Cardenal Müller: «Soy un pecador pero amo a Dios y vivo todos los días la alegría de ser salvado por Jesucristo, con la esperanza puesta en que no todo acaba en la vida terrena»       

* «Mis padres me enseñaron lo que de adulto experimenté: que Cristo Jesús está vivo y presente de verdad en el tabernáculo. Él no es una figura histórica como César o Napoleón: Cristo resucitado está presente en mi vida, en su Palabra, en los sacramentos, en mi oración personal…  Los católicos no podemos ser como los agnósticos, histéricos ante la muerte. Tampoco somos nihilistas, ni egoístas, ni ideólogos. Siempre mantenemos la esperanza en el Señor… En el bautismo, Dios me llamó por mi nombre, así que ante Él no soy un número, ni masa. Desde la eternidad, Dios me ha llamado por mi nombre. Yo creo en Jesucristo, y sé que nada, nunca, puede separarme del amor de Dios»  

Camino Católico.-  La contundencia de sus palabras contrasta con el modo sereno en que se expresa. Tal vez por eso, ya sea en su lengua materna (el alemán), o en cualquiera de los otros idiomas que habla (inglés, español, italiano, latín y francés), los titulares que da el cardenal Gerhard Müller (Mainz, 1947), ex prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, suelen levantar polémica, dentro y fuera de la Iglesia. Lo que resulta más infrecuente es que hable a corazón abierto sobre su fe, sus padres, su juventud o cómo mantiene la esperanza en un momento como el actual. Justo lo que hace en esta entrevista de José Antonio Méndez para Aleteia.

– Acaba de visitar España para hablar de Benedicto XVI y Juan Pablo II. Más allá de sus repercusiones históricas, ¿cuáles son las enseñanzas de ambos que más le han marcado personal y espiritualmente?

– A Juan Pablo II lo conocí cuando estaba en el seminario. Él ya era cardenal arzobispo de Cracovia y vino a visitar a nuestro obispo.

Para un joven seminarista como yo, era alguien impresionante. Porque él venía del comunismo cuando todos vivíamos bajo las amenazas constantes de la URSS: el peligro de una tercera guerra mundial, la crisis de los misiles de Cuba, la represión contra los católicos de Polonia, nuestro país vecino…

La fidelidad de Juan Pablo II a Dios en toda circunstancia fue algo que siempre me marcó.

Y también sus explicaciones para la Iglesia de hoy, su visión del ser humano, su defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y su voz contra la eutanasia, el aborto y la destrucción de la identidad sexual a través de su Teología del Cuerpo han sido para mí muy importantes.

– ¿Y de Benedicto XVI?

– También siendo seminarista leí su libro Introducción al cristianismo y su explicación de la fe me ha acompañado toda mi vida.

Su interpretación del Credo es propia de los Padres de la Iglesia. Ya como Papa, me influyeron mucho sus libros sobre Jesús de Nazaret.

– ¿Hay alguna enseñanza del Papa Francisco que le haya influido del mismo modo en su forma de vivir la fe?

– Pocos cardenales conocen mejor que yo la teología del Papa y la historia del papado. Por eso sé que el Papa Francisco es una de las referencias más fuertes ante las grandes preguntas de la justicia social.

– Para mí han tenido mucha importancia sus ideas sobre las periferias, y cómo explica que teológicamente no existen periferias, porque allí donde uno celebra la Eucaristía, Cristo se hace presente y sea cual sea ese lugar, la Eucaristía lo convierte en el centro del universo.

También me ha impactado su forma de desear que se superen las fronteras entre poderosos y marginados, y me importa mucho su misión de unirnos a todos en la fe revelada.

El Cardenal Gerhard Müller relatando su testimonio de fe / Foto: Daniel G. Mata

– Una de las frases más conocidas de Benedicto XVI es que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con una Persona: Cristo». ¿Cómo fue su encuentro con el Señor?

– Como casi toda mi generación, aprendí la fe a través de mis padres, que son siempre los primeros testigos de Jesucristo.

Mi madre fue la primera que me enseñó a rezar. Aún recuerdo cómo me enseñó a hacer la señal de la cruz ante el crucifijo que tenía en el dormitorio.

Mi padre, que trabajó 40 años como obrero en una fábrica de Opel, nos enseñó a rezar antes de comer: «No podemos comer como animales –nos decía-, nosotros agradecemos a Dios el pan de cada día».

Cada domingo íbamos a misa en familia, y me transmitieron la importancia de estar cerca de la adoración a Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

Mis padres me enseñaron lo que de adulto experimenté: que Cristo Jesús está vivo y presente de verdad en el tabernáculo.

