haciéndolo válido para nosotros, el principio de la “Traditio”.

¿De qué Tradición hablamos? “Que Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”.

He aquí, pues, que nosotros estamos haciendo y cumpliendo esta Tradición en memoria suya, de Jesucristo. Pero nuestra expresión litúrgica es la hispano-mozárabe, una Tradición que ha cristalizado en nuestra patria desde antiguo y, que los avatares de la historia no han podido sofocar, de modo que la Eucaristía que nos dejó el Señor es una hermosa realidad con la que hoy festejamos en el venerable Rito la fiesta del Corpus et sanguinis Christi. Pero no estamos haciendo ni arqueología litúrgica ni espectáculo religioso cultural; tampoco un lujo toledano en damasquino, tan hermoso y valioso arte, por otrolado.

Se nos ha invitado a encontrar la vida y a obtener el favor del Señor. Los criados de la Sabiduría –nuestro Dios- nos han invitado a venir, a comer de su pan y beber de su vino, que Él ha preparado. Es para que caminemos por las sendas de la inteligencia.

¿Tan importante es esta comida y bebida? La explicación de nuestros Padres, desde el inicio de la Iglesia nos dice que todos los que participamos de la carne sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con Él, aprendiendo así a ofrecernos a nosotros mismos (cfr. SC, 48). En otras palabras: participando en la santísima Eucaristía, nutriéndonos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, somos hechos un cuerpo con Él y entre nosotros. No es cosa baladí. Al recibir un mismo Espíritu participamos de la vida del Dios Trinitario y nos unimos entre nosotros por el vínculo de una misma fe. Falta muchas veces esta unidad en nuestra sociedad y, aún más grave, falta entre nosotros los cristianos.

No todos los cristianos acogen el Sacramento de la Eucaristía y carecemos así de unidad. Y si somos unos para otros miembros de un mismo cuerpo en Cristo, ¿no lo debemos ser para Aquel que está en nosotros por su carne y sangre? ¿Por qué, entonces, no procuramos vivir plenamente esa unión que existe entre nosotros y Cristo? Muchas veces nos contentamos con un coexistir juntos. Pero esa falta de unidad y sintonía entre nosotros es causa de mucho dolor e injusticias. Siento en mi interior que, si para nosotros, la carne de Cristo fuera verdadera comida y su sangre verdadera bebida, no nos alejaríamos tanto de la Eucaristía del domingo, de modo que al no comer ni beber su sangre, ya no tenemos vida pujante en nosotros.

Pero otra consecuencia se deriva de este no vivir de Cristo: olvidamos a los miembros más dolientes de su Cuerpo. Son los más pobres, los desheredados, los que tienen poco acceso a una vida digna de hijos de Dios. ¿No conocéis, hermanos, esas palabras de Cristo:“  Tuve hambre y no me distéis de comer, tuve sed… fui forastero… desnudo y no me asististeis”? Son palabras serias de Jesús; y son, además, reales y verdaderas, no pasan: un test para el verdadero amor a Dios, que se ha hecho uno con cada uno de nosotros y, por ello, pobre con los pobres.

Todos somos llamados a este banquete, pero Cristo pone condiciones. “Tú te quedas con nosotros bajo la apariencia del pan con que robusteces los corazones, de manera que por la fuerza de este pan, durante los días dedicados a tu nombre, podamos ayunar sin impedimento del cuerpo y de la sangre, teniéndote a ti mismo como pan, porque sacias a los pobres con pan celestial” (Illatio de la Misa del Sacratísimo Cuerpo de Cristo).

Volvemos al inicio de nuestra celebración: agradecemos al Señor habernos invitado, pues “con flor de harina los alimentó, aleluya, y con miel silvestre los sació, aleluya”. Sólo los que saben de amor y conocen el amor de Cristo entienden en profundidad esta invitación y cantan: “con mil silvestre los sació, aleluya, aleluya. Gloria y honor al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo… Amén”

Mons. Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo Primado

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