No hay amor más grande / Por Jordi Rion

*  «Lastimosamente, por el respeto al derecho de libre elección del ser humano, se habla de muchos justificados pero no como cosa de todos, ya que el Hijo del hombre ha venido «a dar su vida en rescate por muchos (Mc 1,45; Mt 20,28). No obstante, se trata de una multitud que nadie puede contar (cf. Ap 7,9)»

Jordi Rion / Camino Católico.- La Palabra de Dios ha sido, es y será una fuente de estudio, ya sea desde la fe, la historia, la filosofía, etc… Muchas personas únicamente la han leído como un libro más, otras han pretendido utilizarla para manipular y condicionar, finalmente, entre los lectores creyentes podemos distinguir tres grandes grupos: los fabulistas (para ellos cualquier cosa sobrenatural se reduce a un mito o fábula), los selectivos (únicamente aceptan los mensajes que coinciden con su forma de pensar), los discípulos (aquellos que han acogido la Palabra de forma correcta). En medio de tanta variedad de lectores encontramos al Magisterio de la Iglesia estableciendo las líneas básicas para una correcta interpretación de los textos sagrados. Pero, ¿qué es la Biblia? De todas las posibles respuestas, hay una que reconforta inmensamente: ¡La Biblia es una carta de amor!

El hilo conductor de la Palabra de Dios es el amor y la clave para descifrar correctamente su mensaje es el Espíritu Santo, por medio del cual somos llenados del amor de Dios (cf. Rm 5,5). El majestuoso relato de la Creación muestra la hermosa figura de este Espíritu de amor aleteando sobre las aguas (cf. Gn 1,2), como si se recreara por la inmensidad del gozo y felicidad que le causaba iniciar la construcción de un perfecto hogar para el ser humano, imagen suya (cf. Gn 1,27), con quien deseaba compartir sus riquezas. Pero, como ya sabemos, la cosa se torció y entonces «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Finalmente, todo acabará a su debido tiempo por amor a los elegidos (cf. Mt 13,20).

Aunque Dios ofrece su amor a toda la humanidad, procura un trato especial a sus amigos, aquellos que le abren el corazón y cumplen su voluntad (cf. Jn 15,14). El texto bíblico del Evangelio de Juan (Jn 13-17), presentado por algunos como el discurso de despedida, está lleno de amor, de vida, de verdad, de promesas, de mensajes de ánimo, de compasión y de una  preciosa oración al Padre como culminación. Entre las grandes y divinas palabras de estos capítulos encontramos la fuente de inspiración de la presente reflexión: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Llegados a este punto, podemos plantearnos dos preguntas:

1.- ¿Ama Dios a todos por igual?

El Señor, «que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45), ha demostrado con hechos su amor incondicional a toda la humanidad. Esto, a veces, nos lleva a compartir el sentimiento de injusticia del Salmista (cf. Sal 73) cuando consideramos inmoral e ilícita la prosperidad material de algunos perversos e impíos personajes. No obstante, «Dios es amor» (1Jn 4,8), por tanto su esencia nunca deja de amar. Al final, es preferible dejar de lado todo juicio y confiar en la voluntad de nuestro Señor, cuya paciencia otorga la oportunidad de salvación a cualquier persona hasta el final de sus días (cf. 2Pe 3,15), pues «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2,4), por eso Cristo ofrece la posibilidad de salvación a todos vertiendo su sangre (cf. Mt 26,28).

2.- ¿Quién se beneficia del amor de Dios?

Habiendo creído y luchado para agradar al Señor cumpliendo su voluntad, los amigos de Jesús obtienen los inigualables beneficios de la Vida entregada por amor. Porque Él, que ama a todos, pone en práctica sus palabras dando ejemplo de la mayor entrega de amor posible, dando la vida por sus amigos. No existe amor más grande entre hombres, más cuan inimaginable, inalcanzable e inigualable puede llegar a ser el amor de Dios-Hombre entregándose en la Cruz. Jesús, aunque favorece a sus amigos, no excluye a nadie, pues no ha venido a condenar (cf. Jn 12,47); es la propia persona que se auto condena al rechazar la Palabra de Dios, auto excluyéndose del grupo de discípulos y amigos del Salvador. La oferta de redención es universal; la corona de gloria para los que, obedeciendo a Dios, permanecen en su amor (cf. Jn 15,10). Lastimosamente, por el respeto al derecho de libre elección del ser humano, se habla de muchos justificados pero no como cosa de todos, ya que el Hijo del hombre ha venido «a dar su vida en rescate por muchos (Mc 1,45; Mt 20,28). No obstante, se trata de una multitud que nadie puede contar (cf. Ap 7,9).

En definitiva, ante el amor de Dios sólo queda aceptarlo o rechazarlo. Elegir el camino de la vida o el de la muerte. Todos somos llamados, más sólo los fieles amigos vencerán con Jesús (Ap 17,14) y recibirán la corona inmarcesible de la gloria (cf. 1Pe 5,4).

Por último ofrezco la lectura del Salmo 1 para quien desee finalizar con su meditación.

«¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley de Yahveh, su ley susurra día y noche! Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien. ¡No así los impíos, no así! Que ellos son como paja que se lleva el viento. Por eso, no resistirán en el Juicio los impíos, ni los pecadores en la comunidad de los justos. Porque Yahveh conoce el camino de los justos, pero el camino de los impíos se pierde»

 Jordi Rion

Adoración y Vida


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