Él no es una figura histórica como César o Napoleón: Cristo resucitado está presente en mi vida, en su Palabra, en los sacramentos, en mi oración personal…

– Y esa oración personal, ¿cómo es?

– No tengo el don de la elevación, ni nada especial (ríe).

Cada día rezo el Ángelus, hago un examen de conciencia antes de dormir, nunca salgo de casa sin hacer la señal de la cruz, y rezo el breviario y la Liturgia de las Horas.

Aunque, como sacerdote que soy, el centro de mi espiritualidad es la misa cotidiana.

Como la de todos los sacerdotes, mi religiosidad es personal pero también sacramental.

Y como ve, soy una persona muy normal y con un gran pragmatismo. Como todos, soy pecador, pero amo a Dios y vivo todos los días la alegría de ser salvado por Jesucristo, con la esperanza puesta en que no todo acaba en esta vida terrena.

Los católicos no podemos ser como los agnósticos, histéricos ante la muerte. Tampoco somos nihilistas, ni egoístas, ni ideólogos. Siempre mantenemos la esperanza en el Señor.

– Ahora que habla de tener esperanza: aunque Benedicto XVI dice que «a Dios la Historia no se le va de las manos», hoy vivimos un momento muy convulso, que genera miedo en millones de personas, incluidos los católicos… 

– Es cierto y es normal. ¿Cómo es posible que haya hombres, normales y mortales como usted y como yo, que se permitan amenazar la vida de millones de personas?

Gente como esos criminales, verdaderos idiotas peligrosos, del Partido Comunista chino que amenazan con la guerra a Taiwan, o como Putin en Ucrania, o como Biden, que propone el aborto hasta el noveno mes de embarazo

Lo que hoy vemos es que las ideologías no aceptan la naturaleza humana, y por eso quieren jugar a ser dioses.

Pero no lo son, y un hombre que quiere ser su propio dios, al final se convierte en un diablo.

– Son palabras duras…

– Las ideologías quieren construir el mundo sin Dios. Y la consecuencia de las ideologías ateas es siempre Auswitch, el gulag, los killing fields de Camboya…

Por eso, ante los nuevos estalinistas, sean de España, de México o de Bruselas, tenemos que centrarnos en Dios, que es el garante de la libertad humana.

No debemos tener miedo, porque a Dios no lograrán dominarlo.

Es cierto que abusan de la justicia y de las leyes para perseguir a quienes viven y piensan con libertad, y que tratan de entrar en la conciencia de la gente.

Y sabemos que cuando los políticos se entrometen en la ciencia, en la filosofía, en la historia, y sobre todo, en la conciencia de las personas, empieza el totalitarismo, aunque se disfrace de «antifascista».

– Pero entonces, ¿cómo mantenemos la esperanza ante el futuro?

– ¡Mirando a Jesucristo! Jesús no es un mito, ni una ideología, ni una teoría. ¡Es una persona viva!

Los totalitarismos tratan de deconstuir al ser humano, destruyendo su naturaleza. Pero no lo lograrán.

Sus ilusiones de que el hombre puede sustituir la dimensión biológica con la tecnología provocarán millones de víctimas.

Pero es algo imposible de sostener, y tarde o temprano se desvelará como un suicidio de la naturaleza.

En este tiempo, los católicos tenemos que vivir nuestra naturaleza con positividad, como un don.

Y reflexionar sobre cómo Cristo ha dado su vida por mí, para mí, como persona concreta con una dignidad inmensa y única.

El Cardenal Gerhard Müller durante la entrevista / Foto: Daniel G. Mata

En el bautismo, Dios me llamó por mi nombre, así que ante Él no soy un número, ni masa. Desde la eternidad, Dios me ha llamado por mi nombre.

(Hace una pausa y remarcaYo creo en Jesucristo, y sé que nada, nunca, puede separarme del amor de Dios.

– También la Iglesia vive hoy momentos de incertidumbre. ¿Cómo los encara un cardenal?

– Hoy la Iglesia vive un tiempo convulso, sí, pero no es nuevo.

A lo largo de los siglos nos hemos confrontado con numerosas herejías, pero Dios siempre envió grandes santos que permitieron a la Iglesia superar sus crisis y salir fortalecida.

Lo que no podemos olvidar es que el camino de la Iglesia no es solo un camino de éxito, sino una lucha perpetua entre el sufrimiento y la muerte, y la resurrección de Jesucristo.

Tenemos que recordar que somos una minoría perseguida hasta el fin del mundo.

Pero, si vivimos con Él, podemos mirar a los enemigos de Dios y decir eso de «No pasarán».


Para entrar en el catálogo y en la tienda pincha en la imagen