Dra. Purificación de Castro: “Aprendo mucho de mis pacientes”

"En muchas ocasiones, son los propios enfermos los que me consuelan a mí, los veo tan serenos y tan fuertes, que pienso que es imposible que ellos solos tengan tanta fortaleza, tienen que tener a Dios muy cerca"

1 de agosto de 2009.- (Purificación de Castro / Opus Dei) Cuando era estudiante, un buen día se presentó en un centro de la Obra para conocer el Opus Dei. Con esa misma actitud de apertura se acerca cada día a sus pacientes, de los que aprende cómo enfocar la vida y la muerte con serenidad.

Conocí el Opus Dei desde pequeña. Lo conocí mal, o al menos, con cierta controversia, porque junto al convencimiento de que tenía que ser algo bueno, por ser una institución de la Iglesia, oía también comentarios negativos: “sólo interesan los listos…”, “son misteriosos…” y sobre todo una advertencia: “¡Cuidado… que tienen mucho gancho!”

Cuando estudiaba Medicina en Santiago, invitaron a una amiga a una meditación. Ella no quería ir, pero la animé: “Voy contigo y así nos enteraremos de qué va la Obra”. Me quedé impactada porque el sacerdote que dirigía la meditación, al mencionar a Dios, hacía un gesto con la mano hacia el Sagrario. Pensé: “este sacerdote cree de verdad que Jesucristo está en el Sagrario… este es un buen sitio para formarme y buscar ayuda espiritual”.

Nadie me invitó, yo fui y seguí yendo. Iba conociendo aspectos del espíritu y de las actividades de la Obra en España y en otros países.

Pedí la admisión. Ser del Opus Dei supone que hay que esforzarse en trabajar muy bien. En mi profesión hacer las cosas bien, en ocasiones, no resulta fácil. Se trata de atender a personas que lo están pasando mal, y aunque quieras hacerlo bien, a veces no eres oportuna y no se sienten comprendidas. Les suelo decir a los médicos jóvenes que están conmigo: “hay que querer hacer las cosas muy bien para que salgan regular, porque si no te esmeras, salen mal seguro”. Además, la delicadeza en el trato –que se deriva de la caridad– es una de las enseñanzas más genuinas de San Josemaría que, en el caso de los enfermos, decía: “¡¡son Cristo, en la cruz!!”

Estar enfermo no es sólo padecer los síntomas y limitaciones físicas o psíquicas de una enfermedad. Puede significar no poder trabajar, no poder llevar la misma vida social, pérdidas económicas, dificultades familiares, incomprensiones. Si encuentro la ocasión, a los enfermos que tienen fe, aunque sea muy débil, les digo lo que me digo a mi misma: “El Señor sabe lo que te está pasando; es el único que te puede comprender y consolar de verdad y no dejes que se pierda nada de tu sufrimiento, acéptalo y ofrécelo por lo que te parezca más necesario”. Si no la tienen y viene al caso, les digo que voy a ser yo la que pida por ellos y le diga a Jesús que recoja sus dolores.

En la actualidad existe una gran presión hacia la eutanasia que parte de unas raíces ideológicas y económicas claras y está promovida por personas sanas. Los enfermos, lo que quieren es curarse –o al menos mejorar– y vivir. Otra cosa muy distinta es que la muerte sea inevitable. Entonces lo que hay que hacer es ayudar a que ese duro momento personal y familiar tenga lugar en el ambiente más sereno posible.

La muerte de las personas se da en circunstancias muy variadas. Si están conscientes hasta los últimos momentos, la Medicina puede conseguir que no tengan dolor ni perciban dificultad respiratoria (esto es ayudar a morir). Si el deterioro por una enfermedad es lento, la Medicina paliativa tiene recursos para aliviar los síntomas, de modo que la situación sea tolerable. La muerte es un trance duro para el paciente y las familias.

Yo suelo decir a los alumnos que la Medicina lo más que pueden lograr es una muerte serena. La alternativa real a la eutanasia es aprender a vivir contando con tu propia muerte y la de las personas que más quieres. La eutanasia pretende arreglar el modo de morir, pero ése no es el problema, eso lo arregla la medicina. Pienso honradamente que la esperanza cristiana en la otra vida es la única respuesta válida al sinsentido que supondría nacer para desaparecer.

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