Christel Marie-Martin era protestante, leyó a los Padres de la Iglesia, descubrió a la Virgen María y la Eucaristía la transformó

* «Cuando recibí por primera vez la Comunión, la recibí de rodillas, en la lengua. Estaba muy nerviosa. Intentaba calcular cuántas personas iban antes de mí y me decía: “Oh, ya viene, ya viene, ya viene”. Y ya vino a mi lengua, Cristo ya estaba ahí… Mi boca, ya no es la misma boca que tenía antes. Ya no puedo simplemente decir lo que me gustaría decir. Ahora está consagrada a Dios. Ofrecemos a Dios nuestro ser entero. Y ahora Cristo voluntariamente se ha unido a mí. Esto proviene de su generosidad, y tengo que prepararme y estar como la Virgen María, unida a Cristo. Era un meta muy alta, pero nos da la gracia para poder recibirlo. Es algo asombroso»

Camino Católico.- Christel Marie-Martin nació en Singapur, en el seno de una familia protestante. No tenía contacto alguno con la fe católica pero, durante su adolescencia, muchas preguntas se fueron suscitando en su interior. Casi todas sus dudas provenían de su propia interpretación de la Escritura, por eso, decidió estudiar teología en la universidad.

La lectura de los Padres de la Iglesia y el descubrimiento de la Virgen María la dejaron muy impresionada. A medida que Christel iba descubriendo la fe católica, fue interesándose cada vez más por ella.  Cada cosa que descubría era un nuevo motivo para creer en la Iglesia católica hasta que, finalmente, decidió empezar la catequesis. Al recibir al Señor en el sacramento de la Eucaristía, experimentó cómo el Señor la transformaba.  Christel Marie-Martin explica su testimonio de conversión en el programa “Cambio de Agujas” de H.M. televisión, que se visualiza y escucha en el video superior.

Christel Marie Martin nació en Singapur hace veintiocho años y fue bautizada presbiteriana en el seno de una  estricta familia protestante. La fe era algo importante en esta familia que, por otro lado, nunca tuvo contactos con la Iglesia católica:

«Crecimos pensando que nuestra fe era la verdadera. Pero empezó a haber momentos en mi vida… Bueno, supongo que todo el mundo se cuestiona cosas y, siendo aún muy joven, yo me cuestionaba muchas cosas. Me preguntaba si todo lo que creía no sería falso, y si era así, ¿qué iba a hacer? Me surgían preguntas así, preguntas para las que no tenía la respuesta».

Christel reconoce que vivía en una familia en la que no le faltaba de nada pero, al mismo tiempo, experimentaba un profundo vacío y sinsentido. Le faltaba algo, pero no era capaz de identificar ese algo que le faltaba. La libre interpretación de la Sagrada Escritura —propia de la Iglesia protestante— le daba inseguridad. Era consciente de poder estar equivocándose. Buscando respuestas se inscribió a algunos cursos de teología que ofrecía su universidad. Comenzó a hacer una serie de descubrimientos sobre la Biblia que la impresionaron. Y descubrió a los Padres de la Iglesia que se convirtieron para ella en auténticos maestros de su alma: 

«Descubrí que los otros siete libros del canon que tiene la Iglesia católica (y que la Iglesia protestante rechaza) no son lo que yo pensaba. En nuestra niñez nos dijeron que estos siete libros habían sido añadidos y que eran malos. Nos dijeron que no debíamos leerlos porque añaden cosas. Nos decían que los católicos tienen a María y que la adoran, y tienen estos otros rituales.. Pero cuando leí esos libros, cuando leí el libro de la Sabiduría, cuando leí Eclesiastés… Yo estaba asombrada de tanta sabiduría. Y pensaba: “Estos libros pueden ser correctos”.

Y me di cuenta de que mis padres estaban equivocados, que esos libros no eran tan malos. Estaba bastante impresionada. Pero todavía me sentía perdida y había cosas que no sabía. Seguí buscando e intenté conocer más. Y descubrí a los  Padres de la Iglesia. Ellos muestran la armonía de los Evangelios y la armonía entre el Nuevo y Antiguo Testamento. Ahí me di cuenta de que María es la nueva Eva, y que Ella es la Reina Madre, y que existía tantas conexiones. Y esas interpretaciones me parecían correctas».

Christel comenzó a cuestionar tantas cosas como había aprendido en la Iglesia protestante: 

«La manera en que los Padres de la Iglesia interpretaban las parábolas evangélicas no era la misma que en las Iglesias protestantes. En la Iglesia protestante, si vas a una iglesia grande, lo que oyes allí es una predicación más emotiva. Tendrán algunas citas bíblicas, pero mucho consiste en meter sus ideas. Es muy diferente de lo que hay en una Iglesia católica. Claro, si vas a distintas iglesias, descubres que no leen las mismas lecturas. No hay una única enseñanza. Puedes interpretarlo a tu manera». 

