Andrea nació en la pobreza, fue entregada a un orfanato, la adoptaron y era feliz, pero con un vacío que llenar: amaba a Dios, pero el dolor vivido la alejaba de la Virgen

*  «Toda mi vida supe, y hasta mi conversión, que solo Dios vivía en mí y yo de Él… Mi vida con Dios fue una maduración progresiva en ir teniendo una verdadera identidad… Dios me regaló el deseo de pedir crecer en la fe, de esa unión con Dios que siempre te sostiene en los momentos de no entender realmente por qué sufrimos, pero sé que Él estaba ahí para acariciar el corazón mío, tan sufrido de mi niñez.  Mi tiempo de conversión fue difícil. Siempre tenía en mi mente el deseo de encontrar el sentido de la vida, buscando a Dios para así conocerme a mí misma. Me preguntaba constantemente quién era yo realmente. Fui descubriendo que era la persona más feliz porque empecé a conocer la verdadera alegría en la familia. Esa unión ya jamás se rompería. Fue algo nuevo para mí y sorprendente, porque empecé a tener la vivencia de sonreír siempre día a día, amar y ser amada. Eso para mí era lo más importante y vital»

Camino Católico.- Andrea es una joven encantadora de 26 años que vive en Valencia. Ha estudiado para auxiliar de enfermería y atención a personas en situación de dependencia. Es uno de los niños (olvidados) de la Generación Perdida de los años 90 en Rumanía. Unas 170.000 almas fueron abandonadas en los orfanatos del país después de la Revolución. Treinta mil niños fueron adoptados y sus historias descubiertas por el Observatorio en la Campaña de Generación Perdida están saliendo a la luz.

En el verano de 2015 le hicieron a Andrea una entrevista para Info Familia Libre, respecto de su adopción, pero en esta ocasión, más que una entrevista clásica a modo de preguntas y respuestas, es ella misma la que lo cuenta en primera persona en Religión en Libertad. Andrea desea que pueda dar fruto su historia ayudando a aquellos que han sufrido el abandono, la pobreza, soledad, tristeza y desesperanza… para confiar más en Dios. Este e su relato.

Un abandono forzoso a los cinco meses de nacer

Hola, amigos de Religión en Libertad. Voy a empezar a contaros lo más importante de mi historia…

Nací en Târnăveni (ciudad del centro de Rumanía, comarca Mureş), y estuve con mi madre biológica hasta los cinco meses.

Por las circunstancias de pobreza que mi madre presentaba, y otros acontecimientos delicados, mi madre tuvo que dejarme en un orfanato, y pase seis años allí.  Una de las razones de mi abandono, aparte de la pobreza, era el peligro que yo corría. Mi abuela materna, que vivía donde yo nací, fue asesinada por su segunda pareja. Por ello mi madre corría el riesgo de que lo fuera también. Ella estaba embarazada de mí y la pobreza también le hizo decidir esta decisión. Creo que ahí Dios estuvo fuerte conmigo.  En el peligro me cuidó especialmente. Cuando me lo contó mi madre lloré muchísimo, porque entendí que Dios quería protegerme.

Mi experiencia de soledad y desesperanza era muy grande, pues veía el mundo con tristeza, sin padres. La vida me mostró mi mayor sufrimiento, la soledad oscura y el grito de un alma que buscaba conocer lo que era amar y sentirse amada. Con la pobreza que había en el orfanato, aquello consumía más todo mi ser.

Medjugorje, clave para la decisión de ser adoptada

Mis padres adoptivos fueron a Medjugorje antes de adoptarme. No tenían pensado adoptar. De vuelta a España, pararon en Rumanía y conocieron a una mujer española y le preguntaron a ella a qué iba a ese país y les dijo que a adoptar a un niño. Eso a mis padres les tocó el corazón y por ello quisieron adoptarme. Yo tenía seis años. Que desearan adoptarme fue una verdadera salvación. Era como volver a nacer, como otro mundo, y aunque tenía miedo de lo desconocido sabía que algo bueno tendría que venir. Dicen que tras las adversidades se aproxima algo grande.

Mi vida con Dios fue una maduración progresiva en ir teniendo una verdadera identidad. Antes, en mi niñez, había un vacío, que me marcó toda la vida. No había sido consciente de ello, pues cuando vas creciendo solo quieres vivir y ser feliz, pero había algo en mi interior que me creaba interrogantes.

Mi infancia en España

Andrea a los seis años de edad.

Crecí en España en un colegio católico, y conforme iba progresando mis interrogantes cada vez se hacían más grandes. Era muy feliz con la familia que Dios me había regalado, pero el problema, como dije, era mi interioridad, que estaba vacía y, a la vez, dolorida.

Dios me regaló el deseo de pedir crecer en la fe, de esa unión con Dios que siempre te sostiene en los momentos de no entender realmente por qué sufrimos, pero sé que Él estaba ahí para acariciar el corazón mío, tan sufrido de mi niñez.

Mi tiempo de conversión fue difícil. Siempre tenía en mi mente el deseo de encontrar el sentido de la vida, buscando a Dios para así conocerme a mí misma. Me preguntaba constantemente quién era yo realmente.

Fui descubriendo que era la persona más feliz porque empecé a conocer la verdadera alegría en la familia. Esa unión ya jamás se rompería. Fue algo nuevo para mí y sorprendente, porque empecé a tener la vivencia de sonreír siempre día a día, amar y ser amada. Eso para mí era lo más importante y vital.

Sin embargo, mi relación con la Virgen era nula. Cuando eres una criatura abandonada te queda ese signo que piensas que jamás se irá. Mi dolor era muy fuerte para que yo pudiera amar a la Virgen, era inevitable.

El deseo de conocer mi historia

Entonces empecé a comprender que mi pasado me gritaba. Ese deseo de conocer mi historia y mi identidad me hizo plantearme porqué ese pasado sufrido no se iba y revivía en mí. Podría seguir caminando en el presente, pero mi pasado me perseguía como una sombra. Adónde iba estaba ahí esa voz que me decía que buscara el sentido de mi vida y mi conocimiento personal.

Aquí viene la parte más delicada. A los 24 años me planteé mirar hacia atrás, pero no para volver a revivirlo, sino más bien para cambiar ese pasado de sufrimiento a algo que ni yo sabía lo que podría pasar.

Solo pensaba en que no sería bueno volver atrás, porque sufriría más. Temía que eso sería como volver a revivirlo y quitarme tiempo de mi presente.

Pero era un gran deseo que era fuerte y supe que en todo lo que se me fuera a presentar en la decisión que tomara, Dios estaría conmigo.

En el año de la Misericordia del 2016 me estaba preparando para la JMJ de Polonia, pero sabía que antes tenía que hacer algo, que algo me llevaría en ese viaje.

Me planteé buscar mis orígenes, no supe de mi familia durante 24 años, y viajar en esta aventura dolorida sencillamente era para mí la necesidad de ver ante mis ojos ese sufrimiento y afrontar como fuera ese dolor.

Ese miedo no podía frenarme.

Contacté con las autoridades de Rumanía y una asociación para que me ayudaran a buscar mis orígenes.

Yo pensé en todo lo peor, que ya no vivirían, que todo estaría perdido y que a lo mejor no tenía ningún sentido buscar.

El encuentro

Pero algo curioso me sucedió: la asociación, que tanto me apoyó en todo momento, encontró a una mujer que decía ser mi madre.

Yo no me lo podía creer, pues justo estaba en el viaje de Polonia y para mí fue un impacto emocional.

Cuando me llamaron y por primera vez escuché a mi madre biológica el mundo se me paró, rompí a llorar, esas lágrimas de descanso, de saber que ella estaba bien, que todo lo que yo sufría por dentro se iría purificando poco a poco.

Claro está que tuve que dar la noticia a mi familia adoptiva, pues para ellos yo ya sabía que sería un gran dolor recibir esta noticia de que encontré mis orígenes, y ahí entendí lo mucho que me quieren, que ese amor que ellos me habían dado durante 18 años jamás cambiaría por una sencilla búsqueda para purificarme: era un amor tan grande con mi familia de España, que era muy consciente de cuál era mi sitio y dónde estaba mi vida.

Después de un año que empecé a conocer a mi madre biológica por las redes sociales, empecé a plantearme hacer un viaje allí, y compartirlo con mi familia adoptiva.

Y así sucedió, jamás pensé que esto se cumpliría, pero la fuerza venía de Dios, yo sola no sería capaz de hacerlo.

Mi viaje a Rumanía me hizo entender el valor del perdón, de la Misericordia y de la purificación de ambos corazones, el mío y el de mi madre biológica.

Andrea, con su madre biológica y algunos de sus hermanos.

Abracé ese gran dolor que me mataba toda la vida, y perdoné a mi madre para yo vivir con paz y que mi corazón pudiera descansar en la reconciliación de la Virgen María.

Ahí mismo mi corazón se transformó de un odio a la Virgen a un amor reconciliado.

Francisco: “Una Iglesia sin la Virgen es un orfanato”

Toda mi vida supe, y hasta mi conversión, que solo Dios vivía en mí y yo de Él. Dicen que cuando eres salvada de un sufrimiento vas viviendo lo que es el amor. Me sentí amada por unos padres que me dieron la oportunidad de volver a vivir, de volver a nacer. Eso fue lo que sentí que Dios me dio a través suyo. Al menos así lo creo yo. Nunca hubo temas personales que me separaran de ese amor que yo les tenía a mis padres adoptivos.

Pero el problema no eran ellos, sino más bien yo. Cuando uno vive lo que viví en ese sufrimiento, necesita salir de ese vacío que solo uno mismo lo siente. Mi vacío con la Virgen era enorme: cada vez que iba a una iglesia y miraba el rostro de esa mujer que tanto desconocía, la Virgen, era misterioso y a la vez doloroso, pues me producía en mi interior un gran odio hacia ella.

Pero mi Fe en Dios, que siempre he conservado, era lo más preciado y único que me mantenía en pie y sabía que con su amor hacia mí nada podía romperme. Pero esa  niña que evitaba el rostro de la Virgen sentía soledad, y con el recuerdo de saber que era esa huérfana para ella, no podía verla como alguien existencial y menos como una madre.

Hubo un mensaje del papa Francisco que me dejó sin aliento: «Una Iglesia sin la Virgen es un orfanato».

Para mí fue un golpe fuerte de decepción, como un insulto, algo así como: ‘’Mira, criatura, tú estás con Dios, pero necesitas a tu Madre celestial’’. Eso fue lo que sentí dentro al saber que esa iglesia que interiormente vivía era un orfanato: la vergüenza de conocer este lema tan impactante me mató por dentro.

Cada vez que llegaba la festividad de la Virgen, para mí no era una fiesta, pues más bien era volver a retroceder a ese momento de abandono.

Una vez, una mujer consagrada me dijo que por qué odiaba a la Virgen, y entonces fue cuando ella me propuso la consagración a la Virgen según San Luis María Grignon de Montfort. Yo no dejaba de decirme a mí misma que Ella no existía. Cuando le dije que no la podía mirar comprendí que realmente sí creía en su existencia. Le respondí a aquella consagrada: “Una madre de verdad no abandonaría a su hija, y no se queda callada viendo esa soledad y desesperanza de un ser terrenal.”

Sabía que mi pobreza interior necesitaba acogerse solamente a Dios, para sentirme mirada con misericordia, como nos mira a todos en nuestras vidas.

Entonces aquella mujer me hizo una reflexión que se me marcó como algo personal. Me dijo: “Mira esa estatua (la Virgen), ¿qué ves en ella?”  Yo le dije: “Nada”.

Me acercó después a la cruz y me dijo: “Y aquí, ¿qué ves?”. Dije: “Todo, vida, sentido, y un amor incondicional”.

Entonces la consagrada me dijo: “Mira a la madre de Jesús, ¿crees que ella no sufrió por su hijo, que lo azotaran, crucificaran, y muriese en la cruz? Le quitaron lo más preciado que fue para ella, su hijo.”

Entonces algo despertó en mi interior, entendí que Ella misma también sufrió que le arrebataran a su hijo, y sentir que no tenía a su hijo en sus brazos fue para ella un abandono.

Una bendición amorosa de una belleza inexplicable

Mi vida me ha enseñado que no hay océano que pueda ahogarnos cuando existe la esperanza de que Dios nos salva de nuestras miserias, de esa pobreza sufrida.

Yo pensaba en mi niñez que el Cielo me había abandonado, que nunca vería el sol y que nunca conocería la felicidad.

Esta historia para mi es una verdadera bendición de salvación, de perdón y misericordia.

No hay nada más bello que ese amor que nunca muere. Dios nos ama en todas las circunstancias de nuestras vidas, pero sobre todo nuestras propias miserias.

Es increíble cómo en nuestras adversidades crece una gran belleza que no se puede explicar.

Andrea

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