Alicia Ibarra, pintora paisajista que pasó a la religiosa al convertirse: «¡Supe en ese instante que Dios existía, que estaba allí, y en mí! Todo cambió a partir de ese instante»

* «¡No había lugar para Dios en mi vida, aparentemente no lo necesitaba! A pesar del éxito de mi pintura, me ahogaba de soledad, tristeza y angustia, y  el Señor, Dios todo poderoso, en su infinita Misericordia y Amor, me regaló la Fe. ¡Fue una conversión fulminante! El Señor entró de repente, en mi mente, en mi corazón, en mi espíritu, en todo mí ser. Fue como una explosión de “conocimiento” de Dios. Ya no sentía ni tristeza ni soledad  y podía  entregarle mis miedos y angustias y me daba  mucha paz»

Camino Católico.-  La pintora barcelonesa Alicia Ibarra vivía inmersa en su mundo artístico y profesional y rodeada de seres queridos, sentía una permanente soledad que llevaba la tristeza a su vida. Un día, durante una misa, eso cambió, como cuenta ella misma a Javier Navascués en una entrevista en video publicada en Militia Dei Prod. Pero Alicia Ibarra explica su testimonio de conversión y su camino en el arte en primera persona en Pintura Religiosa:

Llevo pintando desde que tengo uso de razón, yo creo que nací con un pincel en la boca. Ya a los 12 años los Reyes Magos, me trajeron mi primera caja de pinturas al óleo. Cuando llegó el momento de ir a la universidad, obviamente estudié Bellas Artes.

Muy pronto, justo al terminar la carrera y de la mano de un galerista suizo, entré en el circuito de galerías y ferias  de arte contemporáneo y empecé a exponer y a ganarme muy bien la vida. Pintaba paisajes, eran unos paisajes interiorizados. No pintaba lo que veía, sino lo que sentía viéndolos. En definitiva, pintaba lo que sentía mi espíritu en la contemplación del paisaje. En aquellos tiempos, solo aspiraba a pintar, exponer, viajar… Mis objetivos, éxito, prestigio…

¡No había lugar para Dios en mi vida, aparentemente no lo necesitaba! Y así transcurrieron los años. Hasta que todo cambió hace unos 9 años. En una época muy dura y difícil, después de mi divorcio, en la que  a pesar del éxito de mi pintura, me ahogaba de soledad, tristeza y angustia, el Señor, Dios todo poderoso, en su infinita Misericordia y Amor, me regaló la Fe.

¡Fue una conversión fulminante! Fue en un domingo cualquiera acompañando a mi madre a misa que estaba muy enferma y solo fui con ella para complacerla.  De hecho murió muy poco después. En ese glorioso día en el transcurso de  la misa, el Señor entró de repente, en mi mente, en mi corazón, en mi espíritu, en todo mí ser. Fue como una explosión de “conocimiento” de Dios. ¡Supe en ese instante que Dios existía, que estaba allí, y en mí! Todo cambió a partir de ese instante.  Ya no sentía ni tristeza ni soledad  y podía  entregarle mis miedos y angustias y me daba  mucha paz.

Mi Señor, que es también mi Padre cuida y vela por mí. Ahora entiendo que si se lo permito y le abro mi corazón, interviene en mi vida y junto con su Madre, me lleva de la mano.  Y nada tengo que temer. Desde el mismo día y hora de mi conversión, y con los medios que el Señor iba poniendo a mi alcance, empecé un camino de crecimiento espiritual que fue progresivamente cambiando mi modo de entender y vivir la vida.

Lógicamente, todo esto acabó afectando a mi pintura. Llegó un momento en que sentí muy claramente,  que todas esas vivencias tan extraordinarias, tenían que reflejarse en mi pintura.  ¡La pintura es el reflejo del alma, y mi alma estaba llena de Dios, y  eso tenía que plasmarlo en mis cuadros!

Siendo paisajista,  se me ocurrió preparar una exposición que fuese una exaltación  a la belleza  y sublime perfección de la creación divina. La idea era que  a través de mis paisajes de bosques y jardines, el hombre-espectador, admirado por la creación, viese en ella la mano de Dios, a Dios mismo, y en esa contemplación, se acercase a Dios con infinita gratitud, exaltándolo, alabándolo y bendiciéndolo.

Empecé a pintar con una actitud completamente diferente. Rezando el rosario cada día antes de empezar, me encomendaba al Cielo. Yo también quería agradecer a mi Señor, mi Dios, mi Rey, mi Salvador, todo el bien inmenso que estaba haciendo en mi corazón y ofrecerle, con mis cuadros, serle útil y servirle.

Y  los cuadros se fueron transformando, empecé a añadir personajes de escenas bíblicas.  De algún modo era y es  como envolver un pasaje concreto del evangelio en un paisaje hecho a mi manera, con mis colores y con ese punto que se balancea entre la figuración y la abstracción.

Animada  por un sacerdote amigo empecé también  a pintar imágenes religiosas para la iglesia. Sin comerlo ni beberlo, de repente me encontré metida de lleno en la pintura figurativa de la imaginería religiosa y además disfrutando muchísimo.

Hoy me doy cuenta de que todo estaba en la providencia y planes divinos.  Él me ha hecho pintora. A Él le debo todo lo que soy, todo lo que tengo y todas mis capacidades.  ¡Soy feliz sintiendo que pinto para Él, con Él y en Él! ¡Bendito sea Dios, Bendito sea su Santo Nombre. Bendita sea María Santísima. Benditos y alabados sean!

Alicia Ibarra

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