En aquel tiempo, le sucedieron varias experiencias un tanto extrañas, que ella no podía comprender. Una de ellas fue en una farmacia intentando comprar una caja de preservativos que le había pedido un amigo:

«Estaba en otro país, en una farmacia. Estaba intentando coger los preservativos pero mi mano, de repente, perdió la sensibilidad y empecé a tirarlo todo por el suelo. Fue un poco embarazoso, porque la cajera vino hacia mí y me preguntó: “¿Puedo ayudarte?” Le dije algo así: “No, estoy bien”. Habían caído por tierra la pasta de dientes, los cepillos de dientes… Quería recogerlos, pero mi mano estaba como bamboleándose y no podía alcanzar las preservativos. Me sentí tan avergonzada que salí de la tienda y me senté fuera en un banco.

Empecé a preguntarme: “¿Por qué no puedo comprarlos? ¿Por qué no puedo simplemente cogerlos? ¿Qué es lo que me está paralizando?” Y seguí pensando: “Yo no soy católica. Entonces, ¿por qué tengo este problema? Solo los católicos no pueden comprar preservativos. Estaba ya en la universidad, era mayor. Y, según yo entendía, solo la Iglesia católica lo prohibía, solo la Iglesia decía que los preservativos son un mal intrínseco. Pero, por aquel entonces, no lo entendía, pensaba que se podía quitar esa norma como se quitan los bancos de la iglesia, o como cuando dejas de tomar una medicina. No lo entendía».

En los pocos contactos que tuvo con la Iglesia católica, con motivo de viajes y visitas a antiguas basílicas católicas, como el mismo San Pedro del Vaticano, no comprendía el concepto de«sacro» dado que, en la Iglesia protestante, ese concepto no existe. Por eso, no entendía que la Iglesia conservara con tanto respeto los cuerpos de los santos y de los mártires, no comprendía lo que era un sacramento, mucho menos un sacramental, nunca había oído hablar de liturgia… Pero, con todo, no sentía aversión por la Iglesia católica: «No, no sentía desagrado. No estaba en contra de la Iglesia católica. Solo que no entendía por qué guardaban los cadáveres de los papas. (Se ríe) Nosotros decíamos: “Pero, la Iglesia católica, ¿es un cementerio o qué es?»

Un momento clave en su proceso de conversión fue el descubrimiento de la Virgen María. Junto con una de sus hermanas, también en camino hacia la Iglesia católica, asistió a una charla. El orador explicó que María nos había sido dada como madre:

«Me acuerdo mirar a mi hermana y decir: “¡¡Wow!! ¿Quieres decir que en todo este tiempo nadie nos ha hablado de que María es Nuestra Madre?” Después de eso, recuerdo pensar que ya tenía un pie dentro de la Iglesia católica. Sí, cuando descubrí que la Virgen María era mi madre, estaba a la mitad del camino ya».

Otro momento clave de su conversión fue —sorprendentemente—el descubrimiento de la doctrina católica sobre los anticonceptivos. Leyó los documentos de la Iglesia, especialmente Humanae Vitae, y reflexionó por qué la Iglesia afirma el mal intrínseco que suponen: «Los preservativos fomentan el egoísmo dentro del matrimonio. En lugar de enseñarte un amor verdadero, en lugar de ayudarte a darte completamente, estás guardando algo para ti. Leí sobre las consecuencias que experimentaría una familia que usa anticonceptivos. En muchos de los casos podía ver que era así, que era verdad lo que dicen los Papas en sus escritos sobre el matrimonio».

Christel comenzó su camino hacia la fe católica en el año 2014. En el año 2016 había completado ya su ingreso en la Iglesia católica. Una de las cosas que más fuertemente le atraía hacia la Iglesia católica era la Eucaristía: 

«La primera vez que asistí a una misa y vi a los católicos subir para recibir a Jesús en la Santa Eucaristía, pensé: “¡Wow! ¡¡Dios es tan generoso” Esa idea de la generosidad de Dios que se derramaba me dejó como en shock y sobrecogida. Dios es tan generoso. Pensaba: “Esto es su presencia real, y se da como agua que brota de su costado”. En ese momento, la Iglesia católica estaba sufriendo de muchos escándalos y se veían los pecados de los sacerdotes. Pero aún así, es la única Iglesia que tiene la presencia real de Cristo. Las otras iglesias, denominaciones y sectas no tienen la presencia real. Por eso, ¿dónde vas a ir?»

Cristel recuerda como si fuera hoy su primera Comunión: 

«Cuando recibí por primera vez la Comunión, la recibí de rodillas, en la lengua. Estaba muy nerviosa. Intentaba calcular cuántas personas iban antes de mí y me decía: “Oh, ya viene, ya viene, ya viene”. Y ya vino a mi lengua, Cristo ya estaba ahí. Y me acuerdo que mi boca… nunca va a ser la misma otra vez. Este conocimiento de la presencia real que… por el hecho de tenerlo en la lengua y en la boca… hizo de mi boca algo sagrado…

Mi boca, ya no es la misma boca que tenía antes. Ya no puedo simplemente decir lo que me gustaría decir. Ahora está consagrada a Dios. Ofrecemos a Dios nuestro ser entero. Y ahora Cristo voluntariamente se ha unido a mí. Esto proviene de su generosidad, y tengo que prepararme y estar como la Virgen María, unida a Cristo. Era un meta muy alta, pero nos da la gracia para poder recibirlo. Es algo asombroso».

Christel está convencida; siendo católico, lo tienes todo, no te falta nada. Pero lo mejor de ser católico, sin duda, es la Eucaristía.

Fuente:Eukmamie